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Arte

Los monstruos de Goya

La Casa de Colón inaugura mañana lunes una exposición con la serie completa de 'Los Caprichos'

Capricho 1: 'Autorretrato'.

Capricho 1: 'Autorretrato'. LA PROVINCIA / DLP

Entre las luces de la Ilustración y la crisis del Antiguo Régimen, Francisco de Goya y Lucientes (1746 - 1828) quiso alumbrar las hipocresías de la España Negra a través de una serie de 80 grabados satíricos a finales del siglo XVIII. Así nacieron Los Caprichos de Goya, que constituyen una de las colecciones imprescindibles de la pintura universal y cuya quinta serie original, estampada por la Calcografía Nacional en el siglo XIX, se muestra desde mañana lunes en una exposición en la Casa de Colón.

Concebidos en 1799, se trata de la primera vez que se exhibe la serie completa de Los Caprichos en la capital grancanaria y, más de doscientos años después, la verdad de los dibujos de Goya, que desbordó todos los códigos canónicos de la época, conserva el poder de "hacer temblar los fundamentos de todo orden establecido", como apunta el filósofo Tzvetan Todorov, admirador ferviente del pintor aragonés, en su ensayo Goya. A la sombra de las luces. "Desde su universo propio, Goya fue un pintor universal y sus fuertes críticas sociales y políticas siguen teniendo hoy en día la misma validez", señala Juan Bordes, escultor grancanario y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Con el vuelo libre de la imaginación en un mundo en crisis, Los Caprichos de Goya revisten una doble simbología: una crítica feroz a un sistema político anquilosado en las tradiciones más tiránicas y, por otro lado, una nueva sensibilidad estética, que se desviaba del arte normativo para anticipar las vanguardias del siglo XX. El resultado fue una serie de estampas satíricas en las que desfilaban el clero, la nobleza, miembros de la realeza, frailes, prostitutas, campesinos, monstruos, duendes, brujas y fabulistas, así como la desesperanza, el escepticismo, la oscuridad y la desconfianza. Y todos afloraban desde las fisuras de una sociedad en crisis que Goya plasmó para dar respuesta a sus inquietudes artísticas y sociales de origen ilustrado.

"Goya es un genio porque supo ver más allá de las premisas ilustradas que se asentaron en el siglo XIX, por eso hoy parece que hable con nosotros", resume Todorov. Aunque se han definido distintas clasificaciones de las estampas, Roberto Alcalá Flecha acuñó cinco categorías generales en su ensayo Literatura e ideología en el arte de Goya: El sueño de la razón, La religión, La educación, El matrimonio y La prostitución. Desde lecturas más realistas hasta las representaciones más delirantes, los grabados reúnen títulos como Nadie se conoce, Todos caerán, No hubo remedio, El sueño de la razón produce monstruos, Lo que puede un sastre o Ya es hora.

"Los Caprichos representan una crítica feroz de un ilustrado convencido hacia todo cuanto ocurría en España en ese momento", explica la historiadora del arte Ángeles Alemán, "los grabados fueron una caricatura de un mundo anclado todavía en la Edad Media, con personajes siniestros y caricaturescos de elementos tan graves como laSanta Inquisición, que entonces tenía muchísimo poder".

Represalias

Consciente de su transgresión y de las posibles represalias de la Iglesia Católica, Goya distorsionó el orden lógico de los mensajes y dotó a las estampas de unos rótulos imprecisos; en particular, a aquellas que se correspondían con la crítica a la aristocracia y al clero. Pero el pintor aragonés no recurrió nunca a la autocensura porque el arte constituía una catarsis para su crisis interior, que se precipitaría tras ser diagnosticado de una sordera que le iría sumiendo en el silencio hasta su muerte, junto a un creciento escepticismo y desconfianza hacia el ser humano. En una fecha imprecisa de 1793, Goya escribió [en un español muy imperfecto] a su gran amigo Martín Zapater: "Mio de mi alma, estoy en pie, pero tan malo que la cabeza no se si esta en los ombros".

