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Opinión

Fuera de juego

Reconocer a nuestros deportistas está bien. Convertirlos en referentes absolutos mientras olvidamos a quienes sostienen la sociedad, quizá no tanto

Aficionados de la selección española durante la celebración del partido entre España y Argentina, en el Movistar Arena, a 19 de julio de 2026, en Madrid (España). El partido enfrenta a las selecciones de España y Argentina en la final de la Copa del Mundo de fútbol 2026 para ver quién se hace con el trofeo. El combinado español enfrenta la segunda final de su historia, mientras que los argentinos repiten este año tras disputar la final del Mundial de Qatar 2022, del que salieron campeones. Carlos Luján / Europa Press 20/07/2026

Aficionados de la selección española durante la celebración del partido entre España y Argentina, en el Movistar Arena, a 19 de julio de 2026, en Madrid (España). El partido enfrenta a las selecciones de España y Argentina en la final de la Copa del Mundo de fútbol 2026 para ver quién se hace con el trofeo. El combinado español enfrenta la segunda final de su historia, mientras que los argentinos repiten este año tras disputar la final del Mundial de Qatar 2022, del que salieron campeones. Carlos Luján / Europa Press 20/07/2026

Todos sabemos qué peso tiene el universo futbolístico en la sociedad. El fútbol es mucho más que un deporte. Es un fenómeno social único capaz de fundir generaciones, borrar a golpe de balón fronteras y despertar emociones difíciles de encontrar en cualquier otro ámbito. Como escribió Eduardo Galeano en 'El fútbol a sol y sombra', este deporte es una mezcla de arte, pasión, identidad y memoria colectiva.

Precisamente por esa enorme influencia popular, conviene no perder la perspectiva. Admirar a quienes triunfan sobre el césped y rendirles pleitesía es desmedido sino reconocemos que existen otros héroes, cuyo esfuerzo tiene un impacto aún mayor en la vida de todos. Claro que el deporte rey nos enamora, nos cautiva y nos engancha a muchos, pero sin eclipsar la realidad. Celebrar un gol es maravilloso; olvidar a quienes, desde el anonimato, sostienen la sociedad cada día sería confundir el espectáculo con lo verdaderamente esencial. Bienvenidos los homenajes a los jugadores de la selección española. Han conseguido algo extraordinario y es justo reconocer su esfuerzo y el orgullo que generan.

Pero, al mismo tiempo, deberíamos preguntarnos a quiénes homenajeamos como esenciales para un país. Hay personas que, sin focos, sin estadios llenos y sin portadas, libran cada día una final mucho más trascendente. Los sanitarios que salvan vidas, docentes que forjan el futuro, bomberos que lo arriesgan todo por los demás, cajeros del súper que sostienen un servicio esencial, o qué decir de tantas madres, padres y abuelos que hacen auténticos malabares para sacar adelante a sus familias.

Para todos ellos no hay prórrogas ni penaltis. Su compromiso, su responsabilidad y su entrega se ponen a prueba cada día, y de su trabajo depende el bienestar de un todo. Reconocer a nuestros deportistas está bien. Convertirlos en referentes absolutos mientras olvidamos a quienes sostienen la sociedad, quizá no tanto. Y cuando incluso se plantea poner una calle con el nombre de un jugador en pleno auge de su carrera, da la sensación de que estamos, como mínimo, en fuera de juego.

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