´Pilgrim´: halcones y palomas
Churchill destituyó al héroe Roger Keyes, dispuesto a invadir Gran Canaria en 1941 pese a que ello ponía en peligro la no beligerancia de Franco y provocaba la pérdida de Gibraltar

Churchill saluda a su llegada a La Palma en 1959. / | la provincia/dlp
Javier Durán
Si alguien de los acompañantes de Churchill le hubiese preguntado en 1959 por la razón última que le llevó a no dar la orden para atacar Canarias en la II Guerra Mundial, el Premio Nobel se hubiese acogido a una cuestión básica: la acción pretendía compensar una hipotética pérdida de Gibraltar, pero también es verdad que con el envió de la Fuerza 110 (24.000 hombres) para tomar el Puerto de la Luz no sólo se creaban las condiciones para que España se convirtiese en beligerante (lo no deseado) , sino que también se daba por hecho la evaporación de la base del Peñón. Mover la pieza antes de tiempo significaba la hecatombe. Sus diplomáticos y jefes de Estado Mayor le hicieron ver que la impetuosidad no era la mejor compañía para atacar las islas del Atlántico. El yate Christina estaba a punto de perderse detrás de La Isleta, y en su interior iba la personalidad que pudo poner del revés la historia del Archipiélago. Pero ahora estaba en un viaje de placer, invitado por el armador Aristóteles.
Entre abril y julio de 1941 el operativo estaba en su momento más álgido con la operación Pilgrim. Gran Bretaña intensificaba su ofensiva para desactivar la germanofilia del ministro Serrano Suñer: pagaba religiosamente sobornos a generales para implementar el apoyo a la causa aliada y escuchaba también a los conspiradores monárquicos, que se ofrecían como anfitriones para permitir la ocupación de las Islas Canarias tras un golpe de Estado monárquico encarnado en Don Juan y motivado por la entrada de Hitler en la Península. Se trataba de la operación Adroit [ver LA PROVINCIA de ayer], una hijuela jabonosa entre Puma, Pilgrim oTonic, nombres en clave para referirse a invasiones bélicas puras y duras. ¿Contaba toda la verdad Churchill? Igual que en otras guerras, en la toma de decisiones hubo halcones y palomas, y cambios de plumaje.
Imaginar el ambiente Rambo que se vivía en Inveraray, Escocia, no es complicado. Miles de soldados sometidos a entrenamiento mes tras mes, a la espera de una orden para embarcar, y con la adrenalina hirviendo para ocupar cualquier terruño del Atlántico: la mejor candidata para el ataque era Canarias, pero el alto mando, el Comité de Defensa Imperial o el Comité de Jefes de Estado Mayor, no le hacían ascos a la Azores o a Cabo Verde. La maquinaria echaba humo o entraba en letargo según los informes del espionaje: la ambigüedad de Franco, los interminables pétalos de su margarita, daban por hecho un día el cambio a una beligerancia a favor de Alemania, y todo lo contrario al siguiente. Una auténtica tortura china, o peor que un dolor de muelas, según Hitler.
El historiador Juan José Díaz Benítez, profesor de la ULPGC, acaba de publicar en la revista Hispania Nova un estudio sobre los proyectos británicos para invadir las islas atlánticas. Según destaca, "este aplazamiento era la decisión más prudente en una coyuntura en la que no había indicios de una inminente beligerancia de España, pero el mantenimiento de la expedición durante un mes tras otro resultaba cada vez más problemático. La retención de los barcos para llevar la expedición británica a Canarias reducía en más de 100.000 toneladas la capacidad de transporte marítimo disponible, lo cual limitaba el refuerzo de las tropas que combatían en el norte de África". Habría que esperar a otra noche sin luna.
Indecisiones
El almirante Roger Keyes, héroe nacional baqueteado en batallas coloniales, vaca sagrada de la Gran Guerra, era uno de los que no estaba dispuesto a que la invasión de Canarias pasase al capítulo de las indecisiones, aunque para ello tuviese que recurrir a su antigua amistad con Churchill, sobre el que tenía una influencia más que notable pese a desastres tan sonados como su gestión en la campaña de Dardanelos (1915), con 50.000 bajas frente a los turcos. En 1941, sir Samuel Hoare, embajador en Madrid, informa que la entrada de España en la guerra era inminente, aunque en abril se había cerrado con Franco un acuerdo de préstamo para apaciguar los ánimos. El primer ministro, a la vista de los informes, ordena la formación de la expedición Puma para tomar el Puerto de la Luz. El veterano Roger Keyes toma la iniciativa: "El mismo día de la aprobación, el director de Operaciones Combinadas (DCO), se dirigió al general Hastings Ismay, jefe del Estado Mayor y secretario del Ministerio de Defensa, abogando por lanzar cuanto antes el ataque contra Canarias, al mismo tiempo que se quejaba de la lentitud con la que trabajaban los comités interservicios encargados de la planificación británica", relata Díaz Benítez.
