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Opinión

Nacho Ortiz Palacio

Ceuta: el relato antes que los hechos

CEUTA, 03/08/2026.- Migrantes en la playa ‘El trampolín ‘ en Ceuta. La frontera del Tarajal que separa Ceuta de Marruecos ha amanecido este martes con tranquilidad ya que no se han registrado nuevos intentos de entrada por el espigón fronterizo, si bien el retorno de personas de forma voluntaria a Marruecos ya se está produciendo con cuentagotas. EFE/Reduán

CEUTA, 03/08/2026.- Migrantes en la playa ‘El trampolín ‘ en Ceuta. La frontera del Tarajal que separa Ceuta de Marruecos ha amanecido este martes con tranquilidad ya que no se han registrado nuevos intentos de entrada por el espigón fronterizo, si bien el retorno de personas de forma voluntaria a Marruecos ya se está produciendo con cuentagotas. EFE/Reduán

La magnitud de lo ocurrido en Ceuta exige explicaciones. Decenas de miles de personas atravesando una frontera en un espacio de tiempo extraordinariamente reducido, numerosas víctimas y unas imágenes de desesperación difundidas por todo el mundo constituyen una tragedia humana y una crisis de seguridad difícilmente comparables con cualquier episodio reciente. Lo sorprendente es que, en España, una parte considerable de las explicaciones parecía estar preparadaantes incluso de que termináramos de comprender qué había sucedido.

Marruecos quedó casi inmediatamente situado en el centro de las acusaciones. El antecedente de mayo de 2021 activó una asociación sencilla y eficaz desde el punto de vista mediático. Durante aquella crisis, ocurrida tras la acogida de Brahim Ghali en España, miles de personas accedieron a Ceuta ilegalmente. Cinco años después vuelve a producirse una llegada multitudinaria y la conclusión apareció para muchos de manera automática e interesada: “Marruecos ha vuelto a hacer lo mismo”.

Un precedente permite formular preguntas. Su capacidad para responderlas es bastante más limitada.

En 2021 existía una crisis bilateral perfectamente identificable. La entrada en España del dirigente del Frente Polisario afectaba de lleno a la cuestión del Sáhara, considerada en Marruecos una causa nacional, y había provocado un profundo deterioro de las relaciones con Madrid. El ambiente político estaba cargado y el desencuentro era público.

El contexto actual es muy diferente. España respalda desde 2022 la propuesta marroquí de autonomía, las relaciones bilaterales se han recompuesto y el expediente saharaui atraviesa una fase diplomática mucho más favorable a Rabat. Tampoco las dimensiones resultan comparables. Los alrededor de 8.000 cruces de 2021 quedan muy lejos de las decenas de miles registradas ahora.

Y aquí aparece una pregunta que ha recibido sorprendentemente poca atención. ¿Qué interés habría tenido Marruecos en provocar deliberadamente una crisis de semejante magnitud?

La pregunta no es menor. Durante años el Reino de Marruecos ha realizado un enorme esfuerzo por proyectarse como un país estable, moderno, industrializado, conectado con las principales economías occidentales y capaz, por ejemplo, de organizar junto a España y Portugal el Mundial de 2030. Por tanto, las imágenes que han dado la vuelta al planeta dañarían precisamente ese relato: miles de jóvenes marroquíes arriesgando su vida para alcanzar territorio español, testimonios de frustración social, muertos, desaparecidos y una sensación de descontrol difícilmente beneficiosa para la imagen internacional del país. Entonces, volviendo a la pregunta anterior ¿De verdad estaba Marruecos detrás de semejante despropósito reputacional? Cuesta creerlo, salvo desde lecturas interesadas alimentadas por sesgos y prejuicios en uno y otro extremo del espectro ideológico de nuestro país.

