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Opinión | La Calle Nueva

Toda la vida preguntando

El periodista recuerda a su madre, a don Julio Fernández y a Paladín, las personas que marcaron el origen de una vida dedicada a preguntar

Dos personas otean el mar en playa Jardín, en Puerto de la Cruz

Dos personas otean el mar en playa Jardín, en Puerto de la Cruz / María Pisaca

Hace casi tantos años como los que tengo recuerdo lo que me decía mi madre cada vez que le preguntaba cualquier cosa. Ella era muy habladora, quizá más que yo mismo, pero aun así me hacía con cariño aquel reproche: “Juanillo, muchacho, cállate, que te pasas toda la vida preguntando”.

Desde que tengo uso de razón, que aún mantengo, combino esa broma de mi madre con la realidad de lo que ocurre: es cierto que me he pasado toda la vida preguntando. Hasta hoy. Durante el día ella y yo estábamos solos en casa, mientras mis hermanos y mi padre se iban a trabajar.

Entonces los chicos y las chicas de los barrios salían casi de madrugada a ganarse el jornal. En mi caso, era asmático y eso me llevó a vivir cuidado en una especie de redoma en la que viví años, hasta que mi madre decidió que podía ir al Instituto (el Instituto de La Laguna) y empezó a darse cuenta de que ya no hacía falta tanto cuidado.

Desde entonces, desde que me fui, ya no me dio nunca más el asma, aunque lo cierto fue que la última vez que me vino un ataque fue casi mortal y ocurrió en el Puerto de la Cruz, mi pueblo. Me rescató de la asfixia un entrenador de Gran Canaria que entonces cuidaba del Puerto Cruz. Tras la asfixia de la que él me salvó regresé a mi casa. Nadie supo nada allí, hasta que alguien le chivó a mi madre sobre el peligro que había estado a punto de acabar con mi vida.

Entonces mi padre me fue a buscar donde estuviera, me llevó a casa como si hubiera sido un prófugo en el mismo barrio y le dijo a mi madre que nunca más me dejara salir de casa, que estuviera siempre bajo su vigilancia, y que no me dejara ir ni a la escuela.

Algo pasaba en aquella familia que nunca hacía el uno lo que quería el otro que hiciera, de modo que mi madre no le hizo caso a mi padre, y yo seguía saliendo de casa hasta que ya se hizo la hora del bachillero y, después, de la universidad. Mientras tanto…

La verdad es que mientras tanto ocurrieron muchas cosas en las que tanto ella como él, mis padres, decidieron que en efecto era un peligro de vida esa tendencia mía a salir por esos mundos. En los primeros años, cuando yo ya sabía leer y escribir (mi madre me enseñó, la primera), viví en la casa la alegría de la radio, que aún hoy sigue siendo mi modo de encontrarme con las noticias, con la música y con la alegría de saber qué pasa en cualquier sitio.

Mis primeras alegrías de la radio me fueron dadas por el fútbol, que me llevó a ser muy pronto cronista deportivo para Aire Libre, el periódico semanal que, asociado con EL DÍA, dirigió durante años un benefactor sublime, don Julio Fernández. A él le envié mi primer texto, una crónica de un partido jugado en el Puerto de la Cruz entre equipos del Valle de La Orotava, que fue por cierto un desastre para el equipo de mi propio pueblo.

Don Julio publicó esa pieza de muchacho con un hermoso texto en el que me presentaba. Él decía en ese breve introito que este muchacho sería alguna vez un buen periodista pues estaba dotado, eso decía él, de una excelente sintaxis. Lo cierto es que hasta hoy mismo sigo sin saber de cierto qué termina de significar la palabra sintaxis.

Para mí aquella entrada en el periodismo fue decisiva en todos los aspectos de mi vida. Ya le fue más difícil que mi madre (y a mi padre) me mantuvieran en casa, y sobre todo me hizo ser, para siempre, el periodista que soy, cuando estoy a punto de cumplir setenta y ocho años de mi vida.

Para ser periodista entonces había que ser amigo del cartero, que en mi caso entonces se llamaba Manolo (Manolo el Cartero) y fue asesinado muchos años después por unos desalmados que quisieron robarle el dinero que llevaba… Y el gran benefactor fue enseguida (y en cierto modo lo sigue siendo) Salvador Pérez, Paladín, que tenía la atención cada semana de pasar por mi casa (viniendo desde La Guancha) para llevar a Santa Cruz lo que yo quisiera enviar y, sobre todo, para trabajar los domingos para llevar mi carta al periódico de don Julio. Ahora Paladín, el gran Paladín y su mujer, viven la triste efeméride de la muerte de sus hijos Carlos Salvador y Beatriz. El chico hubiera cumplido el 9 de julio los 53 años y Beatriz “se nos fue con 25”, y el padre y la madre (Aurora) son desde hace esos años “herederos y huérfanos” de quienes se fueron ya “en aquel triste 2001”. Y como Benedetti, dice Paladín, él les dice: “Compañero del olvido/ no te olvido/ tus tormentos asoman en mis sienes blancuzcas/ el mundo cambia pero no mi mano ni aunque Dios nos olvide/ olvidaremos”.

Recuerdo como si fuera hoy aquella noticia tan triste y tan tremenda que llevó a Aurora y a Salvador a la larga tristeza del recuerdo y del dolor. Ahora he escrito estas palabras que son para ellos y que han empezado a ser mías, de mi vida como periodista y como muchacho. Si nunca fui otra cosa fue porque nadie hizo más por la vida de este muchacho que se hizo periodista sin don Julio y sin Paladín. Aquellos nombres propios son los nombres, con el de mi madre, de mi vida como periodista.

Fueron mi madre, Paladín y don Julio los que me condujeron al muchacho que fui y que ahora recuenta esta historia que empieza con aquella jaculatoria que ella me decía cada vez que yo le preguntaba a la gente qué era lo que pasaba en la historia, en la vida. Por eso, por aquella casualidad, cuando escribí mi primer libro sobre lo que me hizo periodista, lo titulé Toda la vida preguntando, que es ahora, también, un recuerdo para los recuerdos de los chicos de Paladín y de Aurora.

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