Opinión | Otra mirada
Ana María Díaz Santana
La abuela y el naranjo

Madre, abuela e hija en un puesto de artesanía de velas. / Andrés Cruz
Tuve cuatro abuelos, como todo el mundo, pero solo conocí a una: a la madre de mi madre. Ella fue el referente perfecto con el que definí siempre este parentesco y en quien descubrí las virtudes que lo adornan. No conozco mejor ejemplo al que acudir ante la proximidad del Día de los Abuelos, el 26 de julio.
Como muchas mujeres humildes de su época y en un entorno singular —una joven de finales del siglo XIX, criada en una zona agrícola del sureste de Gran Canaria—, no asistió a la escuela, creció sometida a la voluntad de los varones de la familia y tuvo diez hijos. Sin embargo, tanto a pesar de ello como gracias a esa experiencia, ejerció con dignidad y sabiduría su rol de «abuela», enseñándonos a trazar las líneas perfectas para avanzar en la ruta de la vida.
Compaginó siempre las tareas domésticas con el cuidado de la labranza y, a través de la tierra, aprendió a entender el mundo. Supo transmitir a sus muchos nietos la capacidad de tomar decisiones, haciéndolos sentir únicos entre tanta descendencia y acompañándolos con especial cuidado en cada descubrimiento de la infancia, la adolescencia y la madurez. A través de su mirada, lejana y perdida en la distancia infinita y fija en un punto que solo ella podía percibir, aprendimos que los triunfos y fracasos que nos alentaban o desesperaban eran meros accidentes del momento y no definían toda una trayectoria. Comprendimos muy pronto que vivir es un proceso entorpecido por errores, pero alimentado por situaciones fortuitas que nos empujan a seguir.
Con ella adquirí el espíritu crítico con el que fui enjuiciando la sociedad en la que estaba inserta, midiendo la bondad o la insensibilidad con la que el mundo respondía ante ella. A su lado se despertó en mi la curiosidad por la tradición que me antecedía, mientras aprendía las primeras puntadas del «calado», ese bordado canario que conformaba nuestra identidad de mujer en aquellos tiempos.
Me habló siempre de buscar la verdad más allá de las normas establecidas por la costumbre, de encontrar la esencia que impulsaba el motor de la existencia: la familia, el amor y la paz; esta última concebida como un logro diario que envuelve la rutina y las relaciones humanas. Me retaba a desnudar la religiosidad de ropajes fetiches y a arropar la sencillez de la fe en el Mensaje auténtico. Y, sobre todo, gracias a ella supe que siempre existía una segunda oportunidad. Como la de aquel naranjo que nunca dio fruto en el cercado familiar, que ella se negó a cortar y que, por azar, empezó a ofrecer dulces naranjas en septiembre del año siguiente a su muerte.
Fue precisamente siguiendo ese perfil con el que crecí como aprendí a admirar y apreciar la importancia de los abuelos para garantizar una vida plena. Ellos custodian nuestra historia familiar y cultural. A su lado rescatamos el fundamento de las costumbres y rutinas que nos transmiten los padres, y echamos a volar la imaginación en busca de aquellos antepasados a quienes debemos el apellido, algún gesto o la revelación de nuestro carácter. Son ellos, con la paciencia de quien ya no tiene prisa por avanzar ni ansiedad por descubrir, quienes templan los desconciertos de las relaciones humanas, mitigan el deslumbramiento ante los brillos de lo efímero y nos elevan la mirada hacia la grandeza de lo que perdura.
Son el refugio emocional en el que cobijarse cuando los vínculos se enredan y los sentimientos adquieren matices complejos. Son la mirada cómplice ante el primer enamoramiento y el abrazo mudo frente al desengaño. Son ellos quienes nos enseñan, con la serenidad ganada a lo largo de los años, a comunicarnos y empatizar en cualquier circunstancia. Se achican y se encogen para ponerse a nuestra altura y compartir nuestro lenguaje; y, precisamente al hacerlo, se engrandecen. Porque con esos gestos nos muestran la verdadera magnitud del respeto, la dignidad y la confianza.
Los abuelos —como mi propia abuela— son ventanas al mundo y el molde para entender la condición humana. Desde la humildad de sus vidas, construyen importantes cimientos de lo que somos. Cuando recuerdo los ojos sin luz y la mirada infinita de mi abuela, sé que honrar su memoria es proteger ese refugio que son los mayores. Ellos son el lazo entre el pasado que nos da raíces y el futuro que nos espera; y, a la vez, nos sirven de guía en el trayecto de la vida.
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