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Opinión | Isla martinica

Tunick, escribir un manifiesto con una cámara

La obra de  Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes

La obra de Spencer Tunick en Las Palmas de Gran Canaria, en imágenes / José Pérez Curbelo

Nadie pondrá en duda que Charles Bukowski (1920-1994) fue un transgresor incomprendido, un vanguardista para su época y condición, amén de un “enfermo de la escritura”, como así lo reconoció en infinidad de ocasiones, pero, sobre todo, en la correspondencia que mantuvo a lo largo de su atormentada vida. Jamás se dio a la autocomplacencia y menos aún a lo que los otros esperaban de él y, por eso, sorprendía a la vez que cautivaba. Desde muy corta edad, repetía que tenía un “don especial” para irritar a los defensores de las normas, ya fueran las sociales, ya fueran las gramaticales. De ahí que, si buscásemos una figura que representara la rebeldía y la inocencia del Arte, Bukowski estaría en lo más alto de la lista. Fue él el que sentenció, en una de las cartas que dirigió a su amigo Jon Webb, en septiembre de 1962, que “el Arte es Arte y los nombres son secundarios” (On writing, 2015, ed. castellana de Anagrama). Reclamaba que el Arte - en mayúscula, como le gustaba al autor de los Escritos de un viejo indecente- es el Arte, al margen de cualquier componenda política o económica.

Hace bien poco, se presentó en Las Palmas de Gran Canaria el fotógrafo Spencer Tunick con la intención de realizar alguna performance con la que provocar la reflexión o, simplemente, llamar la atención del público. Desde un principio, conforme se supo que venía el “artista” a la ciudad, se movilizaron las fuerzas del mundillo de la vanguardia cultural de la Isla para ofrecer al visitante la mejor acogida. Pronunciar sólo el nombre del fotógrafo estadounidense concedía un halo singular al propio sujeto y a lo que fuera a hacer en la capital. Explícitamente negando a Bukowski, importaba más el nombre que la obra. En efecto, Tunick quería escribir un manifiesto con la cámara, valiéndose de los cuerpos desnudos de cientos de voluntarios entregados a la causa, al margen de la calidad artística del producto final.

Es el eterno dilema del arte contemporáneo, uno que plantea si el mensaje de la obra debe estar por encima de ella o, por el contrario, ésta ha de ser válida por sí misma. En otros términos, sumisión o autonomía frente al espectador. Personalmente, me decanto por la segunda opción, la que menos espacio deja a la impostura y el mercantilismo. Toda creación artística está inacabada hasta que el espectador la vea con sus propios ojos. Eso lo habían interiorizado tanto Klossowski de Rola (Balthus) como Jackson Pollock, pero, y es sólo un ejemplo, el “mundo mercantil” de Damien Hirst o Jeff Koons está muy alejado de esta realidad. Ambos prefiguran la mirada, la conducen hacia un determinado punto y convierten el Arte en Mercado. Es la misma estrategia empleada, por ejemplo, por el italiano Oliveiro Toscani en las campañas publicitarias de Benetton. Sin embargo, el fotógrafo de la compañía de ropa infantil jamás engañó a nadie porque sabía que lo suyo era publicidad con un fin: captar al futuro comprador con un mensaje chocante y provocativo. Tunick, por su parte, vende Arte cuando, en realidad, es publicidad encubierta, puro marketing al servicio del mensaje progresista. Nadie sentirá sorpresa al ver sus fotos, nadie contemplará otra narrativa que la de un activista en lucha. Y, para eso, mejor escribir un panfleto o un manifiesto político. La pregunta sobre qué es el Arte, el americano la resuelve con una mediación ideológica. Además, situar la performance frente a las puertas de la Catedral de Santa Ana anticipa el mensaje, invalidando incluso la mirada del espectador puesto que lo que prima es el “artista” antes que la obra realizada.

En las clases de Estética, mis chicos aprendían y disfrutaban con el Arte. Se quedaban prendados de la sensibilidad de las esculturas de Bernini, de la perfección de Miguel Ángel, pero también de la complejidad de Pollock, por el que sentían predilección -era algo “mágico” para ellos-, y la fascinante combinación de obscenidad e inocencia de Balthus, que los dejaba literalmente pegados al proyector. Como les repetía hasta la saciedad, en los detalles está el Artista. Me temo que cualquiera de ellos daría por buenas las palabras finales de Bukowski: “tenemos el otro tipo, igual de repugnante, que finge ser Artista, pero no sabe nada de Arte”.

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