Opinión | Otra mirada
Ana María Díaz Santana
Admiración o fanatismo

Fans llegados de distintos puntos de España y del extranjero comparten la previa del primer concierto de BTS en territorio español. / EPE
Escuchaba la radio cuando despertó mi atención el debate sobre un tema que me resultó curioso. Se planteó la cuestión: "¿De quién eres fan?". Las respuestas, muchas y variadas, hicieron que me lo preguntara a mí misma, sin encontrar eco en mi interior. Al mismo tiempo, recordé aquella ocasión en la que, al entrar en casa de unos amigos, el anfitrión salió a mi encuentro y, con exaltada emoción, colocó la pantalla de su móvil entre su rostro y el mío. Me observaba con atención, aguardando una reacción ante la fotografía que me mostraba. Yo, desconcertada, alcé los ojos y le interrogué con la mirada. Entonces me dijo: "¿No ves con quién estoy? Soy su fan número uno". Se trataba de una instantánea junto a un deportista de élite y fama internacional.
Confieso que nunca he sido fan de nadie, ni tampoco he llegado a comprender la fascinación que algunos manifiestan hacia personas que se distinguen por su notoriedad sin haberlas conocido personalmente. Creo firmemente en la admiración que aflora cuando dos personas se encuentran, se comunican, se miran a los ojos y se interpretan; circunstancias que jamás se producen en el encantamiento que embarga a quienes se sienten atraídos por el prestigio de un desconocido.
Considero que esta "anestesia emocional" que padezco se debe a algunas características que perfilan mi identidad. La primera es la desmitificación, una cualidad connatural que siempre me ha guiado para descifrar la autenticidad de una persona o circunstancia con ayuda de la intuición y reducirla a su esencia. Y la segunda es mi tendencia a analizar el contexto en el que se mueven quienes se presentan como ídolos y celebridades.
Esos privilegiados que conceden el honor de aceptar el saludo de un admirador, fotografiarse con él o regalarle unos segundos de atención a cambio de un voto, una donación económica o la taquilla de un estreno, muchas veces han llegado a la cima por circunstancias beneficiosas para su imagen, donde el marketing pesa más que el propio esfuerzo. Entre ellos están, en primer lugar, los que lo han logrado por puro azar: algunos nacen en el seno de una familia de linaje y su rostro nos llega a ser tan familiar como el del pariente más cercano, herederos de una fama ajena que, en ocasiones, disfraza su propia mediocridad. Otros alcanzan relevancia social como consortes de quien ya era popular y, en los últimos tiempos, las multitudes se fanatizan con influencers encumbrados gracias al conteo de "me gusta" y corazones rojos en las redes sociales.
Luego están los que han sabido potenciar ciertas habilidades innatas: escenificar, escribir, pintar o competir. Sin embargo, en ninguno reconozco esa aureola que supuestamente los distingue del resto de los mortales; solo aprecio en ellos la capacidad de explotar un talento aprovechando las circunstancias oportunas de su trayectoria vital, valorando su aporte al desarrollo cultural y al bien común.
Desmitificar a las figuras públicas es comprender que este mundo, donde cada vez se disuelven más las fronteras, está habitado por mujeres y hombres con la misma dignidad, pero con distintas capacidades y oportunidades. Deslumbrarse ante un producto de marketing, una notoriedad heredada o una virtud rentabilizada es desmerecer el trabajo silencioso y anónimo de quienes, día a día, se esfuerzan por contribuir al progreso social. En una palabra, es olvidar aquella hermosa referencia del Papa Francisco sobre los "santos de la puerta de al lado", esa santidad de la vida cotidiana, oculta e invisible para los grandes altares, pero real en las personas comunes. Porque si algo nos ha enseñado la historia es que la bondad, la virtud y la heroicidad son atributos humanos que no vienen con código de barras.
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