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Opinión | Mirando despacio

Mentiras sin oxígeno

Pinocho de Guillermo del Toro

Pinocho de Guillermo del Toro

Carlo Collodi nos invita a viajar con Pinocho. Más de doscientas páginas de aventuras, travesuras y arrepentimientos. A través de la lectura del clásico original resulta imposible no conectar con ese personaje entrañable. Pinocho nos traslada a nuestra infancia y ante nuestros ojos vuelve la gran dicotomía entre aquello de hacer lo que se espera de nosotros o simplemente ser. Nuestro protagonista se presenta como un personaje inocente que necesita descubrir el mundo, desea divertirse y ser aceptado por sus iguales. No existe el mínimo atisbo de maldad en ese muñeco convertido en niño que palpita lealtad por su padre a lo largo de toda la obra. La ilusión y el asombro mueven sus pasos. Sin duda, dos sentimientos nobles, pero que, en ocasiones, lo llevan a meterse en líos. ¿Acaso todos no hemos sido un poco Pinocho?

Alucino cuando leo las versiones de bolsillo y aparece un Pinocho convertido en el rey de las mentiras. Le contamos a los niños un cuento con una moraleja que no retrata la verdad; una moraleja contaminada. Quizá ponemos el foco en el «defecto» y olvidamos nombrar esas virtudes propias de la infancia que se despliegan a lo largo de este maravilloso cuento.

Me voy a la RAE en busca de la mentira: «expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente». Según esta definición, Francisco de Quevedo no dudaría en dedicar su soneto de la nariz a unos cuantos millones de españolitos…

Antes de preguntarle a los clásicos, me dirijo a los ciudadanos de a pie. Me encantan las encuestas caseras. En este caso formulo una pregunta sencilla que deja sin respiración a más de uno: ¿Qué es una mentira? Algunos, después de tragar saliva, hablan de las mentiras piadosas, muchos coinciden en la idea de que todos mentimos a diario y la mayoría habla de infidelidades con nombres y apellidos.

Sin duda mentimos muchas veces al día; mentiras blancas para abrazar el dolor del otro: «estoy bien», «tienes buena cara», «seguro que algún día volverá»…Más graves son aquellas mentiras por ocultación de información, mentiras para conseguir un objetivo concreto, mentiras despiadadas para perjudicar a los demás y las más golosas; las mentiras compulsivas. Uff, resulta difícil no verse incluido en alguno de estos grupos. Sin embargo, rastreando las respuestas de los encuestados y la información obtenida de la IA, no encuentro datos que se relacionen con la gran mentira. Me refiero a esas capas de «no verdad» que nos van cubriendo a lo largo de los años y que nos convierten casi en una mentira andante. ¿Quiénes somos realmente? Bueno, mejor dejo esa cuestión para otro día…

«La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano» ( Friedrich Nietzsche).

Llega Nietzsche al artículo y nos exime de todas nuestras mentiras. Parece que quedamos todos absueltos. Pero… ¿cómo no vamos a engañar a los otros si vivimos envueltos en una mentira? Quizá debiera reformular la pregunta: ¿Por qué o para qué mentimos?

Mi whatsapp echa humo y no me atrevo a seguir con la investigación entre amigos y conocidos. Si sigo leyendo argumentos voy a terminar creyendo que la mentira es necesaria y deliciosamente bella. Alguien comenta que la mentira es un acto de creatividad y, en cierta manera, debo darle la razón. Sin imaginación no hay mentira, sin una gran memoria, tampoco.

Dostoievski, por su parte, busca la verdad en la ecuación: «el hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de sí mismo».

No podemos ofrecer aquello que no tenemos, nos asfixiamos dentro de nuestras propias mentiras, pero, resulta imposible ofrecer verdad si nuestra vida se ha convertido en un espejismo emocional.

Mentimos para no hacer daño, mentimos a sabiendas del daño causado, mentimos por inercia…pero en todos los casos la mentira viene a ocultar una verdad. Esa verdad quema al mentiroso, entonces la culpa o el miedo incandescentes calcinan la verdad y la transforman en una mentira lívida. Las mentiras duelen, quizá la verdad árida también pueda consumir la dignidad de una persona…

¿Acaso estaba Geppetto preparado para que Pinocho le dijera que quería vivir aventuras como un niño de carne y hueso y así recuperar el tiempo perdido?

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