Opinión | A pie de página
Bartolomé Domínguez del Río Boada
Los apellidos que se fueron

Apellidos más comunes en España / La Provincia
Los documentos antiguos contienen historias dormidas, que aguardan a que alguien tenga la paciencia de despertarlas. Así me ocurrió una tarde, cuando en el archivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria me topé con El primer libro de Toma de Razón de la Contaduría de Cargo y Data de la Tesorería, fechado en el inicio de 1777. El grueso de su contenido lo formaban páginas con listas de nombres y apellidos vinculados a cantidades expresadas en reales de vellón de Castilla. Mientras lo ojeaba entretenido vislumbré una población de la isla que se me antojaba distinta, que hoy solo existe en los papeles.
Pensé que el devenir de la humanidad va dejando sus volutas en los lugares donde se reflejan sus actos. La Económica del aquel siglo representaba el progreso, el pensamiento de futuro que alimentaba el poder de la sociedad. Se fundó en esos años con la encomienda de promover la instrucción para el desarrollo, aplicándose a su labor con método, lo que quedó reflejado en su archivo con exquisito rigor y nitidez.
La caligrafía —apretada, un tanto temblorosa, que juntaba las palabras sin levantar la pluma, convertía la lectura en una difícil tarea— enumeraba más de ochenta y cuatro apellidos: entre los León, los Russell y los Díaz de Vergara, estaban los Vignony, los Ameyo, los Pento, los Ponce de Mangas, los Ysequilla, los Arboníes … Estos nombres familiares que en el siglo XVIII designaban a labradores, artesanos y jornaleros residentes en la isla, despertaron mi curiosidad por lo que decidí cotejarlos con los registros civiles actuales. El resultado tuvo algo de epitafio; al menos cuarenta de aquellos apellidos habían desaparecido por completo de Gran Canaria. No se trataba de errores de transcripción ni de variantes ortográficas: eran linajes cortados, ramas que se habían secado en algún punto entre ese siglo y el presente.
Al igual que hacen los cronistas seguí tirando del hilo. Busqué el apellido Arboníes en bases de datos genealógicas internacionales y encontré una familia en Bahía Blanca (Argentina) descendiente de un tal Juan Agustín Arboníes que había emigrado en 1879, huyendo del hambre de una tierra que se vaciaba. Continué después con Ysequilla —sin rastro aparente por Gran Canaria desde hacía más de noventa años— y di con una pastelería de Montevideo que exhibía ese nombre en su rótulo desde 1952.
Durante meses fui tejiendo un mapa que unía, apellido por apellido, aquel legajo con rincones dispersos por el mundo: La Habana, Ciudad de México, San Juan, e incluso una granja de Australia donde una descendiente de los Domenichini se dedicaba a la cría de ovejas. Todos los apellidos continuaban existiendo.
Los que colaboraron, trabajaron o pertenecieron a la RSEAP en sus principios —o sus parientes— habían guardado estos apellidos. Algunos de quienes los conservan hoy sabrán de dónde proceden; otros, en cambio, ni imaginan que sus antepasados recorrieron esta costa, cultivaron esta tierra y contemplaron estos mismos paisajes juntos.
Simplemente, son apellidos que reposan ahora aquí y caminan en otras latitudes, cambiando de idioma, de acento y de cielo.
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