El impacto dentro de Marruecos tampoco fue menor. Intelectuales, organizaciones civiles y responsables políticos expresaron conmoción ante lo sucedido. El ex primer ministro Abdelilah Benkirane, que se encontraba en Tetuán y aseguró haber visto a numerosos jóvenes dirigirse hacia la frontera con Ceuta, reclamó esclarecer las verdaderas causas de la tragedia, fueran internas o externas. Todo ello coincidió además con la Fiesta del Trono, cuando la atención nacional se concentra especialmente en la figura del Rey y en el balance de la evolución del país.

Cuesta encontrar un momento menos propicio para que Marruecos asumiera voluntariamente un coste político y reputacional de semejante magnitud. Lo que hace aún menos creíble que hubiese pergeñado esta operación unilateralmente como nos quieren hacer creer.

Nada obliga a descartar hipótesis antes de conocer todos los hechos. Sí parece razonable exigir que una acusación de semejante gravedad venga acompañada de algo más que una comparación con 2021 y una interpretación de las imágenes fronterizas.

Porque conocemos también otros elementos. Durante semanas circularon en redes sociales mensajes, convocatorias, rutas y rumores que presentaban Ceuta como una puerta repentinamente accesible. Una reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre las devoluciones de quienes intentan acceder por mar fue difundida de forma simplificada hasta generar la percepción de que alcanzar aguas o territorio español facilitaba enormemente la permanencia. Las redes dedicadas al tráfico de personas tendrían ahí un terreno fértil y para nada descartable.

Existen asimismo indicios de una movilización digital transnacional cuya dimensión y autoría requieren todavía investigación. Algunos análisis han identificado grupos y nodos vinculados a números y perfiles de origen argelino, un elemento que merece atención tratándose del principal rival regional de Marruecos y del gran sostén político del Frente Polisario. Nada de ello permite atribuir al Estado argelino la organización de lo sucedido, de la misma forma que unas primeras horas de frontera desbordada tampoco bastan para demostrar que Rabat planificara la crisis. Resulta llamativa, en cambio, la distinta intensidad con la que unas hipótesis y otras fueron insertadas desde el principio en España.

En una región donde la rivalidad entre Marruecos y Argelia atraviesa desde el Sáhara hasta la competición diplomática, energética y de seguridad, ignorar de antemano cualquier posible explotación de una crisis que perjudicara gravemente a Marruecos sería tan precipitado como darla por demostrada.

También merece atención lo ocurrido con los servicios de inteligencia.

El Gobierno español sostiene que el CNI no emitió ninguna alerta capaz de anticipar una movilización de estas dimensiones. Resulta inevitable preguntarse cómo una concentración humana que terminó involucrando a decenas de miles de personas, precedida durante semanas por actividad creciente en redes y convocatorias cada vez más explícitas, pudo alcanzar semejante escala sin que las señales disponibles permitieran prever algo parecido.

Los servicios de inteligencia, como suele decirse, ni confirman ni desmienten, y la discreción forma parte esencial de su trabajo. Llama la atención, sin embargo, la facilidad con la que en otros momentos han circulado por determinados medios informaciones y supuestos informes filtrados o atribuidos al CNI sobre Marruecos que denuncian acciones contra el Polisario o el entorno saharaui en España. Aquellas revelaciones encuentran con frecuencia una enorme repercusión entre personajes de distinto pelaje especialmente interesados en esos asuntos. La cual a día de hoy siguen explotando.

Esta vez tenemos una paradoja distinta. La cuestión consiste precisamente en saber qué información existía, cuándo se obtuvo y cómo fue valorada antes de que decenas de miles de personas alcanzaran la frontera. Es lo mínimo que se espera de unos servicios de inteligencia serios.

La cooperación posterior entre España y Marruecos —la cual persiste a día de hoy— forma igualmente parte de los hechos y quizá no haya recibido una atención proporcional. La inmensa mayoría de quienes habían entrado regresó a territorio marroquí en muy poco tiempo y la propia Comisión Europea reconoció públicamente la eficacia del trabajo conjunto de las fuerzas españolas y marroquíes. Esa capacidad para reconducir rápidamente una situación desbordada merece incorporarse a cualquier análisis que pretenda explicar lo ocurrido en su conjunto.