Pero las estrellas del almirante nacido en la India, casi a punto de tocar con la yema de los dedos los setenta años, ya no intimidaban. El general Ismay se hizo el loco y no trasladó el mensaje de Keyes a Churchill. El héroe de guerra, indignado, reclamó ante el primer ministro el mando de la operación Puma y le recordó, de paso, su contribución a los albores del imperio. El viejo muñidor no se inmutó y le dio calabazas. Los comandantes siguieron al mando. El DCO volvió a insistir en mayo de 1941, pero opiniones como la Anthony Eden, secretario del Foreign Office, desaconsejaban una acción que traería como consecuencia inmediata la beligerancia de España y la consiguiente inutilización o pérdida de Gibraltar. Keyes, en consolación, recibió poderes para que la fuerza de asalto destacada en Inveraray se entrenara bajo su supervisión. La crisis entre los miembros del alto mando británico quedaba aplazada in extremis.
La invasión alemana de la URSS y el gesto de Franco de mandar a la División Azul para colaborar con Hitler vuelve a encender las alarmas. En el verano de 1941, Puma se convierte en Pilgrim: nada menos que 24.000 efectivos, el doble que la operación anterior. Se absorben las tropas de las expediciones de Azores y Cabo Verde, y su tamaño obliga a retener más barcos para un traslado en una fecha incierta. El invierno y el mal tiempo del Atlántico se echan encima, lo que creaba un problema añadido para la travesía de los buques más frágiles. El ambiente Rambo de Inveraray empieza a soltar chispas, y el mando decide enviar a una parte de Pilgrim a Freetown, en la denominada operación Irrigate. En Sierra Leona estuvieron hasta 1942. El poderoso Keyes volvió a sacar la pezuña: creyó ver a Pilgrim agónica tras tantas reticencias para invadir Canarias y cargó contra los jefes de la expedición, el teniente general Alexander y el vicealmirante Hamilton. Churchill no lo dudó y sacrificó a su amigo, que fue sustituido por Louis Mountbatten. De paso, quitó al DCO sus funciones ejecutivas y lo convirtió en consultivo.
Para Díaz Benítez, el enfrentamiento entre el jefe del COS y los altos mandos de la expedición tiene, en su trastienda, desacuerdos importantes sobre cómo acometer la invasión de Canarias que afloran, sobre todo, a partir del verano de 1941, cuando la fuerza disponible aumenta a 24.000 hombres. Keyes se opone a un ataque del Puerto de la Luz (Gando es más secundario) con un bombardeo previo aeronaval , y considera más oportuno mantener la "doctrina anfibia del desembarco" en horas nocturnas, en una playa y con rapidez. El número de hombres a la espera en Inveraray (luego en Freetown) desestima la posición del mando del DCO, cuya autoridad tenía otro condicionamiento: por edad, era el más viejo de los jefe de estado, lo que alimentó a la larga un enfrentamiento generacional que afectó a la toma de decisiones sobre la invasión de las Islas Canarias.
"La preocupación de Churchill por la conquista de Canarias fue menor en estos años de lo que había sido en 1941, especialmente después de que fuera realizada la operación Torch [desembarco británico-estadounidense en África del Norte en 1941], sin que Franco bombardease Gibraltar ni permitiese la entrada de tropas alemanas en la península Ibérica. Esta desvalorización de las Islas para el primer ministro se debe a diferentes factores, entre los que cabe incluir la creencia de que cada vez eran más reducidas las posibilidades de que Franco entrase en la guerra, sobre todo a partir de 1942, cuando el curso de ésta ya había virado a favor de los aliados", destaca Díaz Benítez.
A medida que el yate Christina dejaba atrás la isla de Gran Canaria, mientras apretaba el puro contra el fondo del cenicero, Churchill pensó en lo increíble que puede ser la Historia, y sobre todo en las horas que consumió para determinar a qué hora de qué día se iba a producir la invasión de la Isla que ahora miraba de forma placentera. Pensó en Roger Keyes y en sus bravatas de lobo del desierto. Pensó en los monárquicos españoles y en sus absurdos deseos de hacerse con un trono cuando Europa entera se desmoronaba. Pensó en los generales sobornados y en la raigambre egoísta Ya no pensó en nada más.
El espejo de Madagascar
La base de Diego Suárez, en Madagascar, en el Océano Índico, contribuyó a aligerar la fijación del mando británico por Canarias. En febrero de 1942 emergía sobre los aliados la amenaza de que el avance japonés llegara a las costas africanas. Con el fin de evitarlo se puso en marcha la operación Ironclad, cuyo objetivo era la instalación militar, para lo cual fueron asignados algunas de las unidades de la Fuerza 110, los hombres de Inveraray. El cambio de estrategia llevó al estado mayor inglés a acordar el 1 de febrero que la planificación sobre Canarias, su invasión, debería continuar, pero, dato importante, sin retener las fuerzas y buques necesarios para llevarla a cabo. El territorio controlado por la Francia de Vichy es el mejor espejo para saber cómo hubiese sido la ocupación británica de Gran Canaria, al menos en el método, destaca Díaz Benítez. Al mando de Robert Sturges [el general que no pudo tomar Gran Canaria], una fuerza terrestre de 10 a 15.000 soldados realizó un ataque anfibio por sorpresa. La batalla comenzó el cinco de mayo y acabó el seis de noviembre. J. D.
Robert Sturges (a la dcha.) | lp/dlp
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