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Opinión | Isla martinica

‘Déjà vu’

MADRID, 20/07/2026.- Cientos de aficionados españoles abarrotan la plaza de Cibeles mientras aguardan la llegada de la selección española tras proclamarse ayer campeones del mundo al derrotar en la final a Argentina. EFE/Fernando Villar.

MADRID, 20/07/2026.- Cientos de aficionados españoles abarrotan la plaza de Cibeles mientras aguardan la llegada de la selección española tras proclamarse ayer campeones del mundo al derrotar en la final a Argentina. EFE/Fernando Villar. / FERNANDO VILLAR / EFE

En recuerdo de mi padre, aficionado y español

En la final del Mundial de Fútbol tuve un déjà vu. En esa Argentina, sucia y marrullera, vi una voluntad de negar lo evidente a golpe de patadas y gritos, sobre todo, gritos al árbitro, su gran aliado durante buena parte del torneo, pero que, por una vez, parecía abrazar la imparcialidad. Al otro lado de la cancha, un equipo señorial, brillante y ordenado que, para ganar el partido, hubo de marcar tres tantos, de los cuales le validaron tan sólo uno, el más importante y decisivo. En otras palabras, el caos frente a la inteligencia y el orden, aunque con un matiz de cierta relevancia. Al menos treinta y nueve de las 40 jornadas de competición, el caos se había apoderado de la FIFA hasta el extremo de que la Argentina del desconcierto y las trampas había logrado llegar a una final que, en principio, iba a ser suya, aunque el destino se encargó de amargarle la fiesta.

Como todos, me alegro de que la España de la razón y el orden se impusiera sobre un desecho futbolístico del que apenas se reconocía la figura de un Messi desmejorado por el paso del tiempo. Y, como todos, paladee el triunfo de una selección que invitaba a prestigiar una nación como la nuestra, históricamente necesitada de autoestima y consideración. Se habla constantemente del valor de los jugadores provenientes de Sudamérica y, sin embargo, tras el mundial, una cosa ha quedado demostrada. La dignidad de cualquiera de los jugadores de La Roja está muy por encima de la exhibida por los futbolistas de la Argentina en el campo, tomados uno a uno, hasta incluso superar a la del propio astro de la albiceleste.

Y, en el fondo, me apena, porque todos somos hijos de una misma lengua, el español, por más que se empeñen los lingüistas en denominarla «castellano». En este sentido, un ecuatoriano, un colombiano, un uruguayo y, por qué no, un argentino son descendientes de idéntico linaje, y sólo por esta razón, deberíamos estar orgullosos a un lado y el otro del Atlántico. Muy pronto se aprestaron las autoridades de la FIFA, supongo que azuzadas por las de Estados Unidos, para que no se empleara el español como lengua de comunicación internacional en las ruedas de prensa. Si bien poco duró la barrera idiomática ya que, hoy por hoy, el fútbol en el mundo habla español, habida cuenta que el partido que dilucidaba el título era mantenido por dos países con esa lengua en común.

Dije al comienzo que había tenido un déjà vu, la sensación de que las trampas de los del Mar de la Plata ya las había presenciado, aunque no sabía dónde ni cuándo. Sólo en la recepción de La Roja, en el Palacio de La Moncloa, recordé el momento exacto. Pedro Sánchez, el atribulado presidente de un país maravilloso, se guardaba un as en la manga. Como no puede salir a la calle, sin que el pueblo llano le afee la soberbia personal y las corruptelas que degradan a la nación, montó una celebración a su imagen y semejanza. Una trampa más del tahúr que dirige España que no sabe cómo mantenerle la mirada a un país que le desprecia hasta el infinito. Uno a uno, los jugadores, representantes cualificados de la España solar, limpia y decente, la que se gana el pan con el sudor de la frente, estrechaban la mano de un aprendiz de tirano sin que ello ensuciara el alma de unos jóvenes generosamente entregados a la patria. Ojalá el contacto con la virtud hiciera mella en el morador de La Moncloa y decidiera ponen fin a la agonía política que se vive en la actualidad.

En efecto, tuve un intenso déjà vu en la final del Mundial, vi cómo un país salía adelante pese a los traspiés y las malas artes del contrario, empecinado en que él y no la decencia obtendría el merecido premio. Afortunadamente, los «chorros» de la Argentina no son los «chorros» de España. Compartiremos una misma lengua, pero el chorro argentino jamás podría compararse con el chorro español, preñado de oro y laurel. ¡Andá a cantarle a Gardel!

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