Opinión | Observatorio

Analista Internacional y consultor de Asuntos Públicos
Rusia no quiere Europa, quiere fronteras

Foto de familia durante la Cumbre de la OTAN 2026 en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026. EFE/EPA/GEORGI LICOVSKI / GEORGI LICOVSKI / EFE
Las estrategias de defensa de Alemania, Francia y Reino Unido sostienen que Rusia sitúa a Europa y a la OTAN como objetivos a atacar hacia 2029-30. Esta tesis ha calado en gobiernos, cumbres y presupuestos, y ha servido de justificación para el mayor programa de rearme europeo desde el final de la Guerra Fría.
No obstante, conviene distinguir entre lo que Rusia podría llegar a hacer y lo que a Rusia le interesa hacer. Desde una lectura de los incentivos del Kremlin, un ataque convencional contra territorio de la Alianza Atlántica no sólo es improbable. Es, sobre todo, contrario a los intereses estratégicos rusos tal y como el propio decisor ruso los concibe actualmente.
La primera razón es aritmética. En medios convencionales, la correlación de fuerzas entre Rusia y el conjunto de la OTAN es sencillamente abrumadora en favor de la segunda. El PIB de la parte europea, excluyendo a EE.UU., multiplica por nueve el de Rusia, y su gasto militar combinado supera al ruso incluso tras el esfuerzo bélico extraordinario que Moscú viene realizando desde 2022. Putin asumiría que iniciar una guerra convencional contra una coalición que le supera en recursos económicos, demográficos e industriales sería inasumible. Los países atacan cuando ven una ventana de oportunidad, no un muro. Salvo obligados por necesidad.
La segunda razón es doctrinal. Desde el Concepto de Seguridad Nacional de 2000, la amenaza principal identificada no es una invasión sino la ampliación de la OTAN hacia las fronteras rusas. Asimismo, los conceptos de política exterior de 2008, 2013 y 2016 mantienen invariable la jerarquía, primero el espacio postsoviético como zona de interés natural, después todo lo demás. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2021 menciona a la OTAN como amenaza en relación a su presencia cerca de Rusia, pero sus objetivos declarados son el desarrollo socioeconómico del país y la seguridad perimetral. En ninguno de esos documentos aparece Europa occidental como objetivo de expansión territorial.
Dos ejemplos lo confirman. El ultimátum de diciembre de 2021 pedía la no ampliación de la Alianza, la retirada de infraestructura a las posiciones de 1997 y la renuncia a desplegar misiles junto a sus fronteras. Un cinturón de seguridad que obedece a las mismas preocupaciones estratégicas rusas del siglo XVII. Y el Concepto de Política Exterior de 2023 define a Rusia como un Estado-civilización que delimita sus propias fronteras culturales y no aspira a absorber civilizaciones ajenas. En ese esquema, Europa pertenece a otro mundo. Por tanto, Moscú la quiere debilitada y desacoplada de Washington, no anexionada.
Esta pauta codifica una constante histórica en la que la llanura europea fue la autopista de las invasiones constantes, y la respuesta secular rusa ha sido buscar desarrollar una zona de amortiguación que ya reivindicaba Catalina II. Visto desde Kiev o Vilna, esta visión rusa es imperialismo puro, y la invasión de Ucrania demuestra que Moscú está dispuesto a confrontar a un vecino para conservarla. Pero esta tesis no exculpa a Rusia, delimita su ambición. Su revisionismo regional en la periferia postsoviética no equivale a un designio paneuropeo. No obstante, existen otros factores que no implican el descarte total de acciones abiertas que respondan a presiones o errores de cálculo de alguna de las partes.
Concluyendo, la amenaza rusa es real, pero apunta a la guerra que ya se está transformando en Ucrania. Drones, vigilancia permanente, guerra electrónica y operaciones híbridas que erosionan con coste marginal y negabilidad plausible. Presentarla como invasión inminente cumple una función de securitización que facilita movilizar presupuestos. Europa debe rearmarse, pero por las razones correctas. Como por ejemplo, prepararse para el conflicto que ya existe e impulsar una autonomía estratégica real. A Rusia no le interesa entrar en Europa. Le interesa que Europa se desgaste sola mientras discute cuándo empezará una guerra que ya ha comenzado.
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