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Opinión | Otra mirada

Ana María Díaz Santana

El eco de los mundiales

Ferran Torres, tras lograr el gol en la final del Mundial ante Argentina

Ferran Torres, tras lograr el gol en la final del Mundial ante Argentina

En mi visita habitual al supermercado para reponer la despensa, observé sorprendida cómo un grupo de mujeres de edad madura —con un perfil próximo al del ama de casa que cuenta en su rutina con la telenovela de sobremesa como el momento más excitante del día— aparecía con la bandera de España pintada en el rostro. Ese cambio de maquillaje, acompañado de la tertulia que iniciaron en el corro formado junto al puesto de verduras, donde cada una intentaba demostrar sus conocimientos futbolísticos —muchas veces confundiendo un penalti con un tiro libre o un saque de puerta—, me alertó de que el Mundial había llegado. Era 11 de junio, se iniciaba la fiesta del fútbol y había que apoyar a España.

Desde la balconada en la que me sitúo para contemplar el paisaje de una sociedad líquida —que altera sus comportamientos ante las situaciones y circunstancias nuevas—, aprecié cómo nuestro entorno se implicó en un cambio de rutinas, modificó sus expresiones y, sobre todo, adoptó conductas inhabituales durante los 39 días que duró el primer campeonato coorganizado por EE. UU., México y Canadá. La televisión, con sus programas especiales, nos narró diariamente este vuelco social que se inició desde la inauguración del evento. El gentío masivo de aficionados que animaban a su selección rememoró las multitudinarias manifestaciones reivindicativas de épocas pasadas; aquella masa delataba su deseo de expresar la pertenencia al grupo, su lugar en un punto del planeta y de mostrar su nacionalidad como signo de identidad.

Para ello, el elemento más recurrente fue —en sus múltiples expresiones— el uso de la bandera rojigualda. Esta enseña fue manipulada en épocas pasadas, despreciada en momentos históricos por su matiz bélico, ocultada por quienes la consideran un símbolo de represión y acaparada aún en el presente por quienes la toman como adorno de ideologías y valores partidistas; una pieza que, todavía, sigue sin encontrar un lugar pacífico entre los defensores de un nacionalismo radical. Pero también es ese estandarte exaltado por la mayoría como símbolo de reconciliación democrática, libertad y legalidad. Esta bandera española, que en nuestra sociedad plural despierta interpretaciones polarizadas —guerra civil, dictadura, transición, uso partidista y el cuestionamiento nacionalista—, mantuvo un sólido consenso popular durante la celebración del torneo. Sin complejos, interpretaciones ni prejuicios, todos a una salieron a la calle vistiendo sus colores; alzaron su paño, agarrados fuertemente al asta para ondear el batiente sin consideraciones analíticas previas; adornaron con ella los bares donde seguían los partidos, inspiró el maquillaje de muchos e, incluso, impulsó el cambio de color en sus cabellos con la ayuda de un espray.

En esos días, desde el balcón de mi perspectiva, he visto diluirse la rivalidad que enfrenta a los equipos de fútbol local, unidos ahora en un mismo bloque: la selección, con el propósito común de sumar fuerzas para defender el buen nombre del país al que representan. Durante estas semanas, hemos apreciado valores ocultos entre futbolistas y espectadores que finalmente toman relieve y esplendor. Entre los primeros, destacaron el acatamiento de las normas para ejecutar el juego limpio propio de la deportividad, el compañerismo, el esfuerzo y el afán de superación ante las expectativas propias y las de la nación; pero, sobre todo, sobresalió la esperanza: la ilusión de llegar a la final y ganar, dejando a un lado las tensiones políticas y sociales que los amenazaban y que, saben perfectamente, continuarán.

Entre los espectadores y la sociedad en general, brilló la certeza de que todos formamos una misma humanidad compuesta por distintas culturas, idiomas y religiones; se hizo evidente que el espectáculo que nos une —el fútbol— no sabe de minorías ni marginados, porque todos se ven iguales ante una misma afición. También destacó el valor de la acogida manifestada por los países sede sin cuestionar procedencias, así como la tolerancia y el respeto ante las manifestaciones religiosas. Ejemplo de ello fue el joven extremo de España, Lamine Yamal, quien de rodillas en el centro del campo y ajeno al bullicio se centraba en una profunda oración de agradecimiento; o las convicciones que, sin pudor, expresó el seleccionador Luis de la Fuente como hombre de profunda fe católica, quien no dudó en proclamar públicamente dónde reside su fortaleza.

El Mundial volverá dentro de cuatro años y, en esa ocasión, con la celebración del centenario de la Copa del Mundo (1930-2030), estamos seguros de que los sentimientos vividos en estos días regresarán de idéntica manera. Nos olvidaremos de las rivalidades, de los significados que cada uno otorgue a nuestra bandera y de nuestros distanciamientos económicos, sociales, culturales o religiosos cuando alentemos a España en una sola voz. El gran reto que se muestra ante nosotros es el de si somos capaces de prolongar hasta entonces estos valores, potenciarlos y practicarlos, porque son la clave para ganar el gran partido que jugamos a diario: el progreso de la humanidad.

Se me olvidó contarles que no entiendo de fútbol. Pero cualquier circunstancia que rescate la esencia de bondad que habita en el interior del hombre es digna de ser valorada y protegida.

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