Opinión | Isla Martinica
La risa del felón o el bicho que opina

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado miércoles durante una rueda de prensa posetrior a la cumbre de la OTAN. / NECATI SAVAS / EFE
La risa de Pedro Sánchez, al terminar la sesión parlamentaria en la que se aprobaba una moción para que el presidente de España se sometiera de inmediato a una cuestión de confianza o, en su caso, dimitiera del cargo, resulta difícil de entender para cualquiera que se considere demócrata, eso en primer lugar, aunque también apunta a un defecto en el carácter que muchos ya han detectado. Reírse a mandíbula batiente de la voluntad soberana expresada en el Congreso de los Diputados manifiesta que el sujeto desprecia al pueblo que lo ha elegido y, consecuentemente, que para él no hay criterio superior al suyo. Por ende, estamos en presencia de un auténtico autócrata, alguien ajeno a los principios básicos de la representación institucional. En cierto modo, recuerda al matón de patio de colegio, secundado por la gavilla de impresentables que le suele reír las gracias.
Y esto conecta con el segundo aspecto, el del carácter. Sánchez repudia al que disiente de su palabra, al que se opone a sus designios, porque, como exclamara la pizpireta Coral de Jardiel Poncela en la comedia Las cinco advertencias de Satanás (1935), “¡es tan desagradable vivir con un bicho que opina!”. Por esta simple razón, se ha rodeado de unos cuantos palmeros que, en lugar de activar el pensamiento crítico a su alrededor, masajean la voluntad del tirano. La risa del felón ha descubierto al personaje, sobre todo, a aquellos que todavía lo defienden a capa y espada sin pararse a pensar en las consecuencias. Un individuo con trazas de una malevolencia rayana en lo psicopático, dispuesto a inmolar los valores y principios consustanciales a la convivencia con tal de mantenerse en el poder. Por más que se le advierta de los casos de corrupción que le cercan a él y a su ejecutivo, a su familia directa y al partido que representa, no ceja en lanzar duros ataques a la prensa independiente que los ha revelado, a las formaciones que se lo afean, e incluso a los miembros del PSOE que se atreven a alzar la voz ante la podredumbre política que se vive en este país. No sé si existe en el ordenamiento legal algún mecanismo para frenar la tendencia autoritaria de un dirigente, en principio elegido con todas las de la ley por las Cortes Generales, pero que, tras una evidente degeneración personal y democrática, incurre en los peores vicios de la tiranía. Si no lo hay, ya es hora de crearlo.
Las recientes encuestas de intención de voto, dejando al margen los inventos del CIS de Tezanos, son más que elocuentes, dejando clara la voluntad de cambio del pueblo español. Se calcula que seis de cada diez compatriotas responden con una decidida negativa a la continuidad del autócrata y su partido al frente del gobierno de la nación, aunque él, que seguramente conoce el dato, lo obvia, como, asimismo, las resoluciones del propio parlamento. El mensaje es tan claro como peligroso: la democracia nunca le ha importado, y menos ahora. Sólo cabe esperar que las fuerzas políticas que lo auparon en su momento sean capaces de despertar y parar la espiral en que se ha sumido un país que no se lo merece en absoluto. Porque ya no es cuestión de una sola persona, el Puto Amo, sino de los que le apoyan, incluso con un silencio cómplice. En este sentido, son premonitorias las palabras de Pier Paolo Pasolini, referidas a la Italia de otro tiempo, en los años 60 del siglo pasado, pero enormemente actuales y definitorias de la España sanchista: “el fascismo implica un desmoronamiento moral, una complicidad con la manipulación artificial de las ideas” (“Fascistas: padres e hijos”, Vie Nuove, 6 de septiembre de 1962). Se ha hablado hasta la saciedad de los defectos psicológicos del temperamento de Trump, que quizás sean ciertos, mas nadie ha puesto los ojos en la risa de un desquiciado aprendiz de tirano llamado Pedro Sánchez.
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