PSICOLOGÍA
Cuando soltar no es rendirse: el arte de cuidarse en momentos difíciles según la psicología
El psicólogo Iriome Peña lanza una reflexión viral que pone en jaque nuestras ideas sobre el fracaso, la culpa y el verdadero sentido de permanecer

Los beneficios de soltar a tiempo / LP/DLP

No siempre es fácil reconocerlo. A veces, no estamos bien y nos duele lo que antes nos hacía vibrar. Sentimos el peso de continuar en algo que ya no nos sostiene, y aun así, no sabemos cómo soltar sin sentir que estamos fallando.
El psicólogo Iriome Peña (@iriomepsicologo) ha puesto en palabras esa incomodidad tan común como silenciada: ¿por qué nos cuesta tanto irnos de los lugares donde ya no cabemos? “Pese a que no estoy bien ahí, tengo pensamientos de culpa, miedo, fracaso o vergüenza ante la idea de soltar”, escribe Peña, en uno de sus textos más compartidos.
Su publicación no solo se ha hecho viral, sino que ha tocado una fibra colectiva, la de todas esas personas que siguen en relaciones, trabajos o contextos que ya no les hacen bien, simplemente porque creen que marcharse es rendirse.
La herida invisible de las creencias limitantes
“Lo primero que nos viene a la cabeza es: ‘si dejo, es porque no soy fuerte’, ‘aguanta, que ya tienes trabajo’, ‘¿qué pensarán de mí los demás?’”, explica el psicólogo. Y sin darnos cuenta, esas frases que parecen pequeñas nos anclan a decisiones que ya no tienen sentido, prolongando nuestro malestar.
Pero, ¿y si cambiamos el enfoque? Peña nos propone mirar desde otro lugar:
- “Me estoy eligiendo a mí”,
- “Estoy priorizando mi salud mental”,
- “Estoy reconociendo que no estoy cómodo o cómoda en este contexto”,
- “Estoy permitiendo nuevas oportunidades de crecimiento”.
Soltar, entonces, no es sinónimo de fracaso. Es un gesto de autocuidado y un acto de honestidad profunda con lo que sentimos, incluso cuando eso nos aleja de lo que alguna vez quisimos.
¿Cómo distinguir lo que merece ser cuidado?
Peña plantea una distinción fundamental, el permanecer no significa aguantar. Hay cosas que merecen esfuerzo, tiempo y presencia. Pero también hay situaciones que, por más que lo intentemos, nos consumen poco a poco. La clave está en saber diferenciar.
- Relaciones importantes: aquellas que se basan en el respeto mutuo, la comunicación y el cuidado emocional. Permanecer aquí es un acto de amor, no de resignación.
- Metas y proyectos personales: cuando la motivación se tambalea, pero el propósito sigue vivo, puede que lo que se necesite sea paciencia, no abandono.
- El vínculo con uno mismo: sanar lleva tiempo y a veces, el reto es simplemente permanecer contigo, con tus heridas, con tu historia.
En palabras del psicólogo, “estas creencias no solo duelen, sino que nos mantienen en situaciones que no nos hacen bien. Y eso evita que tomemos decisiones que sí necesitamos”. Reconocer que algo ya no funciona es doloroso, sí, pero también liberador.
¿Por qué nos cuesta tanto soltar?
Las razones son profundas y muchas veces inconscientes. Aferrarnos explica Peña es una reacción natural que tiene raíces en nuestra infancia, en el apego que desarrollamos con nuestros cuidadores. Según la teoría del psicólogo John Bowlby, buscamos vínculos que nos den seguridad. Y esa necesidad puede reaparecer en la adultez, en forma de miedo al abandono o al cambio.
- Miedo a lo desconocido: dejar lo conocido, por muy incómodo que sea, genera ansiedad. Lo nuevo, aunque potencialmente mejor, también da vértigo.
- Dependencia emocional: frases como “no puedo ser feliz sin esta persona” o “no voy a encontrar nada mejor” son reflejo de heridas antiguas que aún no han sanado.
- El valor simbólico de lo que sostenemos: una relación puede representar amor; un empleo, estabilidad; una rutina, identidad. Soltar eso es sentir que perdemos algo más que un lugar.
- Miedo al vacío: cuando soltamos, queda un hueco. Un silencio que a veces asusta, pero que también puede convertirse en espacio para lo nuevo.
Los costos de quedarnos donde ya no estamos
El precio de permanecer en lo que nos daña es alto. A nivel emocional, aparece la ansiedad, el insomnio, el cansancio constante. A nivel físico, el estrés crónico empieza a pasar factura: tensión muscular, problemas digestivos, defensas bajas. Y en lo social, nuestras relaciones se resienten. Nos volvemos más irascibles, más ausentes, más duros con los demás y con nosotros mismos.
“Dejar no es fácil, pero es válido preguntarte si estás bien”, recuerda Peña. Y si la respuesta es no, darte el permiso de buscar un camino distinto no te convierte en débil. Te convierte en humano.
Aprender a soltar
El psicólogo ofrece algunas claves para navegar este proceso sin juicio:
- Cuida tu comunicación: hablar de lo que sientes, validar tu malestar y pedir ayuda no es debilidad, es valentía.
- Cultiva la paciencia: lo valioso lleva tiempo. No todo tiene que resolverse de inmediato.
- Sanar desde el amor: no ignores tus heridas, míralas con ternura.
- Pon límites claros: permanecer no significa permitirlo todo.
- Conecta con tu propósito: pregúntate si lo que estás viviendo te representa, te nutre, te hace crecer.
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