Opinión | Lágrimas en la lluvia
Al final de la escapada

Dominique Delattre, tras su detención. / Policía Nacional
Eric peina canas y le queda un año para cumplir la edad de esa jubilación que no disfrutará. Bajo el sol ya abrasador patea las calles en bañador, chanclas y toalla bajo el brazo. Acaban de inaugurar piscina municipal en Arahal, municipio sevillano del interior cercano a la base aérea de Morón. Veintiséis años atrás se fugó de la cárcel de Nîmes en el sur de Francia, donde llevaba tres años tras ser condenado por su afición a atracar bancos desde bien joven. En el último al que entró junto a otros dos compinches, un vigilante de seguridad resultó gravemente herido por arma de fuego.
En realidad se llama Dominique Delattre y lleva siendo un fuera de la ley desde adolescente. Los atracos a bancos se cuentan por decenas en su historial. Su foto de fugitivo muestra a una especie de Dillinger gabacho con toda una corta vida de aventuras por delante, entre atractivo y peligroso cual fugitivo godardiano. Su huida a lo Neil McCauley, fría, calculada, sin dejar atrás nada que no pudiera abandonar en cinco minutos si la poli le pisara los talones, es más cinematográfica que muchas obras del género «noire».
Pero nada más lejos de la realidad para el Belmondo andaluz de adopción. Estaba destinado a dejar un bonito cadáver hasta que la vida pareció olvidarse de él. Al ser detenido antes de poder estrenar la alberca pública, el avejentado franchute no emprende huida alguna. De hecho, solo suelta un «por fin, ahora puedo descansar», entre aliviado y agotado por tanta espera. Cansado de esconderse en un humilde pueblo bético durante más de veinte años y tras una humilde identidad de currante de la aceituna y repartidor en B de pollos asados, no dió nunca un golpe ni un problema, se escondió tanto de sí mismo, su pasado y la justicia, que tras ocultarse parece que consiguió lo que debía hacer la cárcel: se insertó.
Su detención casi tres décadas después está a medio camino entre un teatro del absurdo y una ley sagrada tallada en piedra. La justicia, tan lenta como implacable, se encuentra ahora ante un dilema irónico: encerrar a un hombre que ya vivía preso en una vida falsa y pobre, sin rumbo ni futuro, para intentar reinsertarle una vez ya estaba integrado en un lugar y una comunidad (así lo señalaban sus sorprendidos vecinos). La vida, a veces, supera a la ficción, aunque no sepas si es un thriller, un drama o una comedia.
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