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El mundano Don Benito

El universal escritor fue, en su intimidad, un mujeriego y un impenitente comilón

En 1973 dirigíamos un establecimiento hotelero en Playa del Inglés. Una huésped canadiense pidió hablarnos; se presentó como profesora de literatura especializada en Galdós; nos explicó que había venido expresamente para conocer su casa, y nos pidió que le indicáramos cómo podía llegar y otras informaciones.

Nos sorprendió mucho que una catedrática viniera de tan lejos para tal asunto. Sabíamos lo que todo estudiante de aquel bachillerato, bien fuerte, del escritor, que no era mucho; don Benito estaba considerado por el poderoso clero persona non grata debido a sus críticas al catolicismo. Porque, como asevera Germán Guillon, "Galdós fue un creyente en los valores del cristianismo evangélico". Y haber llevado una vida disoluta; su primer lance amoroso fue con una novicia de las Hermanas Descalzas. Y se hizo vox pópuli que cuando se dispuso a subir a la escalerilla del barco que lo llevó a la Península se inclinó, se sacudió el bajo de los pantalones y exclamó: "De Gran Canaria ni el polvo". Así que no ha de extrañar que mostráramos cierta indiferencia por nuestro paisano; al lado de donde hoy se ubica la Biblioteca Municipal yacía su estatua, desmoronándose. No obstante, desde de 1978 se ponderan sus logros incluso rozando el paroxismo; considerando que Galdós demostró desdén por Gran Canaria, se hacen enormes esfuerzos para, precisamente, destacar su gentilicio; los humanos funcionamos sobre conceptos con carga emotiva. No se han hecho mismos esfuerzos para divulgar su obra en colegios...

Sus estudiosos, que los hay por todo el mundo, no han podido determinar cuál fue la causa de esa actitud con la isla, que siquiera la mencionó en sus novelas. Según se deduce, no la añoró; y aunque venía a la isla para las vacaciones de verano, hay quienes creen que el verdadero acicate era Sisita, su jovencita prima -razón por la que su madre lo había enviado a estudiar Madrid- a la que -se dice- embarazó. De ahí que la reenviaran a Cuba. O venía atraído por la comida de su severa madre, doña Dolores. Un rencoroso Valle Inclán lo llamó El garbancero porque, aparte de mujeriego, fue gran aficionado a los otros placeres, la mesa. Y le chiflaba el Puchero canario. Como escribiera Joaquín Casalduero: "Quizás sería interesante que se hiciera un estudio de la obra galdosiana por temas". Y si bien, por obvias razones, no se ha escrito un ensayo sobre sus andanzas por los lupanares de Madrid y su febril actividad lujuriosa, se ha profundizado en la relación con la pitanza tanto desde su epicureísmo como por haberla incluido, con notable fruición, en su obra de ficción. Y ese amor o fijación de la comida de la infancia no es un caso aislado. Igual ocurre con prácticamente todos los humanos. Al punto que cualquier condumio del terruño o de la madre se valorará por encima de todos. En esos programas de españoles, canarios... por el mundo, la mayoría, a la pregunta de qué cosas echan de menos dicen que la familia, los amigos y la comida. Prust, dejó una reflexión muy recurrente sobre las magdalenas que horneaba su madre.

Y esas dos características se potenciaran cuando conoce a doña Emilia Pardo Bazán; la literata gallega era el alter ego del canario y pronto se convirtieron en apasionados amantes y alegres comilones. Ella se había separado de su esposo para dar rienda suelta a una vida de desenfreno; según cuentan los estudiosos, de las relaciones amorosas con el canario se puede hacer una obra de literatura erótica. Aparte de gran gourmand, la oronda condesa escribió dos libros de recetas: La Cocina Española antigua y La Cocina Española Moderna. En realidad lo hizo para mantener un vínculo con las mujeres, pues fue una destacada feminista. En el primero de ellos escribe: "Tiempo ha fundé esta Biblioteca de la Mujer, aspirando a reunir en ella lo más saliente de los que Europa aparecía, sobre cuestión tan de actualidad (sic) como el feminismo..."

Y los conocimientos sobre lo que se cocía en Europa, tanto en las cocinas como en el feminismo, se materializaran tras sus viajes por Alemania y Francia acompañada de don Benito, con el que, también, se daba épicas comilonas. Su relación de pareja era de las conocidas como abiertas; doña Emilia solía decir: "Me separé de mi esposo para vivir en libertad"; de ahí que hiciese caso omiso a las proposiciones de Galdós para formalizar una relación estable. Curiosamente, el primer capítulo de La Cocina Española Antigua lo dedica a los cocidos y pucheros; hasta trece recetas recoge del plato de la Hispanidad, algunos hispanoamericanos. A pesar de que pretendió hacer un catálogo de las cocinas de España, no incluyó al Puchero canario ni ningún otro plato de las Islas (el libro es un burdo refrito); lo que hace pensar que nunca pidió asesoramiento a don Benito a pesar de su conocida devoción por el platonazo.

Y recordemos ahora a la gran periodista, la primera de España, literata y feminista Carmen de Burgos, quien escribió un libro de recetas con mismos propósitos que doña Emilia y lo intituló ¿Quiera usted comer bien? Y, para terminar con los chismes: asegura el literato Cansinos Assens que la almeriense mantuvo relaciones amorosas con Tomás Morales, así como con el incansable don Benito y hasta con Alonso Quesada. En 1913 llegó a Las Palmas de G.C., donde fue objeto de muchos y muy entrañables agasajos. pero sería en Madrid donde Tomás y Carmen tuvieron sus encuentros más íntimos gracias a los auspicios del periodista y poeta malagueño Salvador Rueda.

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