Opinión | Aula sin muros
Paco Javier Pérez Montes de Oca
La cocaína digital

¿Cuánto vale un 'like' en las redes sociales?
Los millones de like, me gusta, no son inocuos. Inoculan en el cerebro la dependencia que, sobre todo, en menores y adolescentes funciona como una adicción si pasan más de cuatro horas ante el último smartphone que resulta doble los fines de semana. Los niños cautivos de una educación permisiva, los adultos expuestos a noticias e imágenes falsarias, el populismo que rebasan los límites de la ética. El like es el amén digital. Cuando damos al botón de «me gusta» nos sometemos al aparato de la dominación. Facebook y Google son los nuevos señores feudales. El régimen neoliberal del Smartphone nos hace dóciles, dependientes y adictos. Nos invita a contar nuestras vidas, a comunicar nuestras opiniones, preferencias y deseos. Un objeto narcisista y autista en el que uno no empatiza con los demás, sino consigo mismo. Ejerce el rol de un prontuario del régimen neoliberal. Cuando se extravía el móvil o Smartphone se entra en pánico que mina la salud mental. Hace más honda la soledad porque falta la presencia del otro. Se pregunta el filósofo Byung-Chu Han si «funciona como oso de peluche». Escribe: «estamos solos, notamos un vacío. Nos aferramos a nuestros teléfonos, en una relación realmente íntima, como los niños se apegan a sus muñecos». Regresión inmadura a una infancia feliz. Continua el filósofo «esta tecnología convierte a los otros en objeto, y destruye la empatía». El profesor de Psicología de Harvard, Steven Pinker, se pregunta «¿Acaso los individuos actuales, especialmente la generación más joven siempre vituperada, se han vuelto tan adictos a la cocaína digital que se privan del contacto humano vital y se condenan a sí mismos a una soledad innecesaria?» Recuerdo lo que comentó un chico cuando llamó a una emisora de radio durante el bloqueo de Internet por un fallo del sistema: «ahora me doy cuenta de la familia maravillosa que tengo». Hoy los móviles son la extensión de nuestro cuerpo. Lo que ven nuestros ojos y oyen nuestros oídos constituyen la imagen, voz de nuestro interior y la única percepción de lo que existe fuera. Desde el punto de vista psico-neurológico se trata de generación de dopamina una molécula que funciona como mecanismo emocional de recompensa. Acicalado social. Aristóteles decía que una de las principales motivaciones sociales es causar buena impresión a los demás. Es lo que sucede con las redes sociales. Los estados de opinión, en ellas contenidas, expulsan a las voces disidentes y caen en la mera emocionalidad. Impide la contemplación, asombro de lo cotidiano, fuente de conocimiento para Aristóteles. Hoy, todo sucede deprisa. Lo que obstruyen las redes el inmediato mensaje escrito de un wasap o un buzón de voz en los que ya no existe la pausa, el ralentí de una espera. Zuckerberg, fundador de Facebook, habla del «quinto estado» al referirse a internet. Según estudios realizados por neurocientíficos produce ansiedad social e inseguridad en aquellos que la utilizan de manera excesiva, compulsiva. Motivos suficientes de consulta al psicólogo o psiquiatra. Para Víctor Hugo, en los Miserables: «impiden escuchar el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación».
La sucesión de estímulos exteriores impulsa hacia un estado de insatisfacción permanente. Satisfacción inmediata de necesidades artificiales, no básicas, sujetas al consumo masivo una de las lacras del neocapitalismo. La atracción, seducción determinada por el marketing comercial. «Consumid, consumid malditos», parafraseando el título de la película de 1969 del realizador Sídney Pollack ambientada en Los Estados Unidos que obliga a la gente a participar en un maratón de baile con la esperanza de ganar 1500 dólares en un ambiente de depresión económica y miseria. En un informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts se habla de los beneficios de la conversación en contra del uso de los móviles que pueden acarrear episodios de ansiedad permanente. El más inquietante de los estudios revela una caída de un 40% en la capacidad de empatía entre los estudiantes universitarios en los últimos 20 años. Han perdido la capacidad empatizar, reconocer las expresiones de la cara, los ojos los sentimientos del otro. Uno de los antídotos contra la ansiedad y el deterioro mental. Ni siquiera la IA que, ayuda a la elaboración, corrección de mensajes, pero nunca podrá escribir o emborronar la escritura de una sonrisa o una lágrima.
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