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Entre la exaltación y el hastío

El segundo programa de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo polarizó su mayor interes en el Concierto en sol de Ravel. No se discute que los conjuntos públicos de Rusia -y el que dirige Yuri Temirkanov es el mejor- primen en sus giras la música nacional. Lo extenuante es que los programas se queden en el XIX, teniendo un glorioso siglo XX con nombres como Prokofiev, Stravinsky y Shostakovich, cabeceras mundiales de sus generaciones. La Sherezade de Rimski-Korsakov, orientalismo de bazar en orquestación opulenta, sonó con calidades de récord sin descubrir nada nuevo, excepto el punto de hastío que ya provoca a estas alturas de la liga.

Fantástica ejecución, sonidazo imperial, un concertino de lujo (Lev Klykhov)... e doppo, niente! Estas músicas que nada dejan después del último acorde son un vacío solipsismo.

No es lo mismo la obertura Francesca da Rimini de Tchaikovski, poema sinfónico menos frecuentado y más interesante. Temirkanov es muy grande en el arte de la tensión/distensión que mantiene erguida la escucha da capo a fine. Los graves de la cuerda igualan sus familias (10 cellos y 10 contrabajos) y son contundentes en los subrayados de una enorme masa de arcos unidos en la perfección. El muy acentuado y acuciante patetismo del autor es omnipresencia de esta magnífica lectura, incluidas las divagaciones de la zona central. Bello y triste, el canto de Francesca en el clarinete apenas despeja los negros celajes del amor culpable, el asesinato, la condena y los dantescos acordes de una redención trágica, percutida por el trémolo de la gran caja y los platos como atmósfera del tremendum en los metales. Extraordinario momento, con largo después.

El pianista Javier Perianes ofreció un Ravel de fábula. El primer movimiento estuvo marcado por las alternativas de la batuta entre lo velocísimo y lo muy ritenuto. El intencionado contraste fue respondido en el piano con agilidad de reflejos y un juego manual y dinámico sencillamente admirable en el diálogo, las oposiciones o las cadencias. Me entró directamente en vena el portentoso adagio assai, pulsado a solo con altísima inspiración poética, mínimo rubato y cargas emocionales tratadas con insuperable distinción. En el vertiginoso Presto, popular, clavecinístico, jazzístico, volvió a lucir el pianista su técnica magistral y su versatilidad expresiva, siempre en volúmenes medios pero muy ricos. Me hizo recordar al joven Achúcarro, cuando introducía en España las escuelas europeas (desahogo sentimental del crítico, también joven por entonces). El sonido orquestal, puntual y expansivo, se pasó un punto en el Allegramente, para ajustarse en el resto. Como bis, Perianes modeló en la atmosfera de un plácido mediodía el preludio debussyano La niña de cabellos de lino.

Siempre es motivador el reencuentro con los petersburgue-ses y su enorme director titular, más sobrio de gesto que en el pasado. La pena es que no diese uno de sus Shostakovich antológicos. Premió las cerradas ovaciones con un paso a dos del Cascanueces memorablemente bien hecho.

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