Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El lápiz de la luna

Lo inexplicable

Una mujer lee un libro con un café.

Una mujer lee un libro con un café. / GETTY IMAGES

¿Cuántas veces han terminado de leer un libro y han sentido que tras su lectura ya no saben qué hacer con sus vidas? A mí me suceden tres cosas cuando finalizo una novela que, de algún modo, me ha atravesado. Uno: necesito un par de días para digerirla. Dos: preciso comentarla constantemente con todo aquel que se me cruza en el camino (y quiere escucharme). Tres: todo lo que empiezo a leer me parece superfluo. Una vez atravesadas estas fases del duelo literario me suelo enganchar a otras historias sin mayor problema; en cambio, esa trama, esos personajes, esas emociones narrativas siguen latiendo en mí como un viejo y adolescente amor de verano. Ahora mismo, mientras me leen, estoy pasando por este trance después de la lectura de Lo inexplicable de Clara Sánchez. Sin descubrirles ningún giro de guion nos encontramos con un muerto, un niño de nueve meses, dos vidas cruzadas y un montón de incógnitas que no podemos explicar ni desde la razón ni desde la ciencia. ¿A qué recurrimos cuando no encontramos consuelo en lo tangible? Siempre me ha atraído muchísimo todo lo relacionado con la reencarnación. Desde niña, cuando fingía quedarme dormida en el sofá para ver por el rabillo del ojo el programa Misterios sin resolver presentado por Julián Lago, me cautivaba lo paranormal, sobre todo, qué había al otro lado, en el más allá. Ese más allá del que hablaban los mayores cuando alguien fallecía. Sin embargo, esa posibilidad de volver a la vida después de haberla abandonado, volver a otro cuerpo, a otra familia, a otro entorno desconocido, pero siendo tú en esencia, siempre lo hemos considerado descabellado y una fantasía más de la religión. ¿Y si esta fuera la explicación de por qué, a lo largo de nuestra vida, creemos reconocer lugares sin encontrar una elucidación lógica? ¿Y si esa fuera la razón para entender los dèjá vu? ¿Y si esto le diera sentido a por qué hay personas con las que sentimos una conexión especial y argumentamos con un «Es como si te conociera de toda la vida»? ¿Y si no es de toda la vida sino de otras vidas? ¿Me van a decir que nos les fascina este tema? Elvira Mínguez en La educación del monstruo habla de la herencia transgeneracional, de cómo heredamos emociones que no reconocemos como nuestras. Del mismo modo, Sánchez en Lo inexplicable se plantea la duda de si la reencarnación explicaría por qué nos gustan unas cosas y no otras, por qué sentimos vínculo con lugares o personas que van más allá de una mera coincidencia, sino de algo que se remonta a nuestros ancestros. Creas o no en algo tan delicado como volver a la vida después de la vida, te recomiendo que leas Lo inexplicable, pues es una novela con una prosa exquisita -ya saben que soy una facilona y un libro bien escrito me pone tonta-, además es ligera, fresca, reflexiva y adictiva. Sus personajes son como tú y como yo: sufren por amor, por el acceso a la vivienda, por la inestabilidad laboral. Se plantean dudas, tienen inseguridades, miedos y anhelos. A medida que vas leyendo concibes que Alicia, la protagonista, conversa contigo y que cuando Rafael sonríe, te sonríe a ti. No puedo explicarles lo inexplicablemente bien que me ha hecho sentir esta novela mientras la leí y el vacío que me dejó. Literariamente hablando soy una facilona y de las que va empatando romances poéticos y ahora estoy leyendo Las tempestálidas, un amor escrito que, intuyo, también me romperá el corazón. De ser así, lo compartiré con ustedes

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents