Lo dice Kaspersky Lab: España está en el tren de cabeza en lo que atañe al envío de spam. Estados Unidos, Rusia y Vietnam copan el singular podio de una categoría en la que también destacan estados como China o Brasíl. El objeto de los mensajes es redirigir al usuario a portales falsos de internet o páginas de pega de las grandes redes sociales, con objeto de que el usuario inicie sesión para revelar sus claves de seguridad. Lo que se ha dado en llamar phishing. El pirata puede conseguir de este modo acceder a las cuentas de la víctima, que pierde el control sobre lo que dice en Facebook o Twitter o queda expuesto al cotilleo sobre sus datos personales, direcciones o correos.

Y, sí: España es uno de los países en donde más se practican estas suertes. Todo un síntoma de cómo andamos en la cuestión del civismo digital, pero que también revela la naturaleza del mail como herramienta útil. En realidad, buena parte de los internautas emplean ya el correo como un recurso laboral, para resolver las cuestiones de trabajo del día a día o entablar y consolidar relaciones profesionales o académicas. La cuestión de las intimidades queda cada vez más desplazada para aquellos canales que resultan más sencillos de utilizar desde una tableta o un móvil. Esto es, la mensajería interna en las propias redes sociales, o el inefable Whatsapp, sorprendentemente ponderado por los usuarios como el vehículo más privado para relaciones personales vía internet.

Cuidado con el correo, claro. Con el spam, término acuñado en un sketch de los geniales Monty Python. Aunque, añadiría, las precauciones deberían extremarse a todo el ecosistema web, porque la intención es lo que cuenta. La de los emisores de los mensajes trampa, por ejemplo, que siguen estando en la cresta de la ola virtual.