Opinión | Risas y fiestas
¿Dónde están tus objetos perdidos?

¿Dónde están tus objetos perdidos? / La Provincia
El concepto «permanencia del objeto» se usa para nombrar la capacidad de entender que las cosas, las personas y los lugares siguen existiendo aunque no los estemos viendo. Es algo que aprendemos aproximadamente al año de vida, y por eso es tan divertido jugar con les bebés al juego ese de esconderse tras las manos y hacerles cucú cucú. No es que entren en el juego, no es que elaboren la ficción de la ocultación de la otra persona, simplemente sus cerebros no identifican todavía que no hay una desaparición repentina y una vuelta repentina y ese irse y volver así les asombra. Se supone que nosotres, adultes, tenemos muy claro que lo que ven nuestros ojos es solo un cachito de la realidad. Se supone que ya funcionamos con autonomía en ese sentido. Sin embargo, ¿qué pasa cuando media el tiempo y no es solo nuestra madre delante YA tapándose las pecas o nuestro pueblo YA con la ventolera que debe hacer o nuestra camiseta YA que no tenemos puesta hoy y estará en el armario toda arrugada y qué diferencia tan enorme entre estar rodeada por una tela y que parezca tu cuerpo y dejarla en lo oscuro cogiendo olor a humedad si en muchos días no la agarras y?
El tiempo que abomba las maderas, que enferruja la ferruja, que brota canas en los flequillos y destiñe, es fuerte cómo destiñe, juegos de mesa en un escaparate de tu infancia que ni se ha tocado porque pereza y acaban de un azul pálido rarísimo que a la vez no es rarísimo porque ya es lo que hay. Seguimos adelante, perdiendo algunas cosas de vista, y esas cosas llevan pegado el pasado, y la permanencia del objeto, saber que el objeto está en algún lugar existiendo pero no accesible para nosotres, nos hace sentirlas, igual que los recuerdos, como algo que de pronto solo existe dentro de nuestras cabezas. Como una nube que no es del todo real de tanto que se ha asentado y nos ha construido. Por ejemplo, mi colegio existe, yo sé que sigue existiendo, pero a la vez me he relatado tantas veces a mí misma lo que fue para mí mi colegio, he sacado tantas ramitas jalando suave de ese espacio sin tener ese espacio delante, solo convocándolo para mí sola, que ahora, cuando entro a mi colegio, me sorprendo muchísimo. Está y es tocable. No solo está y es no tocable.
Por eso, los objetos an tiguos, perdidos por gavetas, pueden convertirse en piezas fundamentales de nuestras identidades. Tener un detallito que te recuerda que esas otras que fuiste las fuiste de verdad. Saber, a través de una traba del pelo encontrada limpiando el cuarto, que esa amiga a la que recuerdas como una especie de ser mitológico o de morado que te salió en el muslo, tan asentada, tan tuya y tan despersonalizada en la distancia, es, y sigue siendo, una persona. Los cuerpos vivos que ya no nos acompañan respiran. Han respirado en todos los instantes en los que hemos estado vives nosotres. Tan pesado nos parece el hecho de haber respirado nosotres mismes durante todo ese tiempo, pues elles también, exactamente igual. Ese acceso a una especie de linealidad del tiempo me ha resultado siempre un arraigo tremendo en momentos en los que me he sentido desarraigada, separada de mí misma por una fuerza aparentemente inevitable. Pero.
Pero, por cosas de la vida, esa posibilidad la he perdido, y yo antes era una persona que se encontraba con tanta basura pasada que la acababa considerando basura. Ahora, cuando me encuentro con un libro que leí hace años, subrayado incluso, lo siento como una especie de disonancia rarísima en, precisamente, ese efecto de la ausencia de archivo propio: mis vivencias solo como partes de mi cabeza y poco le importaré yo a mi pasado. Sin embargo, mi pasado sigue rondando el mundo. Algo tocado se queda marcado. Ese chicle que pegamos en una piedra de Acojeja estará negrísimo, pero estará. Y, aunque ningún dolor es constructivo ni lo necesitamos en absoluto, al final las personas aprendemos cosas para sobrevivir: esa falta de asideros, ese tener tantos objetos perdidos que no sé dónde estarán, me ha enseñado la tensión exacta que hay que encontrar entre seguir adelante y rascar el presente y seguir sintiendo el pasado como algo que ha sucedido. Y a les otres, aunque no los veamos, como cuerpos que están en algún sitio. Y las consecuencias de lo hecho con les otres y en les otres, como partes de esos cuerpos que han fermentado pero vienen de.
Permanencia del objeto también es saber que los cuerpos ajenos son iguales que los nuestros, y que lo que sucede en un cuerpo ajeno se siente como se sentiría en el nuestro. Solo pensando así, me parece, podremos ser políticamente responsables.
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