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Opinión | Risas y fiestas

Lo que se pierde por ahí

Lo que se pierde por ahí

Lo que se pierde por ahí / La Provincia

Mi función favorita del iPhone es la de buscar dispositivos. Los cascos tienen un algo que les permite ser perseguidos, encontrados en cualquier lugar en el que se pierdan a través de un mapita que va señalando sus movimientos: yo he llegado a encontrar bolsos extraviados gracias a esa magia tecnológica que da un poco de miedito. Lo que me fascina, sin embargo, no es eso, sino la solución que hay para cuando estás en un lugar de una escala tan pequeña que el mapa falla (una casa, espacio tan enorme para el cuerpo, espacio tan chiquito en el mundo, y un mapa no señala nunca el fondo de una gaveta la de arriba no la de abajo a la izquierda tras el paquete de pañuelos de Sonic). Un pitido. Un botón que pulsas en el móvil para que los cascos empiecen con una musiquita que te permitirá seguir el sonido y dar con ellos. Es un momento muy divertido, porque tienes unos pocos segundos para moverte hasta ir dando con dónde suena más el ruido y llegar a levantar ese cojín, justo ese cojín.

No me gusta tanto esa función por razones prácticas, aunque es cierto que si no existiera ya habría perdido los cascos un par de veces. La cosa es esa: lo que me gusta es que me alivie la sensación de “si perdiera, si hubiera perdido”, que me haga sentir atada a mis cosas por una especie de hilo del que puedo jalar. Una vez, de hecho, a mi padre se le perdieron los cascos en el aeropuerto cuando íbamos a coger vuelos separados, y él se fue con los míos y yo tuve que correr al control de seguridad, donde los veía ahí en el mapita, y me aseguraron que no estaban y yo pude asegurar que sí estaban porque los había visto ahí en el mapa de su móvil y obligación de buscar, tomarlo en serio. Me gusta esa certeza, porque, cuando algo se pierde, lo peor es el sentimiento ese de que igual te estás equivocando revolviendo esa zona y estás armando un drama por nada. El piiii de los cascos me alivia, y a la vez me agranda, un dolor existencial que a veces me pesa: los cuerpos. Los cuerpos estamos separados por un abismo tremendo que no es más que el hecho de que nada nos comunique en la distancia.

Algunas noches sueño que mi hermana y yo estamos pegadas por las puntas de los meñiques y entonces no podemos separarnos. Que si ella está en una caminata perdida por el monte, yo no tengo que preocuparme, llamarla, sucumbir a la ansiedad que se acumula en la garganta cuando de pronto estás segura de que ha pasado algo y no tienes razones para creerlo pero. Es extraño, porque en el sueño, efectivamente, Irene se va de caminata y yo me quedo en casa tranquila comiendo pipas, y aun así tenemos ese hilo que me transmite esa certeza absoluta, ese conocimiento absoluto de unos pasos de los que solo quiero saber que sí, que todo bien, nada más. Otras noches, de pequeña, he soñado que se hacía la hora a la que mi madre llegaba de trabajar y no llegaba: todo normal y de pronto una perturbación que no se entiende. Lo he soñado y lo he sentido, claro: siempre me repite mi madre que, cuando tenía yo como siete años, se fue ella a tender a la azotea sin decirme nada, porque solo era un segundo, y cuando volvió me encontró llorando botada en el piso armando un drama que da miedo. Desde entonces, mi madre, aunque salga solo a regar las plantas, me avisa.

Nada une los cuerpos, no hay una gelatina común. Que alguien esté lejos significa muchas cosas. Y por eso, tal vez, reconforta tanto la tecnología: la ilusión de que no se te pueda perder aquello, la de poder charlar en cualquier momento con tu amiga que está en Lanzarote. Las llamadas de teléfono, esa magia que te lleva la voz de alguien, teniendo en cuenta que la voz es una parte del cuerpo, a cualquier sitio en el que tú estés. Los mensajitos, una especie de caja en la que puedes guardar a todas las personas a las que quieres para llevártelas en el bolsillo cuando te estás dando un paseo. Instagram, visitar la cabeza, los ojos, de personas a las que vas a poder ir ubicando según lo que compartas, sabiendo, en cada bolita rosa (o mejor si es verde), que están bien. A veces, sueño que no tenemos nada de esto, que solo nos llega lo que tenemos enfrente, que tenemos que perdernos la pista sí o sí, que no podemos seguir intimando con quienes se marchan, que no se puede responder a un ¿y si? ansioso con un piii piii piii ¿dime, niña? y me aterro pensando que así fue durante mucho tiempo y así es en muchos lugares hoy.

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