Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Venga, circule

¿Armario cápsula? Que se ponga

Acumulación de ropa usada

Acumulación de ropa usada / Agencias

En el armario de cualquier entusiasta de Vinted hay, estadísticamente, al menos una chaqueta de ante comprada por catorce euros que no se ha puesto ni una vez. No porque no guste, sino porque cuando llegó era ligeramente distinta a como parecía en las fotos, y para cuando se advirtió ya se habían gastado otros veintidós en un vestido de los noventa que sí se puso (dos veces) y otros dieciséis en una cazadora vaquera que todavía tiene la etiqueta puesta. Todo esto es, por supuesto, consumo responsable.

El mercado de ropa de segunda mano lleva años presentándose como una alternativa ética a la fast fashion, y en buena medida lo es: alargar la vida útil de una prenda es mejor que fabricar una nueva. El problema no está en la premisa sino en lo que ha ocurrido después, que es que plataformas como Vinted o Wallapop han convertido lo que antes era una práctica ocasional y algo laboriosa —ir a la feria del barrio, rebuscar en el rastro, heredar el abrigo de tu prima— en una experiencia de compra tan fluida e inmediata como cualquier otra, con su scroll infinito, sus notificaciones de oferta, su botón de pago con un solo toque y su dopamina puntual cada vez que el mensajero toca el timbre. El resultado es que mucha gente compra más ropa que nunca, solo que ahora lo hace con la conciencia tranquila porque es de segunda mano, que es exactamente el mismo mecanismo mental que lleva a comer tres porciones de tarta porque es sin azúcar o a pegarse una maratón de cuatro horas en el sofá porque el documental era sobre el cambio climático. La conciencia funciona así. Cuando deja de percibir un comportamiento como un exceso, empieza a tratarlo como una recompensa. Un comportamiento legitimado tiende a intensificarse en lugar de moderarse, de manera que la revolución sostenible ha producido, entre otras cosas, armarios igual de llenos que antes pero con mejor coartada moral.

Existe además una economía paralela que merece atención, porque lo que empezó como una manera de dar salida a lo que ya no se usaba se ha convertido para muchos en un negocio de pleno derecho. Personas que compran ropa nueva en rebajas para revenderla como segunda mano, que rastrean marcas en mercadillos para ponerlas a la venta con margen en las plataformas, que han desarrollado un ojo clínico para identificar lo que va a tener demanda y lo trabajan con la misma lógica especulativa con que otros trabajan el mercado de arte o los vinos de añada. Nada de esto es ilegal ni reprobable, pero tampoco tiene demasiado que ver con la economía circular que protagonizaba el discurso de lanzamiento. Lo que resulta más curioso es quién puede permitirse comprar así, porque la segunda mano sostenible no es lo mismo que la segunda mano de siempre, que era lo que hacía la gente que no podía comprar ropa nueva con demasiada frecuencia. La nueva tiene su estética propia, sus marcas preferidas, su vocabulario —vintage, deadstock, capsule wardrobe— y su presencia en las redes, donde creadores de contenido construyen audiencias enteras alrededor de sus hallazgos en Vinted y convierten la frugalidad en un género aspiracional con sus propias formas de exclusión. Comprar bien se ha convertido en otra manera de señalar quién eres, con la ventaja añadida de que ahora también anuncia lo muchísimo que te importa el planeta.

Lo que sigue sin cambiar es la cantidad de ropa que existe en el mundo ni la velocidad a la que se sigue produciendo. Mientras el mercado de segunda mano crece, la fast fashion no decrece en la misma proporción sino que se adapta, lanza colecciones más baratas todavía para competir con esos precios y produce más para compensar lo que pierde en márgenes. La chaqueta de ante comprada por catorce euros no dejó de fabricarse porque alguien la comprara de segunda mano. Simplemente cambió de un armario a otro, donde lleva bastante tiempo esperando a que llegue la ocasión adecuada para salir de ahí por fin. Si esa ocasión no llega, siempre podrá volver a Vinted, donde alguien la encontrará por doce euros, pensará que ha encontrado una ganga sensacional y contribuirá, una vez más, a salvar el planeta.

Tracking Pixel Contents