Opinión | Tropezones
Lamberto Wagner
Breverías 175

Jean Sibelius / La Provincia
El otro día, en la sobremesa de un grupo de amigos se suscitó el mérito relativo de los máximos exponentes de la música clásica. Y como no podía ser de otro modo más de uno reivindicó la supremacía de las tres Bs, refiriéndose a Bach, Beethoven y Brahms. A lo que uno de los contertulios, posiblemente algo pasado de coñacs con el café, nos puso a todos en su sitio, alegando que la tercera B estaba equivocada, y debía ser sustituida por la B de Bozart.
Ante las protestas de algunos sobre este atentado a la ortografía, nuestro amigo alegó, cogiéndose la nariz con ademán de constipado. “Es que a veces para acertar conviene estar algo resfriado”.
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Y ya embarcados en disquisiciones musicales, uno de los comensales, de nacionalidad finlandesa intervino proponiendo a Sibelius como uno de los grandes, con pleno derecho a estar en el podio de la música universal. Aquí cundió un alboroto comprensible del resto de la mesa, a lo que replicó nuestro crítico rebelde. “Es que Sibelius parte en inferioridad de condiciones, al haber nacido en Helsinki en vez de Viena. Por eso no es sino pura justicia concederle cierto hándicap”.
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Y un amigo de nuestro finlandés consideró oportuno apostillar: “y el hándicap ha de ser doble, porque donde nació Sibelius no fue siquiera en Helsinki sino en Hämeenlinna, a más de 100 km de la capital”.
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Como el tema iba de Sibelius , me atreví a recordar a los reunidos la faceta gamberra del ilustre compositor, ya reseñada en algún comentario mío en estas mismas páginas.
Con ocasión de un concierto en la mansión de una de las grandes damas de la alta sociedad finlandesa, situada como un nido de águila en el borde de un acantilado asomado a uno de esos serenos lagos típicos de la naturaleza nórdica, fue invitado el compositor a dar un concierto, como colofón a una opípara cena.
A pesar de los efluvios de las abundantes bebidas servidas al pianista y a sus amigos, la interpretación fue antológica, y al cabo de la misma la anfitriona quiso resaltar la importancia de la efemérides, cerrando con llave la tapa del teclado del imponente piano de cola, al tiempo que declaraba solemnemente: “ este piano no va a ser tocado por nadie nunca más”. En vista de lo cual el músico y sus igual de achispados amigos, ni cortos ni perezosos, procedieron entre todos a soltar el bloqueo de las ruedas del magnífico Steinway, para a continuación empujar el piano hacia el borde de la terraza, que salvando el modesto pretil salió volando en graciosa parábola camino de su destrucción definitiva.
Es un hecho cierto que nadie nunca más volvió a sacar ninguna nota del infortunado instrumento.
La que tal vez no sea tan cierta sea la veracidad de esta historia.
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En todo caso, la propia situación anímica de nuestro grupo era más propensa a creer que a averiguar, celebrando y dando pues por bueno mi relato.
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