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Opinión

Pedro García

Pedro García

Periodista deportivo

El brazalete no se pide, se gana

La aspiración de Jesé Rodríguez a ser primer capitán reaviva el debate sobre cómo se elige al líder del vestuario, más allá del talento

Jesé Rodríguez.

Jesé Rodríguez. / LP/DLP

Hay decisiones que trascienden lo deportivo. Elegir al capitán de un equipo va mucho más allá de repartir un brazalete o establecer un orden protocolario antes de un partido. Es una de las primeras pruebas de madurez de un vestuario. Porque un capitán no se impone: se gana. No se nombra: se reconoce.

La reunión celebrada en la Ciudad Deportiva de Barranco Seco con motivo del inicio de la pretemporada de la UD Las Palmas ha reabierto un debate tan antiguo como el propio fútbol: ¿quién debe liderar un equipo? ¿El futbolista con más talento? ¿El más veterano? ¿El de mayor peso mediático? ¿O aquel al que sus compañeros siguen de forma natural, incluso cuando nadie se lo pide?

La salida de Jonathan Viera deja un vacío difícil de llenar. Durante años fue mucho más que el futbolista franquicia del club: representó un liderazgo con luces y sombras, fue la voz autorizada del vestuario, el referente para la afición y la imagen de la UD Las Palmas dentro y fuera del terreno de juego. Antes ocuparon ese lugar nombres como Tonono, Germán, Aparicio, Roque, Hernández, Paquito, David García, Aythami Artiles o incluso Juan Carlos Valerón. Sustituir un peso específico de esa magnitud nunca iba a ser una tarea sencilla.

Por eso resulta lógico que el vestuario haya señalado, en principio, a futbolistas como Kirian Rodríguez, Álex Suárez, Sandro Ramírez y Enzo Loiodice para asumir esa responsabilidad. Todos representan, desde perfiles diferentes, algunos de los valores que históricamente han definido al capitán de la UD Las Palmas: compromiso, continuidad, respeto y sentido de pertenencia. El capitán habla con el árbitro, sí, pero, sobre todo, sostiene al compañero cuando llegan los malos momentos, da la cara en las situaciones difíciles y entiende que el interés colectivo siempre está por encima del individual.

La polémica surgida en torno al deseo de Jesé Rodríguez —al considerar que la pasada temporada fue uno de los futbolistas que tiró del carro— de convertirse en el primer capitán abre un debate tan interesante como necesario. Aspirar a liderar un equipo es legítimo; la ambición nunca debería interpretarse como un defecto. Sin embargo, el liderazgo no nace de una petición, de un contrato ni de una decisión tomada desde un despacho. Nace de la confianza que inspira un futbolista, del respeto que despierta y del reconocimiento que construye cada día con sus actos.

En la UD Las Palmas esa figura siempre ha tenido un significado especial, estrechamente ligado a la historia y a la identidad del club. El liderazgo rara vez necesita ser reivindicado; son los propios compañeros quienes lo conceden de forma natural. El capitán debe ser el espejo del vestuario y el reflejo de una afición que se identifica con quienes defienden ese escudo.

Por eso el brazalete nunca debería convertirse en motivo de disputa. Cuando un futbolista siente la necesidad de reclamarlo, quizá el vestuario ya haya dado su respuesta. El brazalete puede señalar a un capitán, pero solo el grupo es capaz de convertirlo en un líder. La autoridad no se mide por llevar una cinta en el brazo, sino por la capacidad de representar, unir y proteger a un colectivo.

Ese es, precisamente, el mayor legado que deja Jonathan Viera. Más allá de sus cerca de 300 partidos con la camiseta amarilla y de todo lo que representó para la entidad, deja un vacío que ningún contrato puede garantizar ni ninguna decisión puede imponer. El próximo capitán de la UD Las Palmas llevará un brazalete en el brazo, pero, sobre todo, asumirá la responsabilidad de representar una forma de entender el club, una identidad que siempre ha estado por encima de cualquier nombre propio.

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