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Opinión | Isla martinica

La España de la desvergüenza

Pedro Sánchez, en su comparecencia del viernes en Ceuta.

Pedro Sánchez, en su comparecencia del viernes en Ceuta. / Borja Puig de la Bellacasa/Moncloa HANDOUT / EFE

Según Ernest Renan, filólogo e historiador de la religión de origen francés, una nación es un territorio y una identidad (o un «alma» colectiva), conforme al discurso pronunciado en 1882 y que hoy es un clásico de la filosofía política (Qu’est-ce qu’ une Nation?). El gobierno de Sánchez y, en general, la izquierda planetaria estaría únicamente de acuerdo con la segunda parte de la definición. Es de sobra conocido que el socialismo y sus diferentes variantes pretenden el borrado integral de los límites entre las comunidades humanas. De ahí que, por ejemplo, Zapatero apadrinara la famosa Alianza de Naciones en un discurso ya para el recuerdo en la Asamblea General de la ONU. Aunque ahora asfixiado por los problemas judiciales, ese fue, precisamente, su principal legado en el orden diplomático. Por otra parte, también se sabe que las decisiones que toman los líderes de la izquierda mundial son pasto de las contradicciones, porque llegan a afirmar, en según qué ambientes, lo contrario de lo que defienden en otros lugares sobre la misma realidad. Lo llaman «pensamiento vivo», aunque uno prefiere denominarlo descaro o, simplemente, rebajarlo a la pura desvergüenza.

En este día en el que escribo, 30 de julio, España ha vuelto a ser el hazmerreír del conjunto de las naciones civilizadas, puesto que se ha demostrado, por la vía de los hechos consumados, que es incapaz de asegurar sus fronteras del asalto de miles de inmigrantes a través de las aguas territoriales que separan el Reino de Marruecos de la ciudad de Ceuta. Ya había ocurrido en 2021 y se suponía que el ejecutivo de Sánchez había dispuesto las medidas necesarias para evitar su reproducción. Sin embargo, a la vista está que no ha sido así. El ridículo internacional no debe hacernos ignorar lo fundamental del problema al margen del ansia legítima de cientos de magrebíes por escapar de la pobreza y la tiranía.

El ordenamiento jurídico, con la Constitución Española a la cabeza, reconoce la inviolabilidad de los límites territoriales y, para ello, dota a las fuerzas armadas de los recursos imprescindibles para llevar la tarea a término. Pero, ¿qué ocurre cuando al frente del gobierno hay una voluntad decidida de eliminar las fronteras, cuando no se distingue entre los nacionales y los que vienen de fuera? Lo vimos hace un lustro, siendo protagonista la todavía Vicepresidenta y Ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, cuya principal preocupación en aquellos angustiosos días era el «estado físico y mental» de los inmigrantes que tomaron a las bravas la ciudad autónoma. En un país serio, cualquier dirigente, y especialmente los de más alto rango, harían suyo el mensaje de priorizar la suerte de los nacionales frente a los extranjeros, pero España hace tiempo que dejó de ser un país solemne y respetado por sus vecinos. A veces, resulta difícil entender a unos políticos que escupen a cada momento sobre la bandera que juraron representar.

Esta es la España de la desvergüenza, en la que, si portas el símbolo que nos identifica como país, te golpean sin que se haga nada al respecto. Recuerden lo sucedido en Bilbao, lugar en el que me encuentro, y algunas otras localidades de las Vascongadas y la cercana Navarra, con las brutales agresiones protagonizadas por los sicarios de la izquierda abertzale a los jóvenes –y no tan jóvenes- que sentían natural orgullo por la victoria de la Roja en el mundial de fútbol. Por otro lado, al pisar tierra, los magrebíes gritaban «Viva España», y así lo recogieron los medios de comunicación destinados a la plaza africana, mientras que, en el País Vasco o la comunidad foral, sin olvidar Cataluña, si alguien osa alzar la voz con semejante consigna de inmediato es abucheado o, tal vez algo peor e inexplicable, fuese el protagonista de una cruel somanta de palos por parte de los radicales de esa izquierda que reclama para sí la superioridad moral de los fascistas de viejo cuño. Podría seguir desgranando las contradicciones de un país que ve seriamente comprometida su identidad hasta llegar al infinito, aunque lo que más duele es comprobar que no pasa nada. Se ha normalizado faltar el respeto a una bandera y a las instituciones que la representan.

La izquierda tiene que aclararse con el proyecto de nación que desea, y no sólo porque lo diga Felipe González. Si no existe un plan para España, qué se puede esperar de cara al futuro. La encrucijada de Sánchez no es baladí y en ella estamos todos, nos guste o no.

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