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Opinión | Billete de vuelta

Francisco García

Diamantes y hormigón armado

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz.

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz. / Nacho Frade / Europa Press

Hay que quitarse la gorra ante Zapatero. El hombre maneja una habilidad sobrenatural para asomarse a la televisión pública, soltar una milonga catedralicia con cara de no haber roto un plato y despedirse como el del anuncio del Profidén. Su actuación en TVE supuso un ejercicio antológico de escapismo: ante el espinoso asunto de las joyas, el prócer del pacifismo no despeinó un solo pelo de su ceja legendaria.

En un país donde el personal entierra la nómina en la hipoteca y la cesta de la compra, el apóstol del «talante» viene a hablarnos de orfebrería diplomática con una condescendencia que roza el descaro. Hay que tener los arrestos de mármol para encarar el tema de los collares con sonrisa de seminarista: «Pero, tontorrones, ¿cómo os vais a preocupar por unos pedruscos si lo importante es la paz mundial?».

Para ZP, las joyas no suponen sospecha, ni lujo, ni un marrón impresentable. En su convento de Calcuta, los diamantes son simples daños colaterales de su infinita bonhomía, amuletos de la concordia universal. Da igual lo turbio que pinte el asunto: él te clava la mirada de cervatillo, te suelta dos frases huecas envueltas en celofán lírico y pretende que te vayas a la cama tranquilo, a contar ovejitas.

Basta de insultos a mano armada a la inteligencia de cualquiera que pague impuestos. Resulta escandaloso que Zapatero se asome al plató sin remordimientos, convencido de que su cinismo resulta creíble. Al final, lo único verdaderamente irrompible de este barullo no son los diamantes, sino el pedazo de hormigón armado en el que el tipo ha esculpido tanta jeta.

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