Opinión | Un carrusel vacío
Marina casado
La bebida del verano

La bebida del verano / Ana Rojas
El verano siempre se asocia con un mayor consumo de bebidas, alcohólicas y no alcohólicas. Las vacaciones, el aumento de la vida social y de los ratos de ocio, el tiempo libre… Regresan los mojitos, las piñas coladas y las caipiriñas; se multiplican las cervezas «muy frías». Luego depende de cada persona, claro. El mundo de las bebidas es, más bien, todo un universo, y a la gente también se la conoce por aquello que bebe.
Dentro de las bebidas destiladas, el ron tiene ese toque popular, fiestero, campechano; mezclado con cocacola, es, junto con el vino de garrafón, el rey de los botellones. Todo el mundo conoce el Ron Negrita. Una vez, hace bastantes años, salí con unos amigos por la playa y vi cómo uno de ellos se metía en el cuerpo una botella entera de esa marca, sin acompañamiento. Le costó menos de media hora acabarla y después no le dio un coma etílico, pero sería curioso conocer el estado actual de su hígado.
Al hablar de rones, tengo que mencionar el Malibú, ese ron blanco con sabor a coco que, combinado con zumo de piña, se convirtió en la bebida comodín para aquellos que íbamos a una discoteca y, a pesar de que no estábamos acostumbrados a beber alcohol, nos animábamos para no «cortar el rollo» a los demás: pura y dura presión social, pero a los veinte años siempre somos un poco influenciables. La combinación resultaba muy dulce y casi se te olvidaba que estabas bebiendo alcohol.
La ginebra, por su parte, ha logrado ese aire de exclusividad, de afterworks y pijos repeinados de «tardeo». La moda ha hecho que, en unos años, el mercado se haya multiplicado: de la clásica Larios que bebían mis padres con cocacola, hemos pasado a un amplísimo y creciente catálogo de ginebras de todo tipo: secas, de malta, dulces, saborizadas… Ginebra con aroma de regaliz, de menta, de arándanos… Combinadas con tónica –cada vez de más variedad–, dan lugar a los gintonics, que ya apenas se sirven en vasos de tubo, como en los ochenta y noventa. Ahora nos ponen gigantescas copas de balón con frutos rojos, cardamomo, regalices y muchas cosas más. La copa se convierte en una especie de País de las Maravillas en el que solo faltan el Pájaro Dodo y el Conejo Blanco. No descarto que ya existan en algún exclusivísimo local.
He de confesar que a mí me ha captado de lleno el mercado de las ginebras de sabores, del estilo de Puerto de Indias y similares. El truco está en mezclarlas con Sprite, en vez de con tónica, para obtener un magnífico resultado en el que tienes la sensación de estar bebiendo gominolas líquidas. Sí: quienes vivimos un pasado de Malibú con piña tendemos, de manera inevitable, a las ginebras de colores. En el fondo, creo que el sabor del alcohol no nos seduce. Pero tampoco me ha dado por la ginebra «sin», que me parece un invento absurdo, en cierto modo, porque, para eso, te tomas una tónica simple y por menos dinero.
Otra bebida alcohólica con aire de exclusividad, pero un toque más original e indie, es el Aperol Spritz, cuya moda comenzó en Italia y se ha extendido por España en unos pocos años, sustituyendo en algunos casos al típico vermú del aperitivo. Su color naranja intenso, con burbujitas, lo vuelve una bebida ideal para el postureo y el «instagrameo». Además, no es excesivamente amarga. La versión sin alcohol sería el Bitter, que ha pasado de ser un refresco de abuelas a convertirse en la opción «sana» de todo buen seguidor de Alcalá Norte.
Pero, más allá de modas pasajeras, no cabe duda en afirmar que la bebida estrella ha sido y será la cerveza. El popular «ir de cañas», que representa un comodín para cualquier tipo de situación o evento social. Las preferencias de marca –con la vieja polémica entre los seguidores y los detractores de la Cruzcampo, por ejemplo– o de variedad –rubia, tostada, sin filtrar, de trigo, IPA…– quedan en un segundo lugar, porque la cerveza le agrada a casi todo el mundo. Y no podemos olvidar las claras o las claras con limón, que son la opción favorita para aquellos que siguen siendo escépticos al exceso de amargor o para quienes se sienten más sanos ingiriendo un poquito menos de alcohol, pero rechazan las «0,0».
A mí no siempre me gustó la cerveza. Hace mucho, después de varias noches saliendo por la playa con esos amigos tan aficionados al Ron Negrita, descubrí que no estaba tan mal, y ahora disfruto de ella, sobre todo en verano. No obstante, si pudiera hablar con mi yo del pasado, le aconsejaría que no hiciese caso a nadie; que pidiera una horchata y entrase en una discoteca como la reina de la fiesta. Porque –y en eso nadie puede llevarme la contraria– la horchata es la bebida del verano. n
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