Opinión | Tribuna
Roberto Miño Reig
La democracia del talento en una Canarias abierta

El presidente de Finlandia, Alexander Stubb. / JACQUELYN MARTIN / AP
Existe una idea profundamente arraigada en muchas democracias: que la política pertenece exclusivamente a los partidos. Sin embargo, cuando observamos las sociedades que mejor funcionan descubrimos una realidad muy distinta. Las mejores sociedades no separan la política y la sociedad civil; las conectan.
Gobernar una sociedad es demasiado importante como para renunciar al talento, la experiencia y el conocimiento que existen fuera de las instituciones. Los gobiernos son imprescindibles. Los partidos políticos también. Son el instrumento fundamental de la representación democrática. Pero las democracias más avanzadas han comprendido que la buena política no consiste en encerrarse sobre sí misma, sino en saber incorporar el talento de toda la sociedad al servicio del interés general. Cuanto más compleja es una sociedad, más imposible resulta gobernarla desde una sola mirada. La inteligencia artificial, la longevidad, la transición energética, la transformación del turismo o los desafíos demográficos exigen conocimientos que ningún gobierno posee por sí solo. La inteligencia institucional consiste precisamente en reconocer ese límite y convertirlo en una fortaleza: abrir las instituciones al conocimiento, a la experiencia y al compromiso que ya existen en la sociedad.
Cuando las instituciones dejan de mirar hacia la sociedad corren el riesgo de cometer un doble error. El primero es pensar que las mejores ideas nacen siempre dentro de ellas. El segundo, mucho más costoso, consiste en desaprovechar el enorme talento que ya existe fuera de las mismas. Las democracias más inteligentes no compiten con su sociedad civil; la incorporan. No es casualidad que algunos de los países más competitivos del mundo hayan hecho de esta colaboración una verdadera cultura de gobierno. Singapur ha convertido la incorporación de talento procedente de la empresa, la universidad y la investigación en una política de Estado. Finlandia destaca por la estrecha cooperación entre administraciones, universidades y tejido empresarial para diseñar políticas públicas. Y los Países Bajos han construido durante décadas una sólida cultura de acuerdos entre instituciones, empresas, sindicatos y sociedad civil, convencidos de que los grandes retos solo pueden afrontarse desde la colaboración. Todas estas experiencias comparten una misma enseñanza: las democracias más fuertes no son aquellas donde los gobiernos pretenden hacerlo todo solos. Son aquellas que construyen auténticos ecosistemas de talento alrededor de las instituciones.
Canarias también ha conocido ejemplos, menos de lo que igual debería, de esa conexión entre sociedad civil e instituciones. Por ejemplo, el presidente Manuel Hermoso, llegó a la política desde un ámbito tan profundamente ligado a la identidad de nuestras islas como el comercio. El contacto diario con los ciudadanos, con las pequeñas empresas y con la realidad económica de Canarias enriqueció su manera de entender el servicio público. Más allá de cualquier valoración política, su trayectoria recuerda una idea que merece ser preservada: la experiencia profesional no garantiza un buen gobernante, pero sí amplía la mirada desde la que se gobierna.
La política necesita puertas de entrada... y también puertas de salida. Necesita atraer durante un tiempo a quienes han demostrado capacidad de liderazgo en la empresa, la universidad, la cultura, la ciencia o el tercer sector, y permitir que regresen después a su actividad profesional con la experiencia de haber servido al interés general. Esa circulación del talento fortalece tanto a las instituciones como a la propia sociedad.
Sería una paradoja que una sociedad invirtiera durante años en formar a sus jóvenes, animándolos a estudiar, emprender, viajar y adquirir experiencia, y que, precisamente cuando ese talento puede enriquecer más las instituciones, muchos de ellos sintieran que el único lugar donde no pueden aportar durante unos años de su vida es la política.
Canarias ha sido históricamente una tierra abierta, comerciante, emprendedora y profundamente asociativa. Esa forma de entender la vida ha permitido que generaciones de canarios construyeran prosperidad mucho antes de que existieran muchas de las instituciones que hoy conocemos. Recuperar ese espíritu de corresponsabilidad puede convertirse en una de nuestras mayores ventajas competitivas. Las próximas décadas exigirán afrontar desafíos de enorme complejidad. Ninguna administración, por preparada que esté, podrá hacerlo sola. Los territorios que lideren el siglo XXI serán aquellos capaces de movilizar el talento de toda una sociedad en torno a un proyecto compartido. Porque las grandes transformaciones nunca han sido obra de un solo gobierno. Siempre han sido el resultado de una sociedad capaz de compartir una misma ambición.
Los gobiernos cambian. La sociedad permanece. Y los territorios que verdaderamente prosperan y prosperarán son aquellos capaces de convertir el talento de toda una comunidad en su mayor proyecto colectivo.
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