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Opinión | Observatorio

La desidia política

La desidia política

La desidia política / José Luis Roca

Los partidos de orientación autoritaria, aunque no exclusivamente, sí mayoritariamente conservadores, han demostrado ser especialmente hábiles a la hora de tensar progresivamente la cuerda de sus propósitos. Lo hacen mediante cambios apenas perceptibles, procurando que sus movimientos no lleguen a incomodar a la mayoría social hasta el punto de provocar una reacción significativa o una movilización capaz de frenar sus medidas.

El deterioro institucional o democrático rara vez se produce de forma brusca. Lo habitual es que avance a través de pequeñas modificaciones que toleramos por comodidad, por indiferencia o porque creemos que no nos afectan directamente. La intensidad con la que progresan los proyectos políticos de carácter autoritario suele aumentar en la misma medida en que se mantiene o crece nuestra negligencia como ciudadanos.

Aceptamos determinadas subidas de impuestos siempre que no afecten a nuestro bolsillo. Restamos importancia a ciertas injerencias en la privacidad porque consideramos que el perjuicio todavía no es demasiado grave. Nos resignamos a la restricción de algunas libertades y derechos mientras no sean los nuestros los que se vean amenazados.

De ese modo se va consolidando, poco a poco, un sistema cuidadosamente elaborado que permite favorecer determinadas prácticas. Cuando se debilitan los mecanismos de control institucional, se reduce la independencia de los órganos de supervisión o se normaliza la confrontación permanente, resulta más fácil que prosperen la corrupción, el clientelismo, los discursos de odio, el desprecio hacia quienes piensan de forma diferente o la utilización partidista de las instituciones. Todo ello termina aceptándose, en ocasiones, porque unos pocos confían en poder beneficiarse algún día de ese mismo sistema y porque muchos más consideran que los perjuicios recaen sobre otros.

La minoría que se siente directamente afectada no suele ser suficiente o significativa para sacarnos de la apatía o del anquilosamiento moral. Mientras el problema parezca ajeno, la mayoría permanece inmóvil. Es precisamente en ese caladero de la indiferencia donde determinados partidos encuentran su mayor fuente de apoyo o, al menos, ausencia de resistencia. La apatía ciudadana facilita los abusos de poder. La historia reciente de Europa está plagada de ejemplos de estas circunstancias.

Las posiciones extremas, especialmente aquellas que adoptan planteamientos autoritarios, no se construyen de un día para otro. Crecen lentamente, poniendo a prueba nuestra capacidad de tolerancia y comprobando hasta dónde estamos dispuestos a aceptar cada nuevo paso. Cuando la desidia acumulada durante años se lo permite, terminan desmantelando conquistas democráticas anteriores e imponiendo medidas que antes apenas nos preocupaban porque, en aquel momento, no afectaban a nuestra moralidad, a nuestra seguridad o a nuestro bolsillo. La pérdida de derechos, casi siempre, se ejerce de forma gradual.

Evidentemente, se trata de una responsabilidad compartida. No toda la culpa corresponde a los partidos o a quienes ejercen el poder; la pasividad ciudadana constituye un elemento esencial para que determinadas prácticas prosperen. De ahí la responsabilidad que todos tenemos de desempeñar un papel activo en la defensa de los principios democráticos, exigiendo transparencia, rendición de cuentas y respeto a los derechos fundamentales antes de que los cambios alcancen un punto de difícil o imposible reversión.

Pero no debemos olvidar que el autoritarismo es una característica del ejercicio del poder, no una ideología en sí misma y por tanto no es exclusivo de la izquierda ni de la derecha, si bien la tendencia actual en los países de occidente es que prolifere en sistemas gobernados por líderes de la derecha. Basta con observar el presente «autoritarismo rampante» a nivel mundial. Me refiero a esa forma de ejercer la autoridad caracterizada por la concentración del poder, la limitación de libertades civiles, las restricciones a la oposición y las elecciones poco competitivas, orientadas convenientemente o no suficientemente libres. Con seguridad, a la mente de muchos lectores, se habrá asomado alguna de las figuras políticas más relevantes del momento.

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