Opinión | RETIRO LO ESCRITO
Un objetivo de salud pública
Acabar con el tabaquismo es un objetivo de salud pública y bienestar social

Archivo - Una persona fuma en una terraza, a 12 de septiembre de 2025, en Madrid (España). / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo
Andan ligeramente angustiados los dueños de bares y restaurantes preocupados porque la nueva ley antitabaco prohibirá que se fume en las terrazas. La alarma es excesiva. No se me alcanzan las razones que les llevan a suponer que van a perder más de un tercio de la clientela. ¿De veras alguien imagina que los fumadores renunciarán a almorzar o a tomar copas y se quedarán en sus casas encabronados o se detendrán en la mediana de las autopistas para fumarse media caja? Los fumadores pasarán por el aro, sobre todo, cuando caigan algunas multas. Habrá discusión, debates, broncas, denuncias, detenciones. Se intentará justificar el consumo de tabaco acudiendo a todas las majaderías disponibles. Cuando se aprobó la primera ley para limitar esta porquería, un periodista recordó quejumbrosamente que Jean-Paul Sartre fumaba ininterrumpidamente boyards —una marca francesa de tabaco negro muy fuerte— mientras escribía sus artículos y comedias en el café de Flore. El periodista aseguró que sin tabaco Sartre no hubiera escrito A puerta cerrada a modo de prueba del fumeque como estímulo creativo. Se me antoja una hipótesis muy discutible. En cambio lo seguro es que fumar cuatro cajas diarias, beber un litro de café mañana, tarde y noche y consumir coridrina como un poseso lo convirtió en un guiñapo físico, lo dejó casi ciego y lo mató antes de cumplir 75 años. En cuanto al periodista falleció hace ya lustros. Cáncer de pulmón.
Como casi soy un anciano recuerdo que en las redacciones de periódicos de finales de los años ochenta fumaba todo el mundo con un frenesí demencial. Uno entraba y desde la puerta ya podía divisar una neblina maloliente que te pasaba perfectamente desapercibida, porque lo primero que hacías al sentarte frente a la máquina de escribir o el ordenador era encender un pitillo. La vida era inimaginable sin tabaco. Todos llevábamos un cigarrillo en la mano como un alabardero lleva su lanza. Gracias al pitillo parecías pertenecer al mundo. Entonces creíamos que era un placer. Un placer perfecto, como señaló Oscar Wilde: «El cigarrillo es un placer perfecto. Es exquisito y te deja insatisfecho. No se puede pedir más». La primera vez que algunas compañeras propusieron prohibir fumar en la redacción se produjo un motín. Pero terminaron ganando. Ya ha pasado el suficiente tiempo para detectar lo estúpido que termina siendo la romantización del tabaco. Yo la practiqué durante muchos años. Ese embellecimiento de una adicción disfruta de varias vertientes, y las humildes son las más engañosas. El tabaco facilita las relaciones, estimula la cercanía y la complicidad, fomenta una atmósfera de relajación y camaradería. En sí mismo, incluso, el tabaco es un compañero. Sir Walter Raleigh dio a conocer al tabaco que trajo desde América en la corte de la reina Isabel I. Ya se sabe que por su mala cabeza estuvo preso muchos meses en la Torre de Londres y se consolaba con el tabaco que le pasaban para llenar su pipa. Finalmente hizo imprimir en su bolsita de hojas de hierba santa trituradas una inscripción: «Comes meus fuit in illo miserrrimo tempore» («Fue mi compañero en los momentos más miserables»).
Otra fantasía para justificar el uso del tabaco es que se basa en su supuesto valor práctico. Todavía se escucha, pero menos. La representa mejor que nadie un escritor excepcional, Josep Pla, que fumaba (liándose sus propios cigarrillos) mientras escribía para «encontrar los adjetivos». Para Pla el ritmo de la prosa, como la adjetivación exacta, se vinculaba al ritmo del fumar y al rumor meditativo del cigarrillo al arder. Es una absoluta chifladura. Juan Ramón Ribeyro sostenía, incluso, que no se puede escribir sin fumar. ¿Qué pensaría Sófocles o Dante o Cervantes? Fumar para esperar, para olvidar, para recordar, para dormir, para permanecer en vela, para evitar la desesperación, para desesperarse al fin. No. Fumar no sirve para nada, salvo para seguir fumando y abonar molestias, padecimientos, enfermedades y a menudo una muerte horrible. Acabar con el tabaquismo es un objetivo de salud pública y bienestar social. Sin excepciones ni reserva.
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