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Opinión | REFLEXIONES ATOLONDRADAS

Abajo, en el sur

Por el camino te asaltan ciento y la madre de vendedores ilegales intentando endosarte pañuelos africanos, imitaciones de gafas de sol de marca y demás baratijas

Imagen de archivo: Dunas de Maspalomas

Imagen de archivo: Dunas de Maspalomas / LP/DLP

Aún a riesgo de que se me echen encima los canarios en general y los que leyeron la serie de Margullando en particular, por hipócrita y cuentacuentos, he de confesar que nunca he sido yo muy playera. Tengo mis motivos, y me apuesto un barquillo a que muchos los comparten: los tediosos preparativos, la dificultad para aparcar, la odisea de encontrar un hueco donde extender la toalla, el humo de los cigarrillos del de al lado – menos en Las Canteras, vale, pero sólo desde hace unos pocos años-, los gritos de los críos que corren a tu alrededor y también los de sus padres jugando a la ronda o al dominó, el cuerpo pegajoso de protector solar y sudor inevitablemente rebozado en arena por mucho cuidado que le pongas en evitarlo… Podría seguir, pero mejor lo dejo para no provocar en el lector playero más animadversión que la que probablemente ya habré despertado con esta lista de molestias tan subjetiva como legítima. Y si a todo esto le añadimos una piel que se quema con que la rocen los rayos solares y una edad en la que el miedo al melanoma es más fuerte que el placer de zambullirse en el frescor del agua salada, imaginen el resultado obvio: pocas o ningunas ganas de pasar el día en la playa.

Sin embargo, el pasado fin de semana, por primera vez en años, lo admito, me apeteció ir “pal sur”, como decimos los canariones. El plan era perfecto: unos bañitos en Maspalomas, un pizco de sol, unas cervezas fresquitas en alguna terraza de la zona y una paella por los alrededores. Jugada completa, pensé.

Pero todavía se me están cayendo los palos del sombrajo con la experiencia.

Para empezar, por el camino te asaltan ciento y la madre de vendedores ilegales intentando endosarte pañuelos africanos, imitaciones de gafas de sol de marca y demás baratijas. Cuando por fin colocas la toalla y te crees a salvo de interrupciones indiscretas, aparece la asiática con el catálogo de masajes, y cuando la ahuyentas con toda la amabilidad que su comprensión del idioma te permite y crees que ya puedes tumbarte sobre la arena y relajarte con el arrullo de las olas, es justo entonces cuando te percatas del soniquete que te acompaña de fondo, un chunda-chunda infame procedente de las terrazas no tan cercanas que te taladra el tímpano sin piedad. Y a pesar de todo, te empecinas en aguantar la matraquilla porque al fin y al cabo tú te habías bajado hasta allí con la ilusión de pasar un estupendo día de playa y bastante te había costado decidirlo. Casi tanto como lo que te va a costar sacar el coche del parking donde te resignaste a meterlo después de pasar media hora de reloj dando vueltas como un hámster en una rueda. Al rato, no mucho, cuando tu amígdala te grita basta, recoges los bártulos y enfilas hacia el restaurante que te parece menos de guiris dispuesta a tomarte un vino fresquito y un arroz, donde un par de chiquillos tan desganados como malencarados te sirven una comida mediocre a precio de caviar del Caspio y champán francés. Y eso cuando por fin se dignan a atenderte. Así que te vuelves a casa quemada, molesta, con dolor de cabeza y el convencimiento de que allá abajo, en el sur de Gran Canaria, dormida bajo el sol, había una playa. ¡Ay, si Néstor Álamo levantase la cabeza!

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