La sublevación militar en el Archipiélago canario estuvo estrechamente ligada a las dudas y actuaciones de Franco mientras se desarrollaba el alzamiento en Marruecos. Ésta es la tesis que expone Víctor Hurtado en su libro Sublevación (editorial Dau), un relato de los primeros días de la asonada contado con el empleo de los mapas e infografías en un volumen de 78 páginas y 60 ilustraciones. El autor usa la cartografía para detallar al milímetro el golpe militar en una veintena de ciudades, entre ellas Las Palmas de Gran Canaria, y refleja también el bando por el que se decantaron en aquellas jornadas los grandes oficiales del Ejército.

En Canarias la situación que se respiraba aquel julio de hace 75 años era de absoluta calma, sobre todo en Tenerife, pues en Gran Canaria, donde había más presencia de partidarios del Frente Popular, sí hubo más inquietud por los rumores de la sublevación que venían de Marruecos y la Península. Y es en este ambiente en el que desenvolvía un titubeante Francisco Franco, que se sabía vigilado por las autoridades militares, y que no mostraba tampoco a las claras su apoyo decidido a la rebelión fraguada por sus compañeros de armas en el continente.

Sin embargo, tal era su extremada cautela para que no se le vinculara con los rebeldes que el general Orgaz, partidario de la asonada, comentó en julio de 1936: "La sublevación iba a ser una perita en dulce y que si él [Franco] no se decidía, se la iba a comer otro", comentario que recoge Hurtado del libro de Salgado-Aranjo Mis conversaciones con Franco. Además, la ambigua actitud del general le sirve de coartada para evitar ser denunciado como golpista. De hecho, dos meses antes de la asonada, el ministro de la Guerra reprende al gobernador civil de Tenerife, Vázquez Moro, cuando le informa de sus sospechas sobre Franco. "Señor gobernador, prohíbo de modo terminante que se ponga en duda la lealtad del general Franco", le escribe el ministro al representante civil.

Empieza la rebelión

Fue esa postura dubitativa y sus actuaciones las que marcaron, según refleja Víctor Hurtado en su monográfico Sublevación, la rebelión en Canarias, que se pone en marcha a las tres de la madrugada del 18 de julio, cuando el general gallego recibe el mensaje que esperaba de Marruecos: un telegrama del coronel Solans le comunica el éxito de la sublevación. Una hora más tarde, Franco se dirige a la Comandancia de Las Palmas, donde le espera el general Orgaz, y no atiende la llamada que el subsecretario de Guerra le hace desde Madrid alegando que está de visita en los cuarteles.

Sería a las 5.15 horas cuando se emite, fechada en Santa Cruz de Tenerife, la declaración de guerra contra la II República y a partir de ese momento comienza a cambiar la historia en Canarias y en el resto de España. Los hechos se desencadenaron a velocidad de vértigo y ya a las 8.30 horas, afines al Gobierno republicano se concentran delante del Gobierno Civil de Las Palmas y soldados de Infantería tienen que dispersarlos haciendo uso de sus armas: se oyen los primeros tiros en el día uno de la asonada militar. Más tarde, a las 10.00 horas, según se relata en Sublevación, el Cuartel de la Guardia Civil se une a la rebelión y cae el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

De Gando a Marruecos

Francisco Franco, una vez controlada la situación en la capital grancanaria, se dirige a la 11.00 horas al aeródromo de Gando (Telde) y llega hasta allí en un pequeño remolcador para evitar así los controles por carretera y un posible ataque. En Gando le espera el Dragon Rapide, un bimotor financiado por el banquero Juan March y que transporta a partir de las 14.30 horas al general sedicioso a Marruecos, donde arriba a las siete de la mañana del 19 de julio tras repostar en Agadir (17.30 horas del 18 de julio) y pernoctar en Casablanca haciéndose pasar como un turista más y sin que nadie sepa su paradero.

El Dragon Rapide aterriza en Sania Ramel. Desde allí, las peripecias de Franco en Canarias finalizan y comienza la etapa de la guerra en la Península, que se alarga hasta abril de 1939, con la derrota del Ejército republicano. El piloto del bimotor inglés que transporta a Franco hasta Marruecos, el capitán Cecil W. Beep, señala al finalizar el vuelo: "Por fin iba a descubrir el enigma, seguramente iba a conocer a la persona que poseía todos los hilos de aquella intriga".