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Opinión | El lápiz de la luna

Elizabeth López

Gorda

Gordas, de Carlos Mesa

Gordas, de Carlos Mesa / Gordas, de Carlos Mesa

El otro día me llamaron gorda. No me lo dijeron así, con cada una de sus letras. Con la G de grasienta, la O de obesa, la R de rellenita, la D de desbaratada y la A de abundante. Fue más sutil, como se dan todas esas opiniones que no pides pero que la gente se ve con la imperiosa necesidad de exponerte, porque si no les hierven en la boca como una papa caliente y no le llega el oxígeno a la corteza prefrontal, esa que nos avisa de no ser imprudentes, pero que el verano derrite porque cada vez somos más bocachanclas. Sucedió que me encontré con una antigua compañera de trabajo y tras los dos cordiales besos y los cómo te va todo de rigor, me dice: «Tía, estás más gorda que antes, no te dejes ir». El primer impulso que tuve fue el de corregirle la gramática (y la lógica), porque, claro, no se puede estar más gorda que después, así que estuve dispuesta a indicarle que eso era una perogrullada, pero me contuve. Debe ser que mi cerebro es un buen refrigerador, aún no se me ha derretido la chicharra. El segundo impulso, más moderado, fue el de preguntarle que a dónde no me debía dejar ir. Me imaginé el interior de mi cuerpo como una balsa de grasa a punto de derramarse y a mis huesos y a mi piel haciendo de muro de contención, luego, supuse que una persona capaz de ser tan grosera no entendería mi reflexión y ya por último estuve a punto de usar la ironía «Ay, qué bien que nos encontramos y me lo dices, es que yo no tengo espejos en casa ni percepción de mi cuerpo», algo que tampoco hice porque he aprendido a invertir energía en aquello que merece la pena, así que le contesté «Sí, lo sé, gracias. Tú estás genial» y me despedí. Es curioso porque el antes al que se refería fue hace tres años. Yo trabajaba en un sitio donde se vulneraban los derechos de los niños y me inmolé para hacerlo público —con las consecuencias que eso conlleva en esta hipócrita sociedad— y, a su vez, coincidió con el año en el que me tuvieron que ingresar para hacerme pruebas y descartar el cáncer de páncreas. ¿Cómo no iba a estar flaca? A ese tiempo, a esa remota época de mi vida, no querría volver por ninguna talla treinta y seis porque no era feliz. Aunque me fui del encuentro y de la conversación un poco revuelta e insegura, me repuse desde que mi marido me llamó, le conté lo que había sucedido y me invitó a cenar a la Bodega de la Avenida en la que hacen unas virutas de foie, un queso herreño y un chateaubriand a la piedra deliciosos. Qué le vamos a hacer, siempre he dicho que si la muerte viene a por mí que me coja bailando o comiendo que soy buena de boca. Así que el comentario no tuvo mayor impacto en mí que el de ese momento. Pero sí me hizo reflexionar porque si a una mujer como yo, totalmente normativa y con una talla treinta y ocho, la sociedad la considera gorda, ¿qué mensaje les estamos enviando a las niñas y a las adolescentes? Y luego nos asombramos porque han aumentado los trastornos de conducta alimentaria (TCA). Cada vez que digo que la sororidad de sorora tiene, vamos a aprovechar la coña, lo que yo de flaca, me miran mal y me dicen que si el feminismo no sé qué y no sé cuánto. A ver, queridas, el feminismo no se centra solo en enseñar a los hombres a cómo tratar a las mujeres, sino que también va de cómo nos tratamos nosotras las unas a las otras y, quizá, dejar de hablar de cuerpos ajenos sería un bueno comienzo. Me encantaría seguir escribiendo, en cambio, el horno acaba de pitar, la pizza está lista y yo ya estoy fantaseando con «dejarme ir».

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