Opinión | Lágrimas en la lluvia
¿Y qué más da?

La inteligencia artificial presenta múltiples ventajas / Shutterstock
Hace poco escuché un debate sesudo sobre la posibilidad de que, en esta era de la inteligencia artificial, la creación automatizada de novelas o canciones podría igualar o incluso superar al registro humano. Imagino que nadie (tampoco la propia IA) sabe a día de hoy si esto ocurrirá ni cuando. ¿Puede una máquina atesorar el talento natural y la capacidad de improvisación de un genio?. Quizás sí, pero, ¿y de dos genios?. Hace ahora cien años nacieron dos de ellos. Miles Davis y John Coltrane son la quinta esencia del jazz para la mayoría de amantes del género, especialmente en relación a modalidades como el jazz modal o el bebop.
Miles Davis aprendió a tocar la trompeta a los 12 años. Contrariamente a la mayoría de músicos negros de jazz, su origen era acomodado. Muy influido por su madre, profesora de música, podría decirse que estaba predestinado a cambiar la música para siempre. Por eso fue a Juilliard, y justo por eso la dejó menos de un año después cuando conoció a Charlie Parker en la calle 52. “Bird” fue su maestro durante varios años hasta que el “Príncipe de las tinieblas” voló por su cuenta. Su talento incluía la detección del ajeno, visionando una banda tan cambiante como legendaria. Entre sus componentes incorporó a un joven tímido de su misma edad y cuya infancia fue notablemente más compleja. Venerado como un santo, profundamente espiritual y humanista, de un humor sentimental, el saxo de John Coltrane parecía tener vida propia cuando sus solos se alargaban durante casi media hora. Sus “trances” improvisados cabreaban al resto de la banda (por la cual pasaba gente como Thelonious Monk, Paul Chambers, Cannonball Adderley, James Cobb, Bill Evans…) y más aún a su líder. Varias veces llegaron a las manos. “Trane” se consumía entre el alcoholismo y la heroína, robando el ascensor para el cadalso y emulando más a Parker que precisamente su discípulo predilecto.
Su última gira juntos fué en Estocolmo en 1960. Curiosamente Davis regaló a Coltrane un saxo soprano del cual ya no se separaría, comprado de mala gana a unos críos insistentes. La ruptura ya estaba cantada, sin apenas relación registraron una serie de conciertos que sacaron lo mejor de ambos (cuenta la leyenda que aquellos días no se hablaban). “The final tour” es el vinilo que más he escuchado, no el que más me gusta, pero sí el que más me fascina por imaginar a esos dos genios entregados a crear algo tan complejo, perfecto e inmortal sin tener siquiera que mirarse, sabiendo ambos que sus días juntos terminaban y por ende sus oportunidades de retarse a ser mejores.
Genios centenarios, conciertos legendarios que ya tienen edad de jubilación, talento puro en forma de improvisación a la vez que pura compenetración natural, como el vuelo agarrado en picado de dos águilas calvas. No sé si la IA tardará cien años o menos en hacer algo mejor que “Sketches of Spain”, “Round Midnight”, “A love supreme” o “My favourite things”, pero dudo que pueda parir a tipos como Davis y Coltrane. Si por casualidad ocurre y ya no necesitamos a los genios, incluso los iletrados del jazz como yo podrían seguir escuchándolos y llegar a decir con arrogancia: “So what?”.
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