Opinión | Risas y fiestas
Amaré cosas pequeñas

Amaré cosas pequeñas / La Provincia
Desamor y te pones a escuchar A Burning Hill de Mitski, una canción que tiene, para mí, dos citas perfectas. La primera, que traduzco aquí cutremente (en un homenaje horrible a las traducciones chungas de canciones en inglés en internet que han sido, para muchas personas durante mucho tiempo, un tipo muy concreto de poesía), dice algo como: «Y yo soy el fuego y yo soy el bosque/Y yo soy un testigo contemplando el incendio». Y la segunda: «Y amaré cosas más pequeñas. Y amaré las cosas más pequeñas». La primera, creo, es una descripción preciosísima de cierto sufrimiento que sufres sufriendo por sufrirlo y a la vez no puedes dejar de sufrirlo porque lo sufres. La segunda es un mantra que a veces en ese desamor fueguil corteza te pican las ronchas de haberte intentado apagar necesitas repetirte con los párpados muy apretados: tengo que renunciar a lo que ahora me parece milagroso y confiar en que podré entregarme a lo que ahora no me parece tan milagroso pero tal vez si lo intento, y tal vez si paso el duelo de estas visiones celestiales que no son, debo entenderlo, para mí.
Desamor y la escuchas y te condenas y te revuelves en la cama y te tiras del pelo, pero se te va pasando como una gripe cuyo moco se despega poco a poco y esas cosas pequeñas empiezan a ser deseables. De hecho, quizá descubres que sí. Que anhelos grandes pueden volver la vista borrosa y si no tengo esto me muero y sin embargo no te mueres y tienes, tienes, tienes. Creo que vivimos, en ocasiones, con la boca tan abierta que nos desvara los cachetes al completo, intentando que el crecer, el experimentar, sea siempre el rozar lo nuevo, desgastarse un fisco las yemas de los dedos con la aspereza de lo nuevo que anuda todas las tripas y deja sin respiración y nos promete todo lo desconocido y su posibilidad de transformarnos. De que la vida anterior no sea una vida verdadera, que se revele esa verdad sobre la verdadera verdad, que se destape que era un simulacro y llegará algún día algo que nos encaje exactamente con esa desconchación de las comisuras, con esas llagas imbetadinables, algo que nos sacie el no querer existir en una existencia en la que no lleguemos a todo y en la que lo que nos atraviesa no vaya a más.
El tiempo me angustia. La finitud. Saber que todo morirá. Yo moriré, así que este segundo que paso escribiendo entra en la cuenta de los segundos que habré pasado escribiendo cuando pase lo que tú y yo sabemos: es una cuenta que puedo agrandar con mi libre albedrío, mira un minuto más de lo que pensaba pasarme es un minuto ganado a la trampa de la mortalidad y sin embargo a la vez ya es la cuenta real. Esto es un lío tremendo, pero me refiero a que siento de vez en cuando que lo que no hago ya no lo haré, que debo apresurarme por conocer y por vivir miles millones de cosas que es que si no las vivo ya luego me voy a quedar sin ellas y la cosa, ¿no?, es intentar tocar lo más que se pueda. Mancharse las manos de todos los pringues posibles. Y no sé. Quizá mis pequeñas cositas. Quizá lo que dice Mitski. Quizá no es solo un consuelo tonto por no poder acceder a ciertas fiestas de brillos pupilosos a tope como la boca pum. Quizá es de verdad algo valioso para el día a día, para las personas que somos incendio que somos árbol que somos testigo. Un poema de Luna Miguel que me acompañó mucho en los primeros años de la veintena dice: «No quiero nombrar todas las cosas, tan solo amar a cuantas se me antojen». ¿Y si no es nombrar todas las cosas, y si es amar las que nos encontremos, las que alcancen a encontrarnos?
¿Y si todo es tan casual como un pelito de otre caído en el cuenco de tus manos después de volar en espirales por todo el cuarto? ¿Y si vivir de nuevo significaría ser otras, porque somos lo que hemos podido ser? ¿Y si eres lo que has podido ser y profundizas en ello como en un milagro y aceptas que o leer un libro nuevo o releer por quinta vez el libro que te llegó una tarde de casualidad por la cara y se volvió diente tuyo amarillito ya mira el sarrito lámelo muy fuerte traga? ¿Y si precisamente no hay desamores, y es más fácil dejar ir, sino amores que sí están y es la presencia lo importante, lo abres cofre encuentras oro? ¿Y si es mejor observar nuestro fuego que pedir por favor no habernos quemado jamás? ¿Y si, claro claro, nos vamos algún día con una maletita de tesoros que podrían no estar, pero aquí los tenemos?
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