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Opinión | Retiro lo escrito

La ocurrencia Guimerá

Como la tendencia al ridículo es casi la razón de ser de los operadores culturales en Canarias el ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife decidió hace ya tiempo una campanuda celebración de centenario del fallecimiento de Ángel Guimerá. Como primera anotación de tan chusca ocurrencia debe señalarse que Guimerá falleció en 1924, con lo que desde el centenario de su muerte ya han pasado dos años, pero seguro que el concejal de Cultura, de cuyo nombre no quiero acordarme, pensará que Guimerá es una figura inmortal y desde la inmortalidad un par de años no son nada. Estos que tan bien lo cobran del erario público son capaces de asegurar urbi et orbe que la personalidad literaria de Guimerá “sigue ligada profundamente a la identidad cultural de la capital tinerfeña”. Como son muy crueles no nos cuentan nada de la identidad cultural de la capital tinerfeña – habrase visto egoísmo – pero al menos podrían detallarnos algo de la relación de la obra de Guimerá con la literatura y el teatro canario de principios del siglo XXI. Con seguridad debe ser un misterio delicioso en el que solo participaban los concejales de Cultura y tal vez algún afortunado asesor.

Guimerá salió de Tenerife a los ocho o nueve años y jamás regresó. He leído que un señor descendiente del dramaturgo reivindica la canariedad de Guimerá sobre un potente argumento: en una ocasión escribió una carta pidiendo que le mandaran gofio. El concejal de Cultura deberá mandar ese dato incontrovertible a la Wikipedia. La muy cabrona no lo cuenta. Está claro que si usted pide gofio posee que su alma genuinamente canaria, igual que cuando se pide un whisky queda acreditado su raigambre escocesa. También se ha citado para aumentar el excipiente canario de Guimerá a don Benito Pérez Galdós, una maniobra bastante chapucera. Los padres de Pérez Galdós eran canarios: don Sebastián Pérez, de Valsequillo, y doña Dolores Galdós, de las Palmas de Gran Canaria. Pero lo principal, naturalmente, es que don Benito fue un escritor en lengua española y Guimerá, en cambio, escribió su poesía – bastante mala y sus obras dramáticas – de indudable relevancia en su momento -- en catalán. Y no solo eso. Guimerá se comprometió con posturas políticas catalanistas desde muy jovencito. Se sumó a Jove Catalunya, presidió la Lliga de Catalunta y en 1889 fue ponente de las llamadas Bases de Manresa, que debatió y articuló la propuesta conservadora de un régimen de autonomía administrativa para Cataluña. Guimerá eligió lo que siempre consideró su país, Cataluña, y su lengua, el catalán, y los sirvió con compromiso, lealtad y talento.

No es tratarlo con desdora admitir una obviedad: la creación de Guimerá no ha influido en ningún momento en la cultura local, y si el único teatro de Santa Cruz lleva su nombre es porque el ayuntamiento de Santa Cruz (siempre el ayuntamiento) quiso honrar al tinerfeño fugaz que fue Guimerá (que llegó a candidatable al premio Nobel de Literatura) y a su vez honrarse con su nombre. Existe un misterio superior al que se ha señalado antes que se puede sintetizar brevemente: ¿por qué no rescatar y difundir obras teatrales de autores canarios contemporáneos en producciones en colaboración con la Escuela de Actores? ¿No tendría este objetivo cierta coherencia con el nacionalismo (sic) que gobierna esta ciudad hace décadas? ¿Por qué en lugar de homenajes extemporáneos con un inocultable perfume a neftalina y desconcierto no programar obras de Antonio Tabares, Irma Correa, José Padilla, Cirilo Leal, José H. Chela, o Paco Monge? ¿Por qué no hacer lo mismo, por lo demás, con nuestros autores teatrales anteriores, empezando, tal vez, por José Desiré Dogour, al que le ocurrió lo contrario que a Guimerá, pues nació en Francia y con trece años llegó como naufrago a Santa Cruz de Tenerife, donde se instaló su familia y escribió siempre en español? ¿Por qué esa porfiada enemistad con nuestro pasado histórico y cultural? ¿Temen que se note demasiado que no son ustedes necesarios, sino contingentes, incluso extremadamente contingentes? n

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