Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Observatorio

José Manuel Ferreira

Una economía que atrae, un futuro que exige más

Gente en la calle Triana, en Las Palmas de Gran Canaria

Gente en la calle Triana, en Las Palmas de Gran Canaria / Andrés Cruz

Confieso una pequeña curiosidad biográfica: soy asturiano y, sin embargo, llevo más de veinte años viniendo a Canarias con la fidelidad de quien no repite destino por rutina, sino por convicción. Hay lugares a los que uno viaja y lugares por los que uno acaba dejándose adoptar. A mí me ocurrió con estas islas.

Quizá por eso, al leer el informe de la Cámara de Comercio de España y del Consejo General de Economistas sobre cincuenta años de evolución de las provincias españolas, pensé enseguida en Las Palmas. No solo en lo que ha sido, sino en la posición que puede ocupar en la España que viene. Porque el hallazgo más sugerente de ese informe no es cuantitativo, sino casi narrativo: España no solo ha crecido en medio siglo; España se ha desplazado. Han cambiado los corredores del dinamismo, los territorios que concentran actividad y aquellos que, sin hundirse, han ido perdiendo centralidad relativa. Mirar la realidad por provincias -y no solo por comunidades autónomas- permite precisamente eso: abandonar la engañosa comodidad de las medias y entrar en el relieve verdadero del país.

Y en ese relieve, Las Palmas merece una atención singular.

No encaja del todo en la historia de la decadencia industrial del viejo norte, ni tampoco en la del crecimiento expansivo del levante peninsular. Ha seguido otro camino: el de una economía abierta, orientada hacia fuera, sostenida por el turismo, los servicios y una posición estratégica que convierte la geografía en oportunidad. Esa trayectoria le ha dado visibilidad, actividad y capacidad de atracción. Y eso, conviene reconocerlo sin reservas, no es poco.

Pero precisamente los modelos que funcionan son los que corren mayor peligro de acomodarse a sí mismos.

El propio análisis de largo plazo sugiere algo que vale para toda la geografía española y también, a mi juicio, para Las Palmas: los territorios rara vez se estropean de golpe; suelen deslizarse hacia formas elegantes de estancamiento. Conservan sus fortalezas, mantienen un equilibrio razonable, incluso ofrecen una imagen exterior atractiva, pero van perdiendo impulso relativo. La erosión no siempre se presenta con dramatismo; a veces llega envuelta en normalidad.

Ahí reside la cuestión de fondo. Las Palmas tiene a su favor una gran virtud: su apertura. Sabe atraer. Atrae visitantes, actividad, inversión y talento temporal. Pero toda economía muy expuesta al exterior vive también a merced de los flujos que no controla. Cuando el viento internacional sopla a favor, esa apertura multiplica; cuando cambia de dirección, desnuda fragilidades. El turismo ha sido y sigue siendo un motor formidable. La cuestión no es discutir su importancia, sino preguntarse si basta. Y la respuesta, en la España de hoy, solo puede ser una: no basta con atraer; hay que transformar esa atracción en más valor añadido, más productividad y más capacidad de decisión económica propia.

Porque el verdadero examen de un territorio no se mide solo por lo que recibe, sino por lo que consigue retener y convertir. Retener talento. Convertir actividad en tejido empresarial. Traducir la ventaja geográfica en liderazgo económico. Y eso exige algo más que éxito turístico o dinamismo comercial: exige escala, conocimiento y ambición productiva.

En ese punto, la comparación con otras provincias resulta instructiva. La evolución económica española en estas décadas muestra con claridad cómo los ejes de crecimiento se han desplazado hacia territorios que han sabido diversificar, ganar tamaño empresarial y aumentar su productividad. La lección es evidente: sobrevivir no equivale a liderar, y crecer no siempre significa ganar posición.

Por eso la pregunta adecuada para Las Palmas no es si su modelo ha funcionado. Ha funcionado. La pregunta es si ese modelo, tal como está hoy, basta para disputar el futuro.

A mi juicio, no.

Y no porque Las Palmas carezca de activos -los tiene, y muy valiosos-, sino precisamente porque dispone de una base lo bastante sólida como para exigirse más. En la reflexión económica más seria hay tres palancas que terminan explicándolo casi todo: más participación laboral, mayor tamaño empresarial y más productividad. En una economía abierta como la grancanaria, esas tres exigencias pueden resumirse en una sola: convertir la capacidad de atraer en capacidad de crear.

Las Palmas no necesita dejar de ser lo que es. Necesita evitar quedar reducida a eso.

Necesita que su apertura no sea solo una puerta de entrada, sino también una plataforma de transformación. Que su éxito no derive en autocomplacencia. Que su indudable atractivo no le impida formularse la pregunta decisiva: cómo pasar de ser un territorio que seduce a ser, además, un territorio que decide.

Porque en la nueva economía española no basta con estar bien situado en el mapa. Hay que ganar posición dentro de él.

Tracking Pixel Contents