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Opinión | Lágrimas en la lluvia

Juanjo Pérez Estévez

El desencanto

Voluntarios de Cruz Roja en La Guaira.

Voluntarios de Cruz Roja en La Guaira. / La Provincia

Según datos de la Plataforma del Voluntariado de España, alrededor del 15% de jóvenes de entre 14 y 24 años participa activamente en acciones altruistas. Representan aproximadamente el 13% del total de personas que ejercen el voluntariado en nuestro país (un millón de personas en números redondos). La media europea de voluntariado juvenil es algo superior pero no estamos lejos. Es cierto que en países del centro y del norte del continente el porcentaje de la juventud que se compromete activamente con diferentes causas sociales, culturales o benéficas es más del doble que en nuestro país. Si bien los datos han mejorado muy ligeramente en los últimos años, el retrato de la persona voluntaria viene claramente sesgado por cuestión de género o edad, siendo las mujeres de más de 50 años las que componen ese perfil mayoritario.

Entre las causas que suelen indicarse para entender los motivos por los que la gente no se compromete aparecen la falta de tiempo o las cargas familiares. Sin embargo, entre los más jóvenes asoman otras como la desconfianza en las ONGs, la dejadez o el descreimiento en que las acciones individuales o pequeñas provoquen cambios significativos. La primera es el resultado de haber sembrado durante años el odio en torno a las entidades que trabajan con personas migrantes, básicamente por rédito electoral. La segunda y la tercera son menos conocidas y tienen mucho que ver con algo que debería preocuparnos: la pérdida de la identidad comunitaria, es decir, la base de la sociedad civil. Todo esto va en paralelo al coqueteo con ideas totalitarias y el desdén por la democracia en un porcentaje no desdeñable de esta generación, y se da en una época de enquistamiento de la desigualdad y la falta de expectativas (especialmente en cuestiones como la emancipación vinculada al acceso a la vivienda y a un salario digno dado el coste de la vida actual). Para colmo y volviendo a esa terrible idea de la dejadez, este mismo segmento poblacional juvenil ha triplicado el consumo de psicofármacos en lo que va de siglo, asociándose este fenómeno a problemas de ansiedad o depresión... El desencanto como forma de sentir el mundo y a la sociedad. Una paradoja al contener una desilusión ante el futuro pero a la vez reaccionar desde la apatía en lugar de la rebelión.

Pero no todo es desesperanzador. La rápida respuesta humanitaria ante crisis agudas como la Dana o el volcán de Tajogaite han contado también con una notable implicación de la comunidad joven. Hoy día es una necesidad, casi una obligación política el invertir y dinamizar prácticas asociadas a promover el voluntariado y el compromiso de la gente joven. Una responsabilidad tanto institucional como empresarial, tomando ideas de iniciativas que funcionan en otro países (por ejemplo esos que nos duplican en número), orientadas a dotar de experiencias en otras latitudes o realidades (que pueden ser próximas en lo geográfico) y empatía a quienes inauguran la edad adulta. En medio de un rearme global como forma de construir el futuro, la sociedad civil necesita hoy más que nunca cadenas de favores, personas que desde la ilusión y el ejemplo particular “contaminen” su entorno. Esto y una especie de “mili solidaria” (destinada a fines sociales) pueden ser buenas propuestas para empezar.

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