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Opinión | Isla martinica

Adiós a la verdad

El silencio ordena el alma y protege de la imprudencia

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz.

José Luis Rodríguez Zapatero, tras un mitin el pasado mes de mayo en Cádiz. / Nacho Frade / Europa Press

Es una auténtica pena que Zapatero no haya seguido el consejo de Alain Corbin, aquel que proclamaba que «el silencio, muchas veces, es la palabra» porque, de haberlo hecho, no habría caído en un espantoso ridículo en la televisión de todos. Como si se hubiera tocado a rebato entre los progres de medio mundo, se anunció la presencia del expresidente en la Primera, y además a una hora privilegiada de la mañana. Era como volver a escuchar «Habla, pueblo, habla», pero modificada por la cantinela de «Habla, Zapatero, habla», recordando a la vieja canción de los prolegómenos de la Transición, cuando el grupo musical Vino tinto llamaba a participar en el referéndum convocado por el añorado Adolfo Suárez en 1976.

El silencio ordena el alma y protege de la imprudencia, pero Zapatero desoyó tanto a la primera como, sobre todo, a la segunda, lanzándose al ruedo mediático con el fin de mitigar las serias acusaciones vertidas por el que fuera su testaferro en las mil y una actividades registradas en las agendas del expresidente, exhaustivamente analizadas por la UDEF. El día anterior a la entrevista, el famoso Julito había hablado largo y tendido con su señoría, el juez Calama, que instruye el caso de la supuesta organización criminal al mando de la cual estaría, precisamente, el que fuera dirigente socialista, dejando en muy mal lugar tanto al señalado como a sus hijas, a las que poco menos que exponía al escarnio público por recibir ingentes cantidades de dinero «por no hacer nada». En definitiva, por el bien de la familia de sangre y la otra, la ideológica, salió el expresidente a dar unas explicaciones que, desde un principio, sonaban a hueco.

En realidad, no aportó nada nuevo a lo ya conocido y sustanciado en el sumario del proceso judicial. Como siempre, lo que se suponía iba a ser la pieza clave que desmontaría los indicios incriminatorios que pesaban sobre su actuación en el rescate de la aerolínea Plus Ultra, se convirtió en una madeja de negaciones, burlándose de la inteligencia de los espectadores que escuchaban incrédulos el cansino monólogo del leonés. La continua exhibición de la negativa a cualquier duda que se le presentara, por razonable que fuese, en cierto modo, recordaba al niño travieso pillado in fraganti que repite un «no» por gusto o por resentimiento, puesto que el dedo que le acusa es tan grande como el sol que nos calienta.

Así, pues, el Zapatero de las peores veladas fue el que tomó el timón de la declaración televisiva, el mismo que, conforme al veredicto de Gianni Vattimo, dijo «adiós a la verdad». Fue sublime el momento en el que el presentador, Javier Ruiz, le preguntó sobre el juego de joyas encontrado en su despacho de Ferraz, valorado en torno al millón y pico de euros y del que hasta ese instante jamás había ofrecido información. Respondió que había sido un «regalo de cortesía» sin aportar el dato exacto de quién le había hecho semejante deferencia ni aclarar el por qué no declaró a las autoridades tributarias el lujoso ajuar recibido. El clímax llegó con la oportuna repregunta, totalmente inesperada para un Zapatero sorprendido en su ingenuidad, al poner al expresidente frente al código ético que lleva su nombre. Enseguida salió al paso para resolver la cuestión, alegando que las directrices del manual de buenas prácticas, elaborado al llegar al poder, son «interpretables», especialmente, cuando afectan al rechazo de las prebendas o regalos. Confieso sin ambages que fue maravilloso, filosóficamente maravilloso, oír de la boca de Zapatero la negación existencial del otro Zapatero, como si de una singularidad metafísica se tratara.

¡Basta ya! Sólo hay una verdad, por mucho que el malogrado Vattimo se esforzara en su «disolución» (Addio alla verità, 2009), y el expresidente de España deshonra su condición al pretender reírse de los ciudadanos.

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