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Opinión | Un carrusel vacío

Los veranos de entonces

Los veranos de entonces

Los veranos de entonces / La Provincia

Hace unos días, tumbada en la toalla y contemplando plácidamente el resplandor del sol entre las copas de los árboles del jardín, pensé que el verano sigue uniéndome de algún modo a la infancia. Aquellos largos estíos mantenían su propia rutina: despertarse, desayunar, ver los dibujos animados, salir a comprar el pan –y, de paso, algún sobre de cromos de Pokémon– y bajar a la piscina de la urbanización, donde jugaba a las cartas con los amigos de entonces o leía, olvidándome del mundo. A la hora de la comida volvía a casa y, por la tarde, en esas horas blandas de la sobremesa, seguía leyendo o me ponía a escribir. Después, más piscina, más amigos, más libros. Algunas noches, en vez de subir a cenar nos bajábamos un bocadillo –es increíble la ilusión que nos hacía algo tan simple como eso– y pasábamos horas y horas, hasta la madrugada, parloteando y comiendo pipas en un banco de la urbanización.

En mi historia aún no ha aparecido, quizá conscientemente, un elemento perturbador de aquella armonía: el clásico cuadernillo de repaso académico. Me refiero al Vacaciones Santillana –los millennials tenemos aún la insoportable cancioncilla en la cabeza– o al de Anaya, que un año creó un personaje basado en una gata, Luna, y regalaban el peluche de Luna si comprabas el cuaderno. No fue suficiente consuelo. Esa era su técnica y probablemente lo siga siendo: inventar personajes que hagan gracia a los niños, personajes que parecen estar encantados ante el hecho de seguir haciendo divisiones en pleno julio.

Yo aborrecía a esos seres sonrientes que prometían un universo de diversión oculto en un problema de álgebra; me preguntaba qué tipo de criaturas diabólicas podían ser capaces de planificar tamaño ataque a los niños que, durante el curso, nos habíamos esforzado por sacar buenas notas. Mis padres no lo veían como yo: “Tienes que repasar para que no se te olvide lo que has aprendido”. Y en algún hueco entre los dibujos animados y la piscina me ponía a hacer problemas de argumentos absurdos que dejaban una línea de puntos al final para que escribieras el resultado junto a las palabras “patos quedan”.

Lo bonito habría sido olvidarse de todo después del boletín de notas. Siempre que pienso en el boletín de notas me acuerdo de esa escena de Manolito Gafotas en la que el niño suspende las Matemáticas y su madre se convierte en un basilisco. Esas cosas pasaban. A mí no, porque el mundo de los suspensos me era muy ajeno, pero tenía compañeros aterrorizados por los insuficientes tanto en el colegio como en el instituto. Lo peor, consideraban ellos, era dar la noticia en casa.

Ahora las cosas son muy diferentes. Los docentes nos convertimos en testigos de situaciones que en mi época de alumna habrían resultado increíbles. Familias que exigen a los profesores que justifiquen el suspenso de su hijo, que es muy inteligente, pero el pobre tiende a desmotivarse. Chicos que suspenden seis y, con el beneplácito de sus padres, ponen una o dos reclamaciones oficiales para ver si suena la flauta y los suspensos se quedan en cuatro. Por cada reclamación absurda, los profesores nos encontramos con varias horas de trabajo extra, porque hay que revisar concienzudamente cada ejercicio evaluado del alumno en cuestión, reunirnos para poner en común nuestras conclusiones, redactar un documento detalladísimo... Hemos llegado al punto de que nosotros somos los que tenemos miedo de suspender, más que los alumnos de que los suspendamos. Tienen el comodín de las familias indignadas, el de las reclamaciones oficiales…

Me pregunto si los padres también los obligarán a hacer cuadernillos de Vacaciones Santillana en verano. Este curso, una alumna me dijo que ella se aburriría mucho en verano si no fuera por el teléfono móvil. Me confesó que era “lo único que la entretenía”, y varios compañeros se unieron a ella. De repente, mi antigua rutina veraniega –los dibujos animados, la piscina, las cartas, los libros los bocadillos, incluso las Vacaciones Santillana– desfiló por mi memoria. Todo eso sustituido por un aparato electrónico, ¡qué deprimente! En determinados aspectos no puede decirse que la sociedad haya evolucionado, sino lo contrario. No obstante, cada generación dice eso de la siguiente: “en mis tiempos, esto o aquello era mejor…”.

Gracias a mi profesión, cuento con unas vacaciones de verano lo suficientemente extensas como para recordar aquellos de la infancia, pero con muchas diferencias: la principal de ellas es que el verano ya no tiene vocación de infinitud. Septiembre entonces era un horizonte lejano. Ahora, el verano cabría en un resplandeciente parpadeo.

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