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Columnas de Christopher Wren

Columnas de Christopher Wren / La Provincia

J.S. es un tipo poco convencional, y además un gran amigo, que por estar fuera de España llevaba varios años sin ver, y cuyo feliz reencuentro pude celebrar la semana pasada.

Y volví a comprobar cómo en el caso de toda verdadera amistad su reanudación fue como si solo hubiesen pasado unos días, Y al ponernos al día le informé que todos los jueves contribuía con una columna en este periódico. La réplica de mi amigo, como siempre, inesperada. «¿Oye, y tus columnas son dóricas, iónicas o corintias?». Tras unos segundos de desconcierto, acerté a darle respuesta, en la misma vena equívoca. «Verás, las columnas clásicas no me interesan mucho. La dórica es demasiado seria, algo sosa. Las volutas de los capiteles iónicos parecen ensaimadas, y las excrecencias florales corínticas más bien un sarpullido de viruela». Después siguió la conversación en similar clave pseudo arquitectónica, a pesar de las ganas que tenía yo de presumir de mis artículos, o por lo menos de llevar la conversación a comentar a los grandes columnistas, desde Paco Umbral a Javier Marías o Manuel Vicent. En definitiva, habiendo yo dejado claro que lo mío era más bien la columna salomónica, retorcida y barroca, mi amigo siguió en la misma deriva, y pasó a comentarme un reciente viaje a Atenas, donde el Partenón, por fin liberado de los eternos andamios de restauración, aparecía en todo su esplendor. Lo cual no evitó que mi amigo lo calificara de «trampantojo de mármol». Ante mi estupor, pasó a explicarme varios de los trucos arquitectónicos utilizados para alcanzar la armonía perfecta, su espectacular belleza: «que si las columnas estaban recrecidas en su parte abdominal, que si estaban todas inclinadas hacia adentro, que si la base que las sustentaba estaba ligeramente abombada» etcétera.

Pero claro, ya puestos a hablar de columnas, yo no quise quedarme atrás, y le hablé de unas columnas que no solo eran tramposas por lo engañoso de su génesis, sino totalmente inútiles en su función sustentadora. Y pasé a explicarle una visita mía a la ciudad de Windsor, en cuyo ayuntamiento el famoso arquitecto Christopher Wren construyera en el siglo XVIII una bóveda que milagrosamente parecía flotar sin otros apoyos que el zuncho de piedra circundante. Y cómo los concejales de la época, no fiándose de su estabilidad, encargaron al arquitecto unas colunas que garantizaran su permanencia en lo alto de la sala de juntas del consistorio, dejando a salvo la integridad de sus ilustres cabezas. Y de qué manera el arquitecto cumplió su encargo con cuatro macizos pilares, pero sin revelar que entre la bóveda y la cima de la columna había dejado un espacio de varios centímetros.

Y hablando de intromisiones de la autoridad en monumentos históricos, mi amigo me preguntó si había deparado en el racimo de columnas en la parte oeste de la plaza de San Marcos en Venecia. Al mostrar mi perplejidad y mi ignorancia, me aclaró que unas cuantas difieren de las demás, por culpa de Napoleón. Cuando en su día invadiera Venecia, mandó a tumbar una iglesia que daba a la plaza, y para cubrir el hueco, feo como un diente extraído, encargó una fila de columnas, que el ojo avezado del observador ha de saber diferenciar de las vecinas.

En fin, el caso es que seguimos enfrascados en el tema de las columnas, sin ponernos de acuerdo sobre si las 284 de la columnata de Bernini en el Vaticano eran o no idénticas. Pero verán que aunque no llegamos a abordar el tema de mis reseñas periodísticas, nuestras reflexiones han dado para esta improvisada columna en papel.

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