Europa tampoco escapó a la precipitación, la división y la insolidaridad, especialmente Italia. Numerosos países reclamaron medidas urgentes y algunos introdujeron desde el primer momento conceptos como instrumentalización migratoria o amenaza híbrida. La crisis terminó mezclándose con la regularización española de inmigrantes, la política interna de Pedro Sánchez y debates europeos que poco tenían que ver con esclarecer quién había impulsado realmente los acontecimientos de Ceuta.

Hubo también quienes aprovecharon las imágenes desde fuera de España para sus propias guerras culturales. Algunos actores internacionales hablaron inmediatamente de una “invasión de Occidente” y utilizaron la tragedia para atacar a España solo por ajustar cuentas con su gobierno actual. Resulta particularmente incoherente que actores que presumen de buenas relaciones con Marruecos hayan contribuido al mismo tiempo a presentar internacionalmente a decenas de miles de marroquíes como una masa invasora. Esa retórica es una falta de respeto al país del que presumen tener amistad y, sobre todo, a sus ciudadanos, entre los que hay decenas de víctimas mortales.

España ofrece además un terreno especialmente propicio para que cualquier evento relacionado con Marruecos adquiera inmediatamente una dimensión desmesurada y sectaria.

El Sáhara desempeña aquí un papel que pocas veces se reconoce. Durante décadas, buena parte de la mirada española hacia Marruecos ha estado condicionada por aquella cuestión. Desde determinados ámbitos de la izquierda, la identificación histórica con el Polisario mantiene una lectura profundamente crítica de Rabat. En sectores de la derecha, desde coordenadas ideológicas diametralmente opuestas, reaparece una suspicacia ultranacionalista hacia Marruecos con ciertas dosis de islamofobia, vinculada a Ceuta, Melilla, la inmigración o una visión todavía marcada por viejos recelos entre ambos países.

Los caminos son diferentes y con frecuencia terminan en el mismo punto.

De ahí que apenas hubieran transcurrido unas horas cuando reapareció incluso la Marcha Verde. Comparar una operación política de 1975, desarrollada en el contexto final de la presencia colonial española en el Sáhara, con una tragedia migratoria ocurrida medio siglo después dice probablemente más sobre nuestra forma de mirar Marruecos que sobre lo ocurrido en Ceuta.

El paralelismo con 2021 funciona de manera parecida. Brahim Ghali, el Sáhara, el deterioro diplomático de aquellos meses y la respuesta marroquí conformaban entonces un contexto reconocible. En 2026 ese escenario ya no existe. Quien sostenga que Marruecos decidió asumir ahora un coste humano, político y reputacional varias veces mayor debería explicar también qué objetivo pretendía conseguir.

Quizá las investigaciones futuras aporten datos que hoy desconocemos. Tal vez se esclarezcan responsabilidades, errores de apreciación o fallos de coordinación. Mientras tanto, disponemos de una movilización digital previa, sentencias jurídicas explotadas burdamente en redes, tráfico de personas, señales que no fueron interpretadas en toda su dimensión, una crisis inicialmente desbordante y una posterior cooperación bilateral que permitió reducirla con extraordinaria rapidez.

Con esos elementos pueden formularse hipótesis. Para dictar sentencia hace falta bastante más.

España y su gobierno deben preguntarse cómo falló la anticipación. Europa debería reflexionar sobre la rapidez con la que convirtió una tragedia fronteriza en una batalla política que erosiona a sus miembros entre sí. Y quienes decidieron desde las primeras horas que Marruecos era necesariamente el autor harían bien en no confundir el peso de los precedentes con las pruebas del presente.

En Ceuta encontramos un culpable mucho antes de saber qué había ocurrido.

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