Opinión | Isla Martinica
El "número de Sánchez" o el "número del diablo" en la política actual
El “número de Sánchez” es una proporción, razón o, directamente, un conjunto cuyo universo tiende al infinito, pero de un modo oscuro, que rechaza o rehúye la claridad de la definición, ya que, de hacerlo, los miembros de semejante clase jamás se reconocerían como pertenecientes al conjunto que los identifica

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado 24 de junio durante su última comparecencia en el Congreso. / José Luis Roca
La historia de la lógica moderna se entrecruza habitualmente con la de las matemáticas, pero habrá que esperar hasta finales del siglo XIX para que ambas disciplinas se conviertan en inseparables, e incluso una alcance la categoría de fundamento de la otra. Gottlob Frege es considerado el padre de la lógica axiomática, mientras que el ruso Georg Cantor está igualmente detrás de la concepción conjuntista de las matemáticas, hoy imperante en la ciencia exacta. El alemán perseguía febrilmente la precisión, es decir, un lenguaje unívoco fomentando la formalización simbólica. Y, en esta dirección, desarrolló una nueva notación de los conectores lógicos básicos para hacer comprender que la base de las matemáticas está inspirada en la lógica. Ese fue el propósito de su obra capital, Begriffsschrift (1879), que se puede traducir indistintamente al castellano como Conceptografía o Ideografía. En un principio, nadie la entendió y su arriesgada definición del número, asociándolo a un concepto -en la actualidad, diríamos conjunto-, cayó prontamente en el olvido. Con la aportación de Cantor, las cosas le comenzaron a cuadrar al pobre Frege, puesto que su teoría de los conjuntos le venía al pelo para elaborar una nueva concepción del número. En resumen, la aventura en busca de un lenguaje formal universal -en la que se vio involucrado hasta el italiano Giuseppe Peano con su interlingua-, que era el deseo de Frege, recibía el apoyo sustancial de los descubrimientos de Cantor.
Todo lo anterior, que no deja de ser mi modesto homenaje a dos de las mentes más creativas de la humanidad, lleva a la siguiente cuestión: ¿cuál es el “número de Sánchez”? Al contrario que Frege, Cantor, Peano o el mismísimo Dedekind, que buscaban ansiosamente la luz, la precisión y la exactitud en los enunciados científicos, el “número de Sánchez” es una proporción, razón o, directamente, un conjunto cuyo universo tiende al infinito, pero de un modo oscuro, que rechaza o rehúye la claridad de la definición, ya que, de hacerlo, los miembros de semejante clase jamás se reconocerían como pertenecientes al conjunto que los identifica. Llegado el caso, la clase de “los ladrones de bancos” se enorgullecería de serlo, estando o no a la sombra -que sería otro problema, por ahora insoluble-, pero la de “los corruptos de Sánchez” nunca admitiría la conformación de un conjunto en el sentido Frege-Cantor. Por este motivo, el “número de Sánchez” es también conocido como el “número del diablo”, en su versión actualizada, por supuesto, desprovista de los visos apocalípticos de las Sagradas Escrituras.
Las matemáticas presentan, pues, a la selecta comunidad de practicantes repartidos por todo el mundo dos problemas de solución incierta. En primer lugar, la definición del “número de Sánchez” en términos puramente formales. Y, conseguida esta proeza científica, se pasaría a la segunda cuestión, la de la explicación y desarrollo formal de la tendencia infinita del “número de Sánchez”, esto es, si ‘S’ es el “número de Sánchez” y |S→ω| es la tendencia latente de la corrupción política bajo su mandato, lograr su completa demostración de acuerdo con la sistemática de Cantor. Ya digo que no es una tarea tan fácil como parece a primera vista, puesto que los miembros del conjunto de Sánchez no se reconocen como tales hasta llegar incluso a repudiar la calificación. Para que se hagan una idea cabal de la complejidad de la empresa es como si los números reales -pares de números racionales e irracionales- se dieran a la fuga de la justicia matemática.
Cuánto me hubiera gustado tratar al timidísimo Frege, que daba clases de espaldas a sus alumnos, como recordó Rudolph Carnap en su Autobiografía intelectual (1963) y al extravagante Cantor, que llegó a sostener que Shakespeare, en realidad, era el filósofo e inventor Francis Bacon. En fin, me hubiera encantado estar en su presencia y proponerles el “número de Sánchez” como el nuevo desafío de la lógica matemática. Ni por un instante dudo de que su talento para resolver el problema abriría caminos insospechados para ambas ciencias y, de paso, supondría un hito en la historia de España.
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