Opinión | Aula sin muros
Fontanales, un hombre con derecho a la memoria

Fontanales celebra el Día de San Bartolomé / La Provincia
Nació en La Habana de familia isleña como los miles que emigraron a la isla del Caimán dormido, para emplearse en cualquier trabajo u oficio que le permitieran matar el hambre y mandar pesos cuando valían casi a la par que el dólar americano. Se llamaba Tomás García Dominguez. Popularmente conocido por Tomasito. Embarcó para las Canarias cuando en una noche un cometa atravesó la Habana de punta a punta. Se sentía orgulloso de que Don Paco, maestro que se llamaban de vocación, le enseñara Matemáticas y la afición por la lectura que, desde joven, se convirtió en una fiebre por el saber. Por eso, aunque decía de sí mismo que era un campurrio, mauro del campo, fue un autodidacta que se levantaba sobresaltado de noche, con la palabra griega eureka en el pensamiento y la boca porque había resuelto un problema de trigonometría que le tenía a mal traer durante días. Raudo escribía la solución en un papel rasposo de los de envolver cosas en la tienda que defendía en el lomo del barrio de La Juradas. También escribía poesías dedicadas a su tierra, sus barrios, paisajes, paisanaje que defendía durante el tiempo que fue concejal del Ayuntamiento de la Villa de Moya. Mientras ejerció el cargo se impulsaron y ejecutaron obras como el pilar en el casco del pueblo. Por fortuna, antes de morir, pudo ver la carretera enchinada, por lo que desapareció, el rastro de polvo, piedras o barro que dejaban atrás los coches durante los 12 kilómetros que separan la Villa de Moya con Fontanales. Puso empeño en la construcción de una escuela que evitara los largos desplazamientos de los niños, bajo el fuerte solajero o lluvias de no parar en los inviernos, hasta las dos escuelas, en el casco del pueblo. Hizo amistad con los primeros maestros que se asombraron de la vasta cultura de un simple tendero en un barrio perdido de medianías cumbreras. El cura párroco, don Juan Díaz también hijo del pueblo, desplegaba una elocuencia bien construida en los sermones por lo que era conocido y admirado en toda la diócesis. Una vez que iba a predicar a Teror o Valleseco, caminando bajo un sol de justicia, se paró a beber agua en casa de Tomás. Este le preguntó si ya tenía preparado el sermón. El cura le respondió que «se lo preparaba por el camino». Discrepaba del cura en asuntos de teoría y práctica de la religión, pero eran amigos íntimos del que admiraba que lo era en la desgracia. Juntos anduvieron la Seca y la Meca para que el pueblo tuviera teléfono que lo incorporara a algo parecido a la civilización sumido en un olvido de siglos. A la inauguración, un artilugio de color negro, «el canuto», colocado en la tienda del hermano del cura, Santiago Diaz, acudieron las autoridades, un gentío, los maestros y alumnos que ese día no tuvieron escuela. En su afán de expansión territorial del ayuntamiento llegó a acudir, caminando, junto con personal de la alcaldía a la medición de los lindes, en la cumbre, para defender que el Montañón Negro pertenecía al ayuntamiento de Moya. Algunos vecinos, campesinos todos, lo criticaban porque no tenía cayos en las manos, y no usaba sombrero, se peinaba la fuerte mata de cabello para atrás. Sin embargo, escribía, tramitaba y llevaba, personalmente, diversos escritos de los vecinos dirigidos al ayuntamiento. Enseñaba a leer y escribir, gratis, a muchos jóvenes para que, cuando los llamaran a servir en el cuartel no los incorporaran al pelotón de los torpes, analfabetos, una pandemia cultural de la época. Se puede afirmar que fue un heterodoxo de su tiempo. Era creyente de un Dios que, después de la muerte no premiaba de igual manera a un sinvergüenza, ladrón o asesino que a una madre abnegada que se desvivió por criar un rancho de hijos. Su forma de asociar la ética humana con la divina. Pero era un convicto anticlerical que criticaba el poder arbitrario y despotismo de la clerecía. Criticó a su amigo cuando se empeñó en construir un nuevo templo del que dijo no hacía falta y cuando el cura le asignó, a capricho, la cantidad de pesetas que le correspondía como feligrés, sin inmutarse, le espetó que “´él no tenía acciones en esa empresa”. Leía y declamaba poesías de Tomás Morales. Tenía obras del astrónomo francés Camile Flammarion (1842-1925) algunas de ellas incluidas en el Índice, libros prohibidos por la Iglesia Católica. En política decía, en alto, bien claro, que «no era de izquierdas, pero de derechas tampoco». Siempre dijo que aceptó ser concejal, no para figurar, sino para servir al pueblo. Abandonó el cargo en un gesto de intolerancia contra la corrupción. En una ocasión se opuso a un concejal que quería construir, con cargo al presupuesto municipal, una pista que llegara a sus propiedades. Parece que su propuesta resultó infructuosa. Ese mismo día presentó su dimisión al alcalde don Joaquín Peña, un hombre reposado, bondadoso. Adujo que se encontraba con un mal crónico de la barriga que combatía con cucharadas de bicarbonato. Poco tiempo después decía que la barriga le dejó de dar brincos y ya no tomaba pastillas de Bellergal un tranquilizante que solía tomar para relajarse ante discursos o hablar en los plenos. Una noche, sentados en la cantonera, unas obras abandonadas en un hueco de piedras, malvas y cardos que merecen una restauración por historia y antropología isleña, mirando al profundo cielo de topacio exclamó «siempre me he preguntado que habrá detrás de ese firmamento infinito». Si hay algo, aunque los viejos de antes decían que «de allá nadie ha escrito», seguro que habrá un ente superior que le premiará por sus obras porque fue un hombre sabio, sobre todo, bueno y honrado. Aquí debajo a lo mejor la entidad pública a la que sirvió con generosidad y altruismo, asociación de vecinos, en algún momento, lo recuerde con un tramo de calle, camino real o una simple placa en el pilar al fondo de la carretera por el que se desveló, en la construcción y en la inauguración, en el año 1957, pronunció un discurso en el que asoció las venas freáticas de agua con el nombre, origen del pueblo, Fontanales.
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