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Opinión | El lápiz de la luna

Sin título

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Sin título / La Provincia

Siempre pensé que con la palabra escrita podía nombrarlo todo. Cuando la vida, la pena o la alegría se me hacía bola en la garganta, escribir solía ser una ventana abierta, una bomba de oxígeno. Pero, hay veces que ni las yemas de los dedos consiguen hacerse un hueco en el teclado para escribir sobre algunas cosas. Anoche recibí un vídeo que aún estoy intentando digerir. Quizá ustedes, cuando me lean, ya lo hayan visto y, puede que incluso, les resulte lejana la noticia. Porque eso es lo que sucede en estos tiempos: todo es fugaz, tanto lo bueno como lo malo. También lo peor. En el vídeo se ve a cuatro niñas pegándole a una quinta chiquilla. Rondarán aproximadamente los doce años y es verdaderamente inquietante. Lloré. Lloré mucho al visualizarlo y aún se me saltan las lágrimas mientras redacto este texto. No sé si esto es un artículo, un desahogo o un grito de auxilio. Lo inquietante de las imágenes no es solo la violencia física, que nadie pone en duda que es una animalada. Sino lo que se escucha detrás. Una niña increpa y golpea a la menor y otra de la pandilla le hace los siguientes comentarios a la maltratadora: «Tía, estoy muy orgullosa de ti». «¿A que te sientes a gustito, ¿eh?». «Lucía, ¿es tu primera pelea?». ¿Qué se le pasa a una niña de doce años por la cabeza para decirle a su amiga que se enorgullece de verla maltratar a otra? ¿Qué educación está recibiendo esa menor en su casa para que sienta placer al maltratar a otra persona? ¿Qué clase de sociedad estamos creando en la que iniciarte en la violencia es casi una forma de liderazgo? También se escucha a esta misma niña decirles a las otras que aguarden, que todas tendrán su minuto de gloria para golpear a la víctima como si fuera una bolsa de basura. Ninguna de las que estaban allí, tampoco quien grababa, sintió una punzada de culpa, de miedo, de remordimiento, de compasión hacia la niña que estaba sufriendo esa humillación. Yo no puedo dejar de empatizar con el miedo, con la vergüenza, con la impotencia, con la incredulidad que tenía que estar viviendo esa pequeña. Y me pegunto: ¿Y ahora qué va a pasar con esto? ¿Va a quedar como un hecho aislado? ¿Una denuncia? ¿Un juicio? ¿Asistencia psicológica para la víctima? ¿Y las abusadoras? ¿Qué pasará con ellas? Porque si son capaces de perpetrar semejante agresión (les aseguro que las imágenes son espeluznantes), de grabarla y, además, de compartirla, ¿a qué más se atreverán? A todo esto, que no es poco, se le suman los audios de la madre de una de las agresoras, encabritada, amenazando a la cuenta de Instagram que denunció la paliza con intimidaciones del tipo: «Voy a coger un abogado que te va a reventar». No sé, si tu hija sale en un vídeo de semejantes características, lo mínimo que puede hacer esa madre es revisarse y revisar qué mierda de educación le está dando a su hija. Sin embargo, no siempre podemos decir que los hijos son el resultado de lo que ven en casa o de cómo los educan sus padres. Cuando nuestros hijos salen por la puerta llevan una mochila con los valores y principios (buenos o malos) con los que han crecido y, no nos olvidemos, con los suyos propios. Sumado a la necesidad de encajar, de sentirse aceptado y de recrear lo que ven en las redes que los lleva, muchas veces, a posicionarse en el bando equivocado. ¿Esas cuatro niñas son malas o lo justificamos con lo que están viendo (viviendo) en casa? ¿Ese argumento no sería una forma de eximirlas de su responsabilidad? ¿No será todo esto que está pasando el reflejo de cómo estamos sobreprotegiendo a los niños hasta de sí mismos? ¿De su maldad? ¿No sería necesario confrontarlos con sus acciones? No sé en qué quedará todo esto. Lo que sí creo saber es la herida que ha dejado en la niña que sufrió las agresiones y cómo le repercutirá en el futuro. Solo espero que se haga justicia, signifique lo que signifique esa palabra.

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