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Opinión | Tropezones

Compañía de pago

Compañía de pago

Compañía de pago / La Provincia

Cayó en mis manos el otro día un modesto pasquín, con tipografía de anuncio de periódico, de un tal Mahmadú, que se anunciaba como «gran curandero vidente experto», con «40 años de experiencia en alta magia africana»·. Enumeraba una panoplia de respuestas a dolencias que iban de las hemorroides al cáncer o la impotencia sexual. Pero también se brindaba para resolver problemas matrimoniales, judiciales, mal de ojo y un largo etcétera, con «garantía al 100% de resultados positivos, y además en un plazo de 3 a 7 días». Incluso se atrevía con tratamientos para «problemas de mala suerte».

Y todo este arsenal disponible sin otro compromiso que «pagar después de resultados».

Cerraba la cornucopia de promesas con un cariñoso «verás como cambia tu vida».

No voy a poner aquí en duda el potencial curativo de la alta magia africana, pero sí querría aconsejar al Sr. Mahmadú que ofreciera algo más sencillo, y que seguro que muchos de sus potenciales clientes priorizarían, por ser lo que a la postre iban buscando: compañía humana.

Yo creo que sin tanto presumir de poderes mágicos naturales, una simple oferta de contacto personal con intercambio de pareceres y saludables consejos resultaría sin duda beneficiosa para ambas partes. Para el paciente una dosis de compañía, comprensión y alivio de sus preocupaciones a un precio sin duda una fracción de la del diván de psicoanalista. Y para el Sr. Mahmadú el provechoso «inicio de una gran amistad» con programación de las pronto recurrentes visitas de sus nuevos amigos.

Me alegará algún lector espabilado que la revolución digital ya está poniendo a disposición de las personas solas una compañía vicaria y además más asequible que los emolumentos de un curandero: supongo que estará pensando en ofertas de tipo sexual, el llamado «sexo frío» de las redes, donde por inteligencia artificial puedes generarte una pareja digital a la carta.

O un contacto falsamente elogiado como interactivo, donde por un modesto peculio el observador puede encargar telemáticamente experiencias pornográficas en vivo y a su gusto.

O que últimamente tiene la persona solitaria la posibilidad de conectarse a algún programa de IA en el que podrá llegar a establecer una amistad virtual con un interlocutor amable que no solo responderá a sus preguntas sino que a medida que se vaya haciendo con el perfil del cliente, sabrá complacerle y anticiparse a sus deseos De lo que no me advierte mi amigo es el riesgo de convertir esta convivencia virtual en una adicción tan fuerte como la del tabaco.

Y se me alegará que el acceso a la IA encima es gratuito. Claro, de momento, ¿ pero a que no tardará en convertirse de pago, como ahora ya lo son las versiones más avanzadas?

Sea como fuere nunca será el contacto informático un sustituto de la relación presencial. O es que no ha sufrido uno en sus carnes el insoportable tormento de interminables rebotes digitales cuando lo que más anhelaba era una voz humana que amablemente inquiriera «¿en qué puedo ayudarle?». Vamos, que si se deciden a llamar al teléfono de contacto que con destacada caligrafía figura en la tarjeta de visita del Sr. Mahmadú, me atrevería a apostar que no les saldrá un contestador automático.

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