Sin embargo, su sordera agudizaría su receptividad interior y su lenguaje artístico evolucionó hacia una enorme riqueza creativa e intelectual. De la misma manera en que las sombras engullían su ánimo y su entorno, Goya escogió una nueva técnica artística, frente al grabado común al buril, que corroía la misma plancha del grabado. "La técnica del aguafuerte utiliza el ácido, que carcome la plancha del grabado y eso es lo que produce esa cantidad de matices que da tanta riqueza a los grabados", explica Alemán. "La estética de Goya es muy rompedora, con una serie de connotaciones que tienen que ver con un admirador del romanticismo, al estilo de Füssli, que es bastante oscura", señala Alemán. "En el romanticismo hay una tendencia a recrearse en lo sublime y lo siniestro", añade, "lo siniestro es lo que Los Caprichos saca a la luz".

El calendario señalaba el seis de febrero de 1799 cuando el Diario de Madrid anunció la venta de la colección Los Caprichos, en una tienda de perfumerías y licores en el mismo edificio donde habitaba Goya, situado en la calle Desengaño, número uno, al precio de 320 reales de vellón por cada colección de 80 estampas. Se desconoce si pertenece a Goya o a un encargo del pintor la siguiente leyenda, que coronaba el anuncio: "Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la eloqüencia y la poesía) puede también ser objeto de la pintura: ha escogido como asuntos proporcionados para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil". Goya contaba con el apoyo de sus amigos ilustrados, que anticiparon que la venta sería un éxito y, por tanto, planeó imprimir 300 series, pero sólo se hicieron 12 y, aunque se pusieron a la venta 300 ejemplares, apenas logró vender una treintena a lo largo de dos semanas.

Sucedió que la salida a la venta de las estampas coincidió con la caída en el poder del primer ministro Manuel Godoy, que fue su principal protector, de manera que Goya, aterrado por la posible intervención de la Inquisición, retiró de la venta Los Caprichos. Más adelante, en 1803, su estrategia para salvar los grabados fue regalar las planchas y los 240 ejemplares disponibles al rey Carlos IV, con destino a la Real Calcografía, a cambio de una pensión para su hijo.

Durante un tiempo, Los Caprichos se diluyeron en el mismo silencio que atormentó al pintor de Fuendetodos hasta el final de sus días. "Durante sus últimos años, el mundo fue un lugar muy oscuro para Goya y en Los Caprichos se dio el principio de ese final tan tormentoso para él", señala Alemán, que recuerda que, al final de su vida, Goya se recluyó en su casa en la Quinta del Sordo para pintar las terroríficas Pinturas Negras, que exhibe el Museo del Prado, y cita a Rafael Argullol en La sabiduría de la ilusión: "Lo que es terrible es que Goya pintó esas pinturas para rodearse de ellas en su comedor". A lo largo de los años, múltiples historiadores, artistas y expertos han tratado de desentrañar los enigmas de Los Caprichos. "Las críticas son bastante crípticas, porque fue su manera de protegerse", señala Juan Bordes, "las han decodificado grandes historiadores como Nigel Glendinning o Nigel Enrique Lafuente Ferrari, y recientemente, José Manuel Matilla, conservador de dibujos del Museo del Prado, donde han hecho la recopilación de interpretaciones en torno a Goya".

En la actualidad, Goya se erige en uno de los referentes de la pintura universal y atesora admiradores en todo el mundo, como el escritor y crítico francés Théophile Gautier, que realizó una notable valoración de su obra. Entre otros, escribió sobre el Capricho 59: "Hay una estampa, cuya concepción absolutamente fantástica me produce más horror que la peor de las pesadillas. Aterrador [...] "Es el símbolo más doloroso del esfuerzo impotente, el fragmento más sombrío de poesía y amarga irrisión que se haya producido nunca acerca del tema de los muertos".

O el propio Todorov, que reivindica que, más de doscientos años después de su creación, Los Caprichos reflejan aún las contradicciones, extravagancias y desaciertos del género humano. "Quizás al espectador de la época le era más difícil aceptar las visiones de Goya, pero poco después Baudelaire comprendió que no dibujaba sólo fantasmas brujas, porque Goya revela lo que la humanidad ignora de sí misma, lo que no quiere ver", revela el filósofo.

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