Opinión | Lágrimas en la lluvia
Mar adentro

Canarias cierra enero con seis fallecidos por ahogamientos / LP/DLP
Con horror y tristeza asistimos todas las semanas (en Canarias, la estadística de la última década indica seis muertes al mes) a ahogamientos en nuestras aguas. El último es el de una niña con toda una vida por vivir, arrastrada mar adentro por una traicionera corriente de retorno. Aquel lugar donde nos sentimos libres y al que asociamos con multitud de momentos y recuerdos felices se cobra la vida de tanta gente en esta tierra, que urge hacer una reflexión seria sobre si es posible reducir notablemente este número de tragedias.
Cierto es que somos un archipiélago oceánico, y que como destino turístico recibimos a millones de personas cada año, de las cuales un número no desdeñable vive lejos del mar y por ende del conocimiento de sus peligros. Pero también podemos desgranar esa estadística y ver que no solo se compone de extranjeros incautos (sobre lo cual además conviene revisar si nuestras campañas de información y prevención están a la altura, precisamente, de ese desafío de recibir a tanta gente que viene a disfrutar de nuestras playas). Tampoco de infortunios o despistes. Muchos niños y niñas de familias sin capacidad de invertir en actividades deportivas no aprenden a nadar bien a edad temprana, aún siendo precisamente ciudadanos de una tierra marítima. El conocimiento del mar, tanto de su belleza como de sus peligros, se ha ido perdiendo como algo cada vez menos transmisible hacia las nuevas generaciones, tanto en la escuela como en el resto de las esferas públicas.
Sobre esta pena infinita llevamos años dando vueltas en círculos con números evitables. Teniendo piscinas públicas en casi cada municipio interior y un gran número de playas donde practicar, debería ser un derecho garantizado el aprender a nadar bien y conocer el mar. Lo mismo ocurre en torno a la dotación de medios (es imprescindible leer el análisis de la propia Cruz Roja en torno al caso ocurrido recientemente en La Laja), la señalética, el limitado impacto del aviso por fenómenos adversos en la costa o en general, la inversión y eficacia en la prevención de estos accidentes. Todo esto no traerá una seguridad absoluta y habrá otros factores que estarán siempre ahí, pero se trata de al menos hacer descender de manera continuada estas cifras.
Irónicamente, el mismo día que leo sobre esta tragedia, ciento cuarenta y cuatro personas mueren en aguas mauritanas intentando llegar a Canarias tras más de veinte días a la deriva. Mar adentro, nuestro océano se traga también cada semana a mucha gente que solo tiene el derecho de ser otra estadística trágica.
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