Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Las Palmas de Gran Canaria

El regalo

El regalo - José Luis Correa

El regalo - José Luis Correa / LP/DLP

Como diría Alsina, déjenme que les cuente una historia, una muy breve, ya verán. Dicen que llegó a un país lejano de cuyo nombre nadie quiere acordarse la reina madre del mundo (espejito, espejito, ¿quién es la más guapa del universo?) a tratar de asuntos en los que a los súbditos les iba la vida. Se bajó de su avión ufana y sonrosada (¿quién será el que me peine a mí, quién será?, yo no sé), y fue extendiendo la mano gordezuela aquí y allá para que se la besaran. Su rostro tenía la textura del cartón piedra, miraba a todo Cristo con la nariz levantada y cara de fos. Ponía morritos. Chasqueaba la lengua. Refunfuñaba. Todos los demás reyes agachaban la testa a su paso. Cuando la reina madre hablaba era para amenazar (que le corten la cabeza) a los demás paisitos: a uno lo bombardeó, a otro le exigió parte de su territorio, a un tercero lo confundió de nombre y hasta de religión (¿qué es eso de la república islámica del Japón?).

El organizador de la fiesta no paraba de reverenciar y aplaudirle las gracias (bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez), en realidad en la foto de familia era el único que veía motivos para sonreír. Acaso por edad o por el quítame allá esas pajas de la costumbre, la reina madre del mundo se contradecía a cada momento, decía lo uno y lo opuesto en el mismo discurso, alguien diría que hasta en la misma frase. Y los demás reyecitos miraban pasmados sin decir esta boca es mía porque era cierto, esa boca no era de ellos, se la habían permutado a la vieja del cuento por unas fruslerías de aranceles para no hacerla enfadar demasiado. Al acabar el cónclave el rey del país de cuyo nombre nadie quiere acordarse, acaso instigado por la mismísima reina madre del mundo, les ofreció a todos los asistentes (¿No probarás una manzana?; una mordedura y todos tus sueños se harán realidad) un regalo. ¿Un collar de zafiros y rubíes? No. Qué va. Algo más extraño y perturbador.

En una caja de madera labrada, entregó a cada uno de los reyecitos un revólver con su nombre y seis balas, no se sabe si de plata. Los reyecitos no sabían qué hacer con la ofrenda, algunos eran la primera vez que sostenían un arma en la mano, otros ni siquiera sabían dónde iban las balas. Todos guardaron el estuchito en la valija diplomática y regresaron a casa sin tener muy claro qué significaba aquel presente. Cuentan las malas lenguas que en el fondo del estuche venía una hojita en papel de seda con unas instrucciones: las de cómo se juega a la ruleta rusa.

Tracking Pixel Contents