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Opinión | Isla martinica

Sherlock Holmes y el lado correcto de la historia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Ceuta.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Ceuta. / IVÁN ZAMBRANO - EUROPA PRESS

En cada sesión de los inolvidables Tip y Coll, ambos ya fallecidos, y poco antes de terminar el espectáculo, prometían que en la siguiente hablarían del gobierno, aunque nunca lo hacían. En esta ocasión, voy a sorprender porque hablaré bien del actual gobierno, y espero llegar al final de la tribuna sin que tener que desdecirme.

Tenemos al presidente de España en su refugio de verano, disfrutando de la bondad del clima de la isla conejera y las plácidas aguas del Atlántico. Llegó el hombre a Canarias después de varios días de intenso trajín, yendo de aquí para allá, sofocando fuegos en un sentido literal como también en el figurado. No hay jornada que España no se le haga presente a él, un sujeto destinado a liderar cualquier nación menos la suya. Este era el sino de un gran estadista al que la piel de toro se le atragantó en el mismo instante en que tomó posesión de la presidencia. Este es el relato somero de una vida política desquiciada, en la que se omiten tantos detalles como ofensas ha habido a esta España desvalida y abandonada.

Lo siento, hago acto de contrición y cumplo con la palabra dada: hablaremos bien del gobierno que vino a arreglar la corrupción del inmediatamente anterior. Hay una cosa que particularmente me fascina de la izquierda y es su pretensión de ubicarse en el lado correcto de la historia, dando a entender que, el que no lo pisa, es poco menos que un desecho humano. En la reciente polémica de la invasión de Ceuta, muchos de los comentarios, ya fueran hablados o por escrito, iban en esa dirección. En El País, por ejemplo, los forofos de la progresía se reconocían como miembros de la hermandad mundial de la corrección política señalando a Donald J. Trump y B. Nethanyahu como los urdidores en la sombra del asalto a la ciudad autónoma. Y pensé para mí qué capacidad de deducción del ejecutivo sanchista y la de sus leales seguidores, incluidos los repetidores de opinión, a modo de altavoces, parapetados entre los comentaristas a pie de noticia del periódico global.

En el gobierno de España trajina un émulo de Sherlock Holmes que, con las pistas más insospechadas, es capaz de rastrear al responsable de la debacle migratoria en la plaza africana. Ni Mohamed VI, ni las redes sociales, mucho menos los servicios secretos del reino alauita, porque todos los hilos cruzados sobre la pared del Ministerio de Asuntos Exteriores se unían en los mandatarios de EE.UU. e Israel. Los argumentos probatorios de Albares, secundado en la tarea por el inefable Marlaska, eran tan finos y elaborados que las tramas definidas por Sir Arthur Conan Doyle se quedaban en pequeñas minucias frente a los hallazgos de estos prohombres de la patria.

Y seguí meditando sobre un gobierno que rinde tan merecido homenaje a la figura del gran detective de la Inglaterra victoriana: estábamos todos equivocados -y un servidor, el primero- por hacer hincapié en que, de los casi ochenta mil inmigrantes llegados a las costas españolas, no había ninguno con aquellas nacionalidades. Como en las novelas de Doyle, lo evidente no siempre es lo correcto, y menos aún en una investigación criminal. Claro que sí, Marruecos jamás estuvo detrás de la invasión, sino que fue una conjura internacional para dejar al aliado natural de España como el villano de la película. En definitiva, los defensores del lado correcto de la historia, provistos de una lupa colosal, habían detectado el origen del mal. Con arduo esfuerzo, y entrelazados por el cordón umbilical de la razón progresista, llegaron hasta Trump y el conocido “matador de palestinos”. Para mi sorpresa, concluí que había estado engañado demasiado tiempo y, en vista de ello, prometí firmemente alinear mis pasos con los de aquellos que sentían la Historia como una propiedad privativa. Y esos pasos me conducían, directa e inevitablemente, a la Mareta, donde habita el Mesías del Nuevo Mundo. Ahora me encuentro a las puertas del Berghof de Sánchez, postrado ante un ser de luz, esperando que me ilumine con el resplandor del gran benefactor de la humanidad que sin duda es. ¡Qué ciego he estado!

He cumplido sobradamente la palabra y he hablado maravillas de un gobierno que no existe, de un presidente que no existe, de una conjura internacional que jamás existió y de una España que tampoco es la real, pero me quedo con la satisfacción de estar en el lado correcto de la historia